20 de diciembre del 2023
«No hagas eso, tú no eres así». «Tú siempre sabes qué hacer, eres la persona más noble, transparente y sensata del mundo». Frases como esas se convierten, con los años, en una armadura tan pesada que ya no protege, sino que asfixia. Es escuchar una y otra vez que, si todos fueran un poco más como uno, no habrían guerras, que el mundo sería un lugar más seguro, más calmado, más limpio. Y suena a cumplido, claro que sí. Pero llega un punto en el que cargar con la perfección de los demás se vuelve insoportable.
Porque, ¿qué pasa cuando el alma se cansa de ser siempre la que comprende, la que cede, la que sostiene y la que nunca se quiebra? ¿Qué pasa cuando estás agotada de ser el puerto seguro de todos, sin tener a dónde ir a naufragar tú misma?
El problema de encajar en el molde de lo impecable es que te prohíbe el derecho más humano que existe: equivocarte. Se vuelve una condena caminar siempre por el sendero correcto, por el que deja menos de qué hablar, el más prudente, el más sensato. Te enseñan a medir los pasos para no decepcionar a nadie, a tragar los gritos, a archivar los enojos en un rincón oscuro para no manchar esa imagen impoluta que los demás construyeron de ti.
Pero hay días en los que el cuerpo entero pide caos. Días en los que uno solo quiere correr, gritar a pulmón abierto, dejar de esconderse detrás de la cordura y ser, aunque sea por una sola vez, desobediente. Ser un poco egoísta. No pensar en las consecuencias, no calcular el impacto de cada palabra, no ser el ejemplo de nada ni de nadie.
Romper las reglas no por maldad, sino por supervivencia. Permitirse ser imperfecta, frágil, desordenada y profundamente humana. ¿Es tanto pedir el derecho a no ser siempre la salvación de los demás? ¿O es que lo verdaderamente aterrador es descubrir que detrás de esa fachada perfecta solo hay alguien suplicando que la dejen, al fin, respirar en libertad?