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Serpico — Cuando hacer lo correcto empieza a dejarte completamente solo

rodrigosegade1000
Pensamiento

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TintaYMadrugada

Órale, el cierre que planteas, que tener razón no devuelve nada, Lumet lo deja todavía más seco: Serpico sentado en el muelle con el perro, esperando el barco, y la película se acaba ahí. Sin juicio, sin abrazo, sin nadie que le diga gracias. Ese silencio

Órale, el cierre que planteas, que tener razón no devuelve nada, Lumet lo deja todavía más seco: Serpico sentado en el muelle con el perro, esperando el barco, y la película se acaba ahí. Sin juicio, sin abrazo, sin nadie que le diga gracias. Ese silencio carga todo el peso de la pregunta de si lo volveríamos a hacer. Apuesto a que con una sola escena de reconocimiento al final, hoy se sentiría mucho más vieja.

Contenido de la publicación

Hay películas en las que Al Pacino está extraordinario y después está Serpico, donde parece estar descubriendo delante nuestro hasta dónde puede llevar una actuación. Y lo impresionante es que estamos hablando de 1973, apenas un año después de The Godfather. El mismo actor que había construido a Michael Corleone desde la contención, la mirada y el silencio aparece acá convertido en otra cosa: nervioso, incómodo, idealista, impulsivo, cada vez más paranoico y físicamente transformado por aquello que está viviendo.

Son dos hombres completamente distintos interpretados prácticamente uno al lado del otro en el tiempo, y para mí eso ya alcanza para entender por qué Pacino pertenece a esa categoría de actores que parecen capaces de modificar hasta la manera en la que respiran según el personaje que están interpretando.

Pero lo mejor de Serpico es que Sidney Lumet nunca convierte esa actuación en una exhibición. La película está construida alrededor de Pacino, pero jamás parece decirnos “miren qué bien actúa”. Lumet lo mete dentro de Nueva York, dentro de comisarías, pasillos, departamentos, oficinas y calles donde la corrupción no aparece como una gran conspiración secreta, sino como algo cotidiano.

Un sobre, una comisión, un favor, plata que cambia de manos y que todo el mundo parece haber incorporado a la rutina. Y eso vuelve muchísimo más incómoda la película, porque Serpico no trata sobre un policía descubriendo que existe corrupción: trata sobre un policía descubriendo que la corrupción ya forma parte del funcionamiento normal del sistema.

Serpico no entra a la policía queriendo convertirse en mártir. Ese detalle me parece fundamental. No empieza con la intención de limpiar Nueva York ni con un discurso heroico sobre cambiar la institución. Quiere ser policía. Le gusta el trabajo, tiene vocación y todavía cree que la placa representa algo.

El conflicto aparece cuando descubre que para pertenecer realmente tiene que aceptar reglas que contradicen completamente aquello por lo que entró. Y ahí Pacino hace algo extraordinario: convierte la honestidad del personaje en una incomodidad física. Se nota en cómo entra a una habitación, en cómo observa a sus compañeros y en esa sensación de que cada vez que se niega a aceptar dinero queda un poco más separado del resto.

Eso me parece una de las grandes ideas de la película.

Dentro de un sistema corrupto, la persona honesta puede resultar más peligrosa que quien intenta enfrentarlo abiertamente, porque su sola presencia demuestra que había una elección posible. Si todos aceptan el dinero, deja de parecer una decisión y empieza a parecer simplemente “la manera en la que funcionan las cosas”. Pero cuando uno dice que no, obliga a los demás a recordar que ellos dijeron que sí. Serpico no necesita denunciar a nadie para incomodar. Alcanza con que se niegue a participar.

Y progresivamente esa honestidad deja de ser percibida como una virtud y empieza a verse como una traición. Ahí Lumet da vuelta por completo la lógica habitual del policial. Los delincuentes ya no son necesariamente el mayor peligro para Serpico. El problema empieza a ser la propia institución a la que pertenece y, especialmente, los hombres que deberían protegerlo. La placa, el uniforme y el compañerismo, que deberían representar seguridad, se convierten lentamente en aquello que más desconfianza le genera.

Lumet filma todo eso sin glamour, y para mí ahí está buena parte de la grandeza de la película. Nueva York aparece sucia, agotada, usada. Las oficinas son feas, las comisarías parecen espacios donde las personas llevan demasiado tiempo respirando el mismo aire y las calles no tienen nada de romántico. Lumet era extraordinario filmando instituciones porque entendía que no necesitaba explicarlas demasiado: alcanzaba con observar cómo se comportaban las personas adentro de ellas. En Serpico, la corrupción no parece excepcional y justamente por eso resulta tan perturbadora. Parece administrativa, rutinaria, casi burocrática.

Después está Pacino, que está directamente descomunal. Hay algo casi físico en la transformación de Serpico a lo largo de la película. Le crece el pelo, la barba, cambia su ropa y cambia su manera de moverse, pero no se siente como un recurso superficial para mostrar el paso del tiempo. Parece que el personaje se estuviera alejando visualmente de la institución a la que pertenece. Mientras más intenta ser policía desde un punto de vista moral, menos se parece a la imagen convencional que sus compañeros tienen de un policía.

Eso también vuelve al personaje mucho más interesante.

Serpico ya era diferente antes de denunciar nada. Se viste distinto, tiene otros intereses, frecuenta ambientes que muchos de sus compañeros no comprenden y parece alguien que nunca terminó de adaptarse al molde. Pacino nunca actúa eso como una pose de rebeldía. Serpico simplemente es así. Y entonces la institución empieza a interpretar su individualidad como una amenaza, porque cualquier persona que no se comporte exactamente como el grupo resulta más difícil de controlar.

También me gusta muchísimo que la película no lo convierta en un santo. Serpico puede ser difícil, obsesivo y agotador para las personas que tiene cerca. Sus relaciones empiezan a deteriorarse porque aquello que ocurre en el trabajo invade absolutamente todo. No consigue separar su vida profesional de su vida personal porque entiende que su propia seguridad depende de personas en las que ya no confía. Lumet no necesita idealizarlo para demostrar que tiene razón, y eso lo vuelve mucho más humano.

Pacino es especialmente bueno mostrando cómo esa desconfianza se acumula. Al principio todavía hay una ingenuidad en Serpico, la idea de que si encuentra a la persona correcta y explica claramente aquello que está ocurriendo, alguien va a intervenir. Recurre a superiores, espera, insiste y sigue creyendo que el problema puede solucionarse desde adentro. Cada nueva puerta que se cierra es una pequeña desilusión. Y creo que la verdadera transformación del personaje no consiste simplemente en volverse más valiente, sino en comprender que las instituciones a las que confió su denuncia pueden tener más interés en protegerse a sí mismas que en corregir aquello que está denunciando.

Ahí aparece para mí la gran pregunta de Serpico: ¿Qué hacemos cuando respetar nuestros principios empieza a costarnos precisamente todo aquello que esos principios supuestamente debían proteger?

Serpico empieza perdiendo comodidad, después pierde compañeros, relaciones, tranquilidad y finalmente empieza a poner en riesgo su propia vida. Llega un momento donde ya no está decidiendo simplemente si acepta o no un sobre con dinero. Está decidiendo cuánto está dispuesto a perder para seguir siendo la misma persona que decidió decir que no.

La escena del operativo donde queda expuesto termina volviendo física toda esa tensión. Hasta ese momento la desconfianza podía interpretarse como paranoia, pero llega un punto en el que Serpico comprende que no puede estar completamente seguro de que quienes deberían cubrirle la espalda realmente vayan a hacerlo. Y ahí el título de la película empieza a pesar de otra manera: Serpico termina siendo la historia de un hombre obligado a existir prácticamente solo dentro de una institución cuyo funcionamiento depende, en teoría, de que nadie esté solo.

También me parece muy cinematográfica la manera en la que Lumet muestra la corrupción. No la vuelve una idea abstracta. La plata circula, cambia de manos, entra en conversaciones y se incorpora progresivamente al paisaje. El sistema no tiene una sola cabeza que pueda cortarse. No existe un gran villano que, una vez derrotado, resuelva el problema. Hay una cultura completa. Y una cultura es muchísimo más difícil de combatir porque siempre puede encontrar otra persona dispuesta a continuarla.

Pacino entiende perfectamente esa dimensión. Hay algo progresivamente agotado en Serpico, pero nunca desaparece su obstinación. Y creo que esa es una de las cosas que más admiro de la actuación: podría haber hecho del personaje un héroe grandilocuente, lleno de discursos y explosiones, pero incluso en sus momentos más intensos sigue existiendo una vulnerabilidad enorme. Serpico no disfruta siendo el único hombre honesto de la habitación. En realidad, desearía desesperadamente que ser honesto no lo hiciera excepcional.

Esa diferencia cambia completamente la película. Él no quiere convertirse en una figura moral. Quiere que aquello que hace sea normal. Y el drama consiste precisamente en descubrir que no lo es. Serpico no quiere ser un héroe; quiere trabajar como policía sin convertirse en aquello que se supone que debería perseguir.

Y ahí vuelvo inevitablemente a Pacino. Porque el Pacino de los setenta es una cosa completamente extraordinaria dentro de la historia del cine. En un período mínimo tenés a Michael Corleone, Frank Serpico y después a Sonny Wortzik en Dog Day Afternoon, y nunca parece simplemente el mismo actor cambiándose de vestuario. Michael absorbe todo hacia adentro; Serpico parece estar haciendo un esfuerzo constante para que todo aquello que lleva adentro no termine explotando. Hay otra postura, otra voz, otra energía y hasta otra forma de ocupar un plano.

Lumet sabe exactamente cómo filmarlo. No necesita llenar la película de primeros planos heroicos para decirnos que Pacino está enorme. Muchas veces simplemente le deja espacio y observa cómo Serpico existe dentro de una habitación. Eso también es dirigir actores: saber cuándo construir una escena alrededor de una interpretación y cuándo dejar que el actor haga el trabajo sin ponerse delante.

Por eso para mí Serpico es un peliculón. Funciona como policial, como retrato de una institución enferma, como película sobre el aislamiento y, sobre todo, como estudio de un hombre que descubre que hacer lo correcto puede tener un costo muchísimo mayor del que alguna vez imaginó. Pero además tenemos a un Al Pacino joven en un momento absolutamente monstruoso de su carrera, todavía trabajando desde una contención que hace que cada explosión tenga mucho más peso y demostrando por qué, cuando uno empieza a recorrer su filmografía, cuesta encontrar demasiados actores capaces de sostener esa intensidad durante tantos personajes distintos.

Y hay algo especialmente incómodo en el final de todo ese recorrido. Serpico puede demostrar que tenía razón, pero tener razón no reconstruye automáticamente aquello que perdió. La verdad no devuelve el tiempo, no borra el miedo, no repara relaciones ni transforma mágicamente una institución. Eso hace que la película evite una recompensa demasiado fácil y deje una pregunta mucho más interesante.

¿Seguiríamos haciendo lo correcto si supiéramos de antemano que nadie va a agradecérnoslo, que las personas que deberían estar de nuestro lado pueden volverse contra nosotros y que quizá, al final, lo único que podamos conservar sea la tranquilidad de no habernos convertido en aquello que denunciábamos?

Y con Pacino en el centro, Lumet consigue que esa pregunta no quede solamente como una idea. La vemos acumularse durante toda la película en el cuerpo, la mirada y el cansancio de Frank Serpico.

Thoughts

  • jmCastaneda

    Hace unos quince años, donde trabajo, era costumbre quedarse con unos pasajes sin marcar. Poquito, todos lo hacían, y el que no era el raro. Un compañero, Ramiro, dijo que él no, sin escándalo, y desde ese mes nadie le cambiaba un turno ni le guardaba tinto. Duró dos años así y se pasó a otra empresa. Yo vi con él lo mismo que cuentas del sobre: el que dice que no les recuerda a todos que dijeron que sí.

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  • TintaYMadrugada

    Órale, el cierre que planteas, que tener razón no devuelve nada, Lumet lo deja todavía más seco: Serpico sentado en el muelle con el perro, esperando el barco, y la película se acaba ahí. Sin juicio, sin abrazo, sin nadie que le diga gracias. Ese silencio carga todo el peso de la pregunta de si lo volveríamos a hacer. Apuesto a que con una sola escena de reconocimiento al final, hoy se sentiría mucho más vieja.

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