Pedirle permiso y perdón al quebracho antes del primer golpe, y después cargar con eso hasta contárselo al hijo junto al fuego. Me acompañó toda la tarde.
TANINO
Pensamiento
Pedirle permiso y perdón al quebracho antes del primer golpe, y después cargar con eso hasta contárselo al hijo junto al fuego. Me acompañó toda la tarde.
Contenido de la publicación
Todavía era noche cuando me levanté. Mi mujer arrimaba unas brasas y los changuitos dormían juntos, bien acurrucados. Me agaché a besarles la frente. El más chico abrió los ojos y me agarró un dedo.
—¿Ya te vas, tata?
—Ya, hijito.
—¿Volvés a la noche?
Le acomodé la manta. ¿Cómo explicarle que el monte quedaba lejos, que íbamos a pasar varios días adentro, durmiendo donde nos alcanzara el cansancio?
—Vos cuidá a tu mama. Yo voy a volver.
Me llamo Jacinto. Soy hachero. Y cuando salí aquella madrugada, llevaba el hacha al hombro y el calorcito de esa mano todavía prendido en el dedo.
Nos internamos por la picada antes de que aclarara. A medida que avanzábamos, el monte se iba despertando: un pájaro acá, otro más lejos, las ramas rozándonos la ropa. Después apareció el sol y nos encontró frente a un quebracho colorado que daba trabajo mirar hasta la punta.
—Trescientos años tendrá este viejo —dijo mi compañero.
Yo no sabía contar tantos años. Pero entendía que aquel árbol ya estaba ahí mucho antes que mi padre, mucho antes que el padre de mi padre.
Le apoyé la palma en la corteza.
—Permiso, amigo. Y perdoname. Tengo hijos esperando.
Después levanté el hacha.
Quebracho le dicen porque quiebra hachas. Hay que sentir cómo devuelve el golpe para entenderle el nombre. Es un palo machazo. Se cría con el agua que puede encontrar, aguanta la seca, el solazo, los años. Y aun después de cortado resiste tanto la humedad que parece que la tierra no pudiera terminar de llevárselo.
Entre dos le entramos. Uno golpeaba y el otro esperaba su turno. El filo iba abriendo despacito aquella carne colorada. Nos corría el sudor por los ojos; las manos empezaban a arder.
Yo conté los hachazos hasta cincuenta.
Después seguí golpeando.
Hasta ahí sabía contar.
El árbol todavía estaba de pie.
Cuando al fin empezó a rendirse, nos apartamos. Crujió allá arriba y cayó con un estruendo que hizo callar los pájaros. Se levantó tierra, hojas, ramas partidas. Yo me quedé mirando el hueco por donde ahora entraba el cielo.
Trescientos años, pensé.
Y nosotros teníamos que seguir.
Después venía el trabajo de los rollizos, las cadenas, las carretas. Los bueyes tiraban despacio, afirmando las patas en la tierra. Por las picadas iban y venían también carros de caballos, llevando cargas y provisiones. Todo avanzaba entre el rechinar de las ruedas y las voces de los hombres.
La madera llegaba hasta Punta de Riel, el Kilómetro 325. Ahí se juntaban las cargas y esperaba el ferrocarril.
Ustedes hoy le dicen Pampa de los Guanacos.
Yo veía aquellos palos amontonados junto a las vías y me costaba reconocer el monte donde habíamos pasado los días. Después llegaba el tren y empezaba a llevárselo.
Una noche, al laito del fogón, le pregunté a don Reynoso:
—¿Adónde irá a parar tanto quebracho?
El viejo sabía leer. Había visto papeles y conocía cosas que a nosotros nos llegaban apenas como un rumor.
Don Reynoso tardó en contestarme. Acomodó una brasa con un palito y se quedó mirando el fuego.
—Parte queda haciendo trabajar este país, Jacinto. Se hace durmiente debajo de los rieles, poste en los campos, leña para las locomotoras y las calderas. Y hay quebracho de estos montes chaqueños que llega a los puertos y cruza el mar.
Miré las brasas.
—¿El mar de verdad?
—El mar de verdad. Han llevado rollizos hasta Francia, hasta Alemania, para sacarles tanino en las fábricas.
Yo nunca había visto tanta agua junta. Aquí había días en que uno miraba el cielo desde temprano, esperando una nube.
—¿Y qué será ese tanino, don?
El viejo agarró una astillita colorada que había junto al fogón y la hizo girar entre los dedos.
—Está adentro de la madera. Allá la trituran y la trabajan con agua caliente pa’ sacárselo. Ese extracto sirve para curtir cueros. Después vienen las suelas, los arneses, las correas de cuero que transmiten el movimiento en las máquinas… Así entra nuestro quebracho en el trabajo de otros hombres, allá lejos.
Hizo una pausa. La astillita le había dejado una mancha en los dedos.
—Francia, Alemania, Inglaterra… Y en Londres están las oficinas de los grandes negocios del quebracho. Desde allá se vende, se hacen las cuentas, se reparten las ganancias.
Yo repetí el nombre despacito:
—Londres…
Y miré mis manos.
Así que este trabajo nuestro tenía que ver con todo aquello. Con fábricas, barcos, trenes. Con una potencia que hacía negocios por el mundo mientras nosotros cebábamos mate debajo de las estrellas.
Don Reynoso bajó la voz.
—Uno les señala el árbol a ustedes, les apura la carga… y después se sienta aquí, como si el trabajo hubiera terminao.
Me miró las manos. Yo las tenía abiertas sobre las rodillas.
—Pero el palo sigue viaje, Jacinto. Sigue dando allá lo que juntó durante tantos años acá. Y nosotros vamos dejando estos claros en el monte…
Se quedó con la frase a medio decir. Nunca lo había escuchado hablar así.
—Sangre del monte —le dije.
Don Reynoso levantó los ojos.
—¿Qué cosa?
—Eso que le sacan al quebracho. Se llevan la sangre del monte.
El viejo miró otra vez la astillita.
—Sí… —dijo despacio—. Se la sacan lejos de la tierra que lo crio. Este árbol aguantó nuestras secas, tomó nuestra poquita agua, creció bajo nuestro sol. Y después su riqueza va a trabajar al otro lao del mar.
Arrimó la astilla al fuego, pero antes de soltarla la sostuvo un momento más.
—Allá les sirve pa’ seguir haciendo. Aquí queda el tocón. Y vos con esas manos…
No terminó. Dejó caer la astillita entre las brasas y me alcanzó el mate sin mirarme.
A nosotros nos daban vales. Había que ir al almacén a cambiarlos por mercadería. La harina a veces venía con algunos bichos; la yerba, puro palo y los precios se llevaban enseguida lo ganado. Cuando faltaba, nos anotaban.
Siempre quedaba algo debiendo. El quebracho podía cruzar el mar. Yo seguía debiendo en el almacén.
Una tarde, después de varios días adentro del monte, volví al rancho. Mi changuito salió a encontrarme y se me prendió de las piernas. Quise alzarlo, pero me dolían tanto los brazos que tuve que sentarme primero, los años y el monte estaban haciendo su trabajo
Él me acomodó el hacha contra la pared. Después vino a mirarme las manos.
—¿Te has lastimao, tata?
—Un poquito, hijito. Ya va a pasar.
Me tocó despacio una rajadura con la punta del dedo. Yo lo dejé hacer. Su mano era tibia, lisita; todavía le cabía entera dentro de la mía.
Esa noche se sentó conmigo al laito del fuego. Le conté del quebracho grande, de las carretas, del tren que se llevaba la madera. Cuando le hablé del mar, abrió los ojos.
—¿Más grande que la represa de acá?
—Muchísimo más.
—¿Y nuestro palo llega hasta allá?
—Llega, hijo. —Empecé a contarle lo aprendido ya que mi esposa se interesó por mi relato, entonces la miré y continué.
—Hay quebracho que cruza esa agua y termina en fábricas de otros países. Le sacan el tanino pa’ trabajar los cueros. Y hay hombres que hacen sus negocios allá en Londres con árboles nacidos en estos montes.
El changuito se quedó pensando. Después miró el hacha.
—Cuando sea grande voy a ser como vos.
Sentí algo acá, en el pecho, entre orgullo y desilusión. Todos queremos que nuestros hijos nos imiten, pero como decirles que estamos haciendo mal y bien a la vez. Lo arrimé contra mí.
—Yo quisiera que vos estudies hijito.
—¿Pa’ qué?
Miré mis manos antes de contestarle.
—Pa’ que puedas leer los papeles, hacer tus cuentas. Pa’ que sepas cuánto vale tu trabajo y puedas elegir de qué vivir.
El fuego alumbraba el cabo gastado del hacha. Mi hijo lo había dejado en el mismo rincón donde yo lo apoyaba siempre.
—Y pa’ que aprendas del monte también —le dije—. Más de lo que yo sé. No quiero que lo cortes más quiero que lo cuides y lo trabajes para vos sin dejarlo pelao.
Me volvió a la memoria el quebracho caído. Aquel hueco de sol donde antes había sombra.
—Hoy le pedí perdón a un árbol, hijo. Dicen que tendría trescientos años. Yo tenía que cortarlo pa’ traer comida… pero cuando cayó me quedé pensando cuánto iba a tardar en crecer otro igual.
El changuito miró hacia la oscuridad, buscándolo.
—¿Vos lo vas a ver?
—Otro así de grande, no.
Me quedé un rato callado.
Le acaricié el pelo. Tenía olor a humo y a tierra, el mismo olor que yo había llevado de chico. Él apoyó la cabeza en mi brazo. Ya se le cerraban los ojos, pero yo seguí hablando bajito. Como si quisiera dejarle un mensaje en su cabecita.
—Y si un día te vas lejos, acordate de acá. De tu mama, de este rancho, de tu pago. Nombrá tu pueblo con orgullo. Mucho ha dao esta tierra, aunque en otros laos apenas sepan dónde queda.
—Y cuando tengas un hijo, contale. Decile que su abuelo fue hachero aquí. Que parte de su vida se fue con el quebracho. Que su monte santiagueño entró en los trenes y alimentó otro mundo.
Le acomodé la camisa sobre la espalda.
—Pero traelo también, si podés. Que conozca esta tierra. Que pueda sentarse debajo de un quebracho y escuchar los pájaros como los escuché yo.
Mi hijo se había dormido. Mi señora ya le había acomodado el catre. Lo alcé despacito y lo acosté. Antes de dormir salí a buscar el hacha y me quedé un momento en la puerta.
Desde el rancho todavía se veía monte.
Ojalá mi nieto alcance a verlo, pensé.
Y ojalá, cuando apoye la mano en un quebracho, pueda dejar el hacha quieta.
Thoughts
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PermalinkJacinto nunca vio el mar y el quebracho sí. La madera viajó más lejos que el hombre que la cortó, y eso me dejó dando vueltas un buen rato.
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PermalinkLo de los vales está bien documentado en los obrajes santiagueños: se pagaba con vales o fichas que solo valían en la proveeduría de la misma empresa, y la deuda amarraba al hachero al monte. Y la oficina en Londres tampoco es licencia literaria, La Forestal era una compañía británica y llegó a manejar buena parte del tanino del Chaco. Me gustó que eso llegue por boca de don Reynoso, con una astilla en la mano, y apuesto a que hay alguien de tu familia detrás de Jacinto.
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PermalinkPedirle permiso y perdón al quebracho antes del primer golpe, y después cargar con eso hasta contárselo al hijo junto al fuego. Me acompañó toda la tarde.
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