La separación la decidió ella y tardé un año en entender por qué, aunque ya me lo venían avisando. Medir cuánto valía yo por si querían estar conmigo también me pasó, solo que a mí me agarró más tarde, con los primeros fines de semana solos en la casa vacía.
Tal vez nunca fue que yo fuera aburrida
Hubo un tiempo en el que llegué a pensar que el problema era yo.
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Pensamiento
La separación la decidió ella y tardé un año en entender por qué, aunque ya me lo venían avisando. Medir cuánto valía yo por si querían estar conmigo también me pasó, solo que a mí me agarró más tarde, con los primeros fines de semana solos en la casa vac
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Hubo un tiempo en el que llegué a pensar que el problema era yo.
Si preferías estar con otras personas, si conmigo parecías perder el interés más rápido o si sentía que cualquier plan era más emocionante cuando yo no estaba, mi cabeza encontraba una explicación muy cruel:
“Quizá simplemente te aburres de mí.”
Y empecé a creerlo.
Comencé a compararme con las personas que elegías para pasar tu tiempo. Me preguntaba qué tenían ellas que yo no tenía, qué podía ofrecerles que yo no podía darte.
Y sin darme cuenta, convertí tus decisiones en una medida de mi propio valor.
Cuando querías estar conmigo, sentía que era suficiente.
Cuando preferías a los demás, sentía que algo en mí no alcanzaba.
Qué agotador es vivir así.
Intentar ser más divertida, más interesante, más comprensiva, más disponible… como si encontrar la versión perfecta de mí pudiera hacer que alguien finalmente quisiera quedarse.
Pero después entendí algo que me costó muchísimo aceptar:
No todas las personas que se alejan lo hacen porque tú seas insuficiente.
A veces simplemente quieren cosas diferentes.
A veces tienen otras prioridades.
A veces su manera de relacionarse contigo no coincide con lo que tú necesitas.
Y eso puede doler muchísimo, pero no significa que haya algo malo en ti.
Porque yo no quiero volver a mirar a otra persona y pensar que tengo que competir por su atención.
No quiero sentir que tengo que demostrar constantemente que valgo la pena para que alguien prefiera estar conmigo.
Quiero estar donde mi compañía sea deseada, no tolerada.
Donde no tenga que preguntarme si estoy molestando.
Donde no tenga que convertirme en alguien diferente para evitar que se aburran de mí.
Y quizá aquella frase que tantas veces repetí —“siempre te aburrirías de mí”— no era realmente sobre mí.
Era sobre el miedo que tenía de no ser suficiente para alguien que no sabía hacerme sentir elegida.
Ahora lo veo diferente.
Si alguien prefiere estar en otro lugar, puede dolerme.
Pero ya no quiero utilizar esa decisión para castigarme.
No soy menos interesante porque alguien no quiera compartir su tiempo conmigo.
No soy menos valiosa porque alguien encuentre su felicidad en otros lugares.
Y tampoco necesito convencer a nadie de que se quede.
Porque quien realmente disfruta de mi compañía no debería hacerme sentir que tengo que competir para merecerla.
Tal vez nunca fui aburrida.
Tal vez simplemente estaba intentando ser suficiente para alguien que no estaba buscando lo mismo que yo.
Y aprender esa diferencia también fue una forma de volver a quererme.
Thoughts
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PermalinkA mí me pasa al revés, soy yo la que se pone a medir si le caigo pesada cuando él sale con sus amigos. Lo digo en voz alta y suena ridículo, pero igual lo sigo haciendo.
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PermalinkLa separación la decidió ella y tardé un año en entender por qué, aunque ya me lo venían avisando. Medir cuánto valía yo por si querían estar conmigo también me pasó, solo que a mí me agarró más tarde, con los primeros fines de semana solos en la casa vacía.
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PermalinkEn mi casa hubo dos años en que yo ponía todos los planes y andaba midiendo si estaba molestando, así que lo de intentar ser más divertida para que alguien se quede lo reconozco bien. Nadie me lo pidió, me lo puse yo sola, y todavía no sé qué fue lo que lo movió de sitio. ¿Cuánto tardaste tú en dejar de llevar esa cuenta?
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