La puerta se cerró detrás de ellos.
No hubo un estruendo, ni una explosión de luz, ni siquiera el sonido de una cerradura.
Simplemente desapareció.
Proyk se volvió de inmediato.
Donde unos segundos antes había existido el umbral de piedra, ahora solo quedaba una pared negra, lisa y fría. Pasó las manos por su superficie, buscando una grieta, una junta, cualquier señal que revelara cómo había desaparecido aquella estructura.
Nada.
—Dime que has visto lo mismo que yo —murmuró Newt.
—He visto que estamos atrapados.
—Perfecto. Me preocupaba que todavía quedara alguien optimista en el grupo.
Angie no respondió. Estaba observando el abismo de estrellas que se extendía frente a ellos.
No eran estrellas.
Cuanto más las miraba, más convencida estaba.
Aquellos puntos de luz se movían demasiado despacio para ser cuerpos celestes y demasiado rápido para pertenecer a una constelación. Algunos formaban líneas rectas. Otros se agrupaban en círculos. De vez en cuando, uno se apagaba y otro aparecía exactamente en su lugar.
Como si alguien estuviera moviendo piezas sobre un tablero invisible.
—Proyk —dijo ella—. No mires hacia abajo.
Él ya lo había hecho.
El suelo terminaba a unos pasos de distancia. Más allá no había roca ni oscuridad, sino un vacío inmenso en cuyo interior flotaban miles de estructuras geométricas. Torres, plataformas, puentes y fragmentos de edificios giraban lentamente alrededor de un núcleo de luz azul.
Y muy abajo, tan lejos que apenas se distinguía, había una segunda ciudad.
Una ciudad invertida.
Sus edificios colgaban de un techo que no podía existir, iluminados por un sol negro.
Proyk retrocedió.
—¿Qué lugar es este?
Una voz respondió desde las paredes.
—La antesala de la clasificación.
Las luces se encendieron.
Frente a ellos apareció una figura humana, proyectada en el aire. Era un hombre alto, vestido con una túnica blanca que le cubría hasta los tobillos. Su rostro parecía joven, aunque sus ojos tenían una quietud extraña, como si llevara demasiado tiempo observando a personas morir.
—Bienvenidos, nuevos despertados —dijo—. Soy el custodio Elian Voss, encargado de registrar las Marcas y asignar las clasificaciones oficiales de Nárveth.
Newt levantó una mano.
—Tengo una reclamación.
Elian lo miró.
—Precisamente. Me gustaría reclamar antes de que empeore la situación.
Angie le dio un codazo.
—Cállate un momento.
El custodio continuó como si no los hubiera escuchado.
—Todos los seres humanos nacen con una estructura latente. Algunos la desarrollan durante la infancia. Otros nunca llegan a manifestarla. Sin embargo, cuando una persona experimenta una ruptura entre su cuerpo y su conciencia, la estructura puede despertar.
Proyk frunció el ceño.
—¿Una ruptura?
—Una situación extrema. Miedo, dolor, proximidad a la muerte o exposición a determinadas energías. El proceso no siempre es voluntario.
—¿Y si no queremos participar? —preguntó Angie.
La imagen de Elian inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces habéis llegado al lugar equivocado.
Bajo sus pies, el suelo comenzó a vibrar.
—A nadie le gusta —respondió el custodio—. Pero la clasificación es necesaria. Sin ella, las puertas de Nárveth no os reconocerán. Y sin el reconocimiento de las puertas, no podréis acceder a los recursos de la ciudad.
—¿Qué recursos? —preguntó Proyk.
—Alimento. Refugio. Medicinas. Información.
La palabra información pareció resonar en la cabeza de Proyk más que las demás.
—¿Qué clase de información?
Por primera vez, Elian tardó en responder.
—La que habéis venido a buscar.
Entonces la proyección desapareció.
Y los tres círculos del suelo se iluminaron con una intensidad cegadora.
La esfera se abrió como una flor mecánica y reveló un núcleo de cristal negro.
—No la toques —advirtió Angie.
Demasiado tarde.
En cuanto sus dedos rozaron la superficie, una descarga le recorrió el brazo.
Proyk cayó de rodillas.
El mundo desapareció.
Durante un instante vio una llanura cubierta de ceniza. Miles de personas corrían hacia una muralla mientras una sombra gigantesca descendía del cielo. Vio una puerta semejante a la que habían atravesado, pero grabada con nueve símbolos completos.
Y vio a un muchacho de cabello blanco de pie frente a ella.
El muchacho se volvió.
Tenía el rostro de Proyk.
Pero sus ojos estaban vacíos.
Una voz susurró:
«No permitas que el noveno despierte».
Proyk soltó la esfera.
Regresó a la cámara jadeando.
Newt lo sujetó por los hombros.
—¡Eh! ¡Proyk! ¿Qué ha pasado?
—Yo… no lo sé.
Era mentira.
Había visto algo.
No sabía qué significaba, pero estaba seguro de que no había sido una alucinación.
El custodio reapareció frente a ellos.
Esta vez no estaba solo.
A su lado había dos personas.
La primera era una muchacha de cabello rojizo, recogido en una trenza, con una cicatriz que le cruzaba el mentón. Llevaba una chaqueta de cuero oscuro y una espada corta a la espalda.
La segunda era un muchacho alto, de piel morena, ojos grises y una expresión tan serena que resultaba difícil saber si estaba tranquilo o simplemente no sentía nada.
—Estos son dos de nuestros evaluadores —explicó Elian—. Lyra Venn y Daren Holt.
La muchacha de la cicatriz miró a los recién llegados.
—¿Estos son los tres del mensaje?
—Sí —respondió Elian.
Lyra observó las muñecas de Proyk, Newt y Angie.
Cuando sus ojos se detuvieron en el símbolo negro de Proyk, su expresión cambió.
Solo un instante.
Pero Proyk lo vio.
Miedo.
No sorpresa.
Miedo.
—Empezaremos por el muchacho del símbolo curvo —anunció Elian.
Newt levantó ambas manos.
—¿Por qué yo primero?
—Porque tu Marca ya ha comenzado a manifestarse.
Daren señaló el pedestal central.
—Coloca la mano sobre el cristal.
Newt tragó saliva.
—¿Y si me electrocuta?
—Entonces habremos aprendido algo —contestó Daren.
—Me encanta vuestra manera de trabajar.
Aun así, obedeció.
El cristal se iluminó con un tono plateado.
Una corriente de energía recorrió el pedestal y formó una figura sobre su cabeza: una flecha que retrocedía sobre sí misma, seguida de una serie de círculos concéntricos.
Las columnas comenzaron a encenderse.
Una voz mecánica anunció:
—Marca identificada: RETORNO.
—Afinidad principal: repetición cinética.
—Clasificación provisional: Rango Tres.
Newt parpadeó.
—¿Rango Tres? ¿Eso es bueno?
Lyra respondió sin apartar la mirada del cristal.
—Es útil.
—No era exactamente lo que pregunté.
—Los rangos no determinan quién eres. Determinan lo que el sistema cree que puedes hacer.
Newt miró su muñeca.
El símbolo había adquirido un brillo plateado.
—¿Y qué significa el desgaste que siento en el brazo?
Daren se acercó.
—Tu Marca permite reproducir el movimiento de un objeto que hayas tocado. Cuanto más complejo sea el movimiento, mayor será el coste físico. Si fuerzas demasiado la habilidad, tus músculos comenzarán a fallar.
Newt bajó lentamente la mano.
—Fantástico. Tengo un poder que me permite hacer cosas dos veces, siempre que no me mate la primera.
—Aprenderás a controlarlo —dijo Angie.
—Eso espero. Porque tengo muchas cosas que todavía quiero hacer una sola vez.
Por primera vez desde que habían llegado, Lyra sonrió.
—El siguiente.
Angie avanzó.
Su mano apenas tocó el cristal cuando todas las luces de la cámara parpadearon.
No una vez.
Tres.
El cristal vibró.
Y entonces la cámara entera quedó en silencio.
Angie retiró la mano.
—¿He hecho algo malo?
Elian se aproximó al pedestal.
—No te muevas.
La superficie del cristal comenzó a llenarse de líneas doradas. Se extendieron como raíces, recorriendo la esfera hasta formar una estructura semejante a un oído humano rodeado por ondas concéntricas.
La voz mecánica regresó.
—Marca identificada: RESONANCIA.
—Afinidad principal: percepción vibratoria.
—Clasificación provisional: Rango Dos.
Daren alzó una ceja.
—Un rango Dos a primera manifestación. No es habitual.
Angie observó su muñeca. El símbolo dorado latía como un segundo pulso.
—¿Qué significa exactamente percepción vibratoria?
—Puedes interpretar las vibraciones que atraviesan la materia —explicó Lyra—. Pasos al otro lado de una pared, mecanismos ocultos, fracturas en estructuras. Con entrenamiento, quizá puedas distinguir sonidos que se encuentran fuera del alcance humano normal.
Angie palideció.
—¿Incluso si están muy lejos?
—Depende de tu capacidad.
Ella no respondió.
Porque había escuchado algo.
Un sonido tan débil que parecía provenir del interior de sus propios huesos.
Tres golpes.
Una pausa.
Dos golpes.
Y una voz que pronunciaba su nombre.
Angie se volvió hacia una de las paredes.
—¿Hay alguien ahí?
Todos la miraron.
—¿Qué has dicho? —preguntó Proyk.
Ella vaciló.
—Nada. Creí escuchar algo.
Pero no había sido una voz cualquiera.
Había sido la voz de su madre.
Una mujer a la que Angie no veía desde hacía siete años.
Cuando llegó el turno de Proyk, el custodio parecía menos dispuesto a continuar.
—Coloca la mano sobre el cristal —ordenó.
Proyk obedeció.
Nada sucedió.
Esperó.
El cristal permaneció negro.
—Otra vez —dijo Daren.
Proyk apoyó ambas manos.
La superficie se enfrió hasta hacerle doler los dedos.
Nada.
Newt cruzó los brazos.
—Quizá se haya roto.
—Los cristales de clasificación no se rompen —replicó Elian.
—Entonces quizá este haya decidido jubilarse.
Lyra se acercó al pedestal.
—Aparta las manos.
Proyk obedeció.
La muchacha examinó la esfera y después observó el símbolo negro de su muñeca.
—No es una Marca normal.
—¿Qué significa eso? —preguntó Proyk.
—Significa que el cristal no puede interpretarla.
Elian negó lentamente con la cabeza.
—Todos los despertados poseen una afinidad reconocible. Incluso los casos excepcionales terminan mostrando una clasificación.
—¿Y si no la tiene? —preguntó Angie.
—Entonces no es un despertado.
—Pero su Marca apareció al mismo tiempo que las nuestras —insistió ella.
Elian no respondió.
Proyk sintió una punzada de rabia.
No había pedido estar allí. No había pedido aquella marca ni aquellas visiones. Y ahora un hombre vestido de blanco pretendía decidir si lo que le estaba ocurriendo era real.
—Haz que funcione —dijo.
Elian lo miró.
—No puedo.
—Entonces encuentra a alguien que pueda.
El custodio endureció la expresión.
—Ten cuidado, muchacho. En Nárveth, los errores no suelen recibir una segunda oportunidad.
—Quizá el error no sea mío.
El silencio que siguió fue tan profundo que incluso Newt dejó de sonreír.
Entonces el cristal se agrietó.
Una línea negra apareció en su superficie.
Después otra.
Y otra más.
Las nueve columnas se apagaron simultáneamente.
El suelo tembló.
Desde algún lugar situado bajo la cámara llegó un sonido semejante al de una enorme cerradura girando después de siglos de inmovilidad.
La voz mecánica habló una última vez.
Pero esta vez sonó diferente.
Más grave.
Más antigua.
—Clasificación detectada.
Elian retrocedió.
—Eso es imposible…
Las grietas del cristal comenzaron a brillar.
—Rango Cero.
Proyk sintió que su Marca ardía.
—Estado: no reconocido.
Las paredes se cubrieron de símbolos que nadie parecía comprender.
—Designación original: LLAVE.
El cristal explotó.
Daren empujó a Angie al suelo. Lyra desenvainó su espada. Newt agarró a Proyk por la chaqueta y lo arrastró hacia atrás.
Una lluvia de fragmentos negros cayó sobre el pedestal.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Entonces, desde las profundidades de la ciudad, sonaron nueve campanadas.
Una tras otra.
La última hizo que las luces de emergencia se encendieran en rojo.
Elian contempló los restos del cristal con el rostro completamente pálido.
—No puede ser —susurró.
Proyk se incorporó.
—¿Qué es una llave?
El custodio lo miró como si acabara de descubrir que había una serpiente dentro de su cama.
—Una llave no es una clasificación.
—Entonces ¿qué es?
Elian abrió la boca.
No llegó a responder.
Las paredes se iluminaron con una imagen gigantesca: una puerta circular, enterrada bajo montañas, rodeada por nueve figuras humanas.
Ocho de ellas tenían el rostro borrado.
La novena tenía el rostro de Proyk.
Debajo de la imagen aparecieron unas palabras.
EL PRIMER SELLO HA RECONOCIDO A SU PORTADOR.
Y, en algún lugar muy profundo, algo respondió.
—Nos vamos —dijo Lyra.
No pidió permiso.
Agarró a los tres muchachos y los condujo hacia una salida lateral. Daren caminaba detrás de ellos, vigilando los pasillos.
—¿Adónde nos llevas? —preguntó Newt.
—A un lugar donde las paredes no puedan escucharnos.
Angie miró a Proyk.
—¿Qué significa todo esto?
Él negó con la cabeza.
—No lo sé.
Y esa vez decía la verdad.
Llegaron a una escalera estrecha que descendía hacia las entrañas de la ciudad. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones y pequeñas placas metálicas. Algunas llevaban nombres. Otras, fechas. Muchas habían sido arrancadas.
Lyra se detuvo frente a una puerta oxidada.
—Escuchadme bien. En Nárveth existen cinco clasificaciones oficiales.
Levantó cinco dedos.
—Rango Cinco: manifestaciones menores, capacidades útiles en tareas cotidianas.
—Rango Cuatro: habilidades con aplicación práctica y potencial limitado de combate.
—Rango Tres: despertados capaces de enfrentarse a amenazas serias si reciben entrenamiento.
—Rango Dos: individuos con capacidades excepcionales, a menudo destinados a exploración, defensa o investigación.
—Rango Uno: los más poderosos que el sistema reconoce. Son pocos y están sometidos a vigilancia constante.
Newt frunció el ceño.
—¿Y el Rango Cero?
Lyra miró a Proyk.
—No existe.
—El cristal acaba de decir lo contrario —señaló Angie.
—Por eso debemos hablar antes de que alguien más lo descubra.
Daren abrió la puerta.
Al otro lado había una habitación pequeña con una mesa, cuatro sillas y una ventana que daba a un callejón. En una esquina descansaban varias cajas de suministros.
Lyra cerró la puerta.
—Lo que voy a contaros no debe salir de aquí. Hace dieciocho años se registró un caso parecido al vuestro. Un niño cuya Marca no podía clasificarse. El cristal lo identificó como una anomalía.
—Creo que alguien se aseguró de que nunca pudiera contar lo que había visto.
Newt dejó de jugar con la pequeña hebilla de su chaqueta.
—¿Quién?
Lyra bajó la voz.
—El hombre que dirige Nárveth.
Odran Veyr.
El Arquitecto.
Proyk sintió que el nombre le producía una extraña familiaridad, como una palabra que hubiera escuchado en un sueño olvidado.
—¿Por qué quiere mantenernos aquí?
Daren se apoyó contra la pared.
—Esa es la pregunta que todos nos hacemos.
—¿Y nadie ha intentado escapar?
Lyra soltó una risa sin humor.
—Muchos.
—¿Y qué les pasó?
—Algunos murieron. Otros fueron capturados. Y unos pocos consiguieron cruzar las murallas.
Angie se incorporó.
—¿Entonces sí existe una salida?
—Sí —respondió Lyra—. Pero ninguno de los que la cruzaron regresó.
Proyk miró por la ventana.
A lo lejos, en lo alto de la torre central, una luz roja acababa de encenderse.
Y entonces escuchó algo.
No con los oídos.
Lo escuchó dentro de su cabeza.
Un mecanismo gigantesco que giraba bajo la ciudad.
Una puerta que se abría.
Y una voz desconocida que pronunciaba cuatro palabras.
«La llave ha despertado».
Proyk cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, sus amigos lo observaban.
—Tenemos que salir de aquí —dijo.
Newt suspiró.
—Por una vez, estoy completamente de acuerdo contigo.
Angie miró a Lyra.
—¿Qué tenemos que hacer?
—Para llegar al exterior —explicó Lyra—, primero tendréis que abrir la Cámara del Primer Sello.
Daren señaló una inscripción al pie del mapa.
—Y para abrirla, necesitaréis resolver una prueba que lleva veinte años sin ser superada.
Newt observó el dibujo.
—¿Qué clase de prueba?
Lyra levantó la mirada.
—Una que no puede resolverse con fuerza, velocidad ni ninguna de las habilidades que conocemos.
Sus ojos se posaron en Proyk.
—Solo con la respuesta correcta.
En ese instante, tres golpes resonaron al otro lado de la puerta.
Todos se quedaron inmóviles.
Una voz masculina habló desde el pasillo.
—Custodio Voss solicita la presencia inmediata de los tres nuevos despertados.
Lyra apagó la lámpara.
Daren desenvainó su espada.
Y, en la oscuridad, Proyk vio cómo su Marca negra comenzaba a brillar.
La voz volvió a hablar.
Esta vez, mucho más cerca.
—Por orden del Arquitecto, el portador de la Llave debe ser eliminado antes del amanecer.
Fin del capítulo 2.