A la gente le encanta dar excusas,
darse palmadas en su propia espalda,
mentirse para sentirse bien,
egoístamente, solo para ellos.
Dejan que sus problemas
sean siempre de los demás,
nunca de ellos.
Esperan el resultado,
jamás entregan el esfuerzo.
Esperan el reconocimiento
y obligan a los demás
a reconocerlos.
He pasado por desiertos,
mi mente es un mar:
días apacibles de dulce paisaje
y, de pronto, una marejada
que no me deja respirar.
Tormentas.
Siempre me esforcé,
me enfoqué.
Ahora sé que tal vez fue mucho,
pero fue para mejor.
Recuerdo los días
en que no me salían las palabras,
en que no podía contestar preguntas,
cuando tiritaba y lloraba
por no poder expresarme.
Mis actos de valentía
eran gotas en un mar
que se las llevaba.
Jamás un elogio,
solamente hacía
lo que se esperaba de mí.
Pero era caminar sobre vidrio,
hablar con la boca
cosida con un hilo
que cada vez apretaba más.
Nunca quise poner nada de eso
como excusa.
Nunca tomé un atajo.
Yo estoy acá.
Yo, al descubierto.
No soy el mejor,
pero este soy yo,
sin arrepentimientos,
válido
y sin excusas.