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Segunda parte

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Los días posteriores al desembarque en Nápoles se convirtieron en una prueba de resistencia para ambos.

​Mateo regresó a su casa en Roma intentando mantener la compostura. Cada desayuno en familia, cada juego con Leo y Sofía y cada conversación de rutina con Camila se sentían ahora atravesados por una distancia invisible pero abismal. Cumplía con sus deberes de padre y esposo como un actor que se sabe el libreto de memoria, pero su mente volvía, una y otra vez, a la calidez de aquel encuentro en la cubierta del barco y al pequeño trozo de papel que guardaba con celo en su billetera.

​Ana, por su parte, reanudó su vida en una elegante villa a las afueras de la ciudad. Stefano continuaba inmerso en su agenda corporativa, convencido de que la vida perfecta que exhibían era más que suficiente. Sin embargo, para Ana, la serenidad de su hogar se había vuelto sofocante. Miraba a la pequeña Lucía jugar en el jardín y sentía una mezcla punzante de amor maternal y un vacío profundo: la certeza de que estaba viviendo una vida elegida por la costumbre, no por el deseo.

​Una tarde de lluvia, tres semanas después del viaje, Mateo no pudo sostener más la ficción. Salió de su oficina argumentando una reunión de última hora, subió a su auto y manejó hacia la dirección anotada en el papel. No tenía un plan claro; solo la necesidad apremiante de saber si lo que había ocurrido en el mar Tirreno había sido un mero espejismo o la grieta por la que ambos decidirían cambiar su destino.

​Estacionó a pocos metros de la propiedad. A través del parabrisas mojado, vio la puerta principal abrirse. Ana salió vistiendo un abrigo oscuro, llevando a Lucía de la mano hacia el vehículo de la familia. Por un segundo, antes de subir, ella se detuvo y miró en dirección a la calle, como si presintiera que alguien la observaba desde la penumbra.

​Mateo mantuvo la mano sobre el volante, con el teléfono en la otra mano, dudando entre acelerar para interceptarla o marcar el número antes de que fuera demasiado tarde. Sus vidas enteras, sus hijos y sus familias pendían del hilo de esa única decisión que ninguno de los dos se atrevía a tomar por completo.

Thoughts

  • Rafa_Cordoba

    No le termino de creer a Mateo. Se pasa tres semanas haciendo de padre de libreto y después inventa una reunión para ir a estacionarse frente a la casa de ella. Para mí tiene más miedo a quedarse quieto que amor, che.

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  • CarmenAlfaro

    Stefano tan convencido de que la vida perfecta basta, y sin enterarse de nada. A ese hombre le falta mirar a su mujer una tarde entera, ojú.

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  • Candelaria

    El papel guardado en la billetera dice mucho de Mateo. Uno no esconde ahí algo que piensa olvidar, lo lleva cerca como quien carga la llave de otra casa.

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  • IsidoraPeralta

    Mateo cumple con Camila y los niños como un actor con el libreto aprendido, y Ana mira a Lucía en el jardín sintiendo que vive por costumbre. Los dos llegan a la misma conclusión desde casas distintas, pero solo uno se sube al auto. Ahí se ve quién va a cargar con la decisión: él empuja, y a ella le toca el costo de decir que no.

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