RUIDO EN EL 66
Decían que eras cordero,
después, bestia bajo el vellón;
pero yo conocí tus fauces
antes de aprender tu nombre.
Herencia involuntaria
que cada noche te pronuncia
en el silencio de mi cama.
Recuerdos de eternidad maldita,
almuerzos donde la codicia se servía primero,
risas con la alegría muerta,
Momentos que no envejecen,
tinta negra bajo la piel,
heridas que el tiempo no borra,
solo enseña a esconder.
Cazador de movimientos cautelosos,
depredador de puertas adentro,
tejías trampas con palabras dulces,
miel en los labios,
veneno en el eco.
Y yo,
tengo parte de tu historia
sin haber elegido tu herencia,
como una cicatriz
que nunca pedí
pero siempre llevare.