Che, lo que le dice Ricardo a los hijos, que no les pidió permiso para sufrir todos estos años, eso se lo tenía guardado hace rato.
💕 Ricardo y Marta Sensible
Ricardo tiene 70 años. Vive solo en un departamentito alquilado en Santiago del Estero. Viudo dos veces. Trabajó toda la vida, y cuando se quedó solo, sus hijos aparecieron, pero solo para pedir.…
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Pensamiento
Che, lo que le dice Ricardo a los hijos, que no les pidió permiso para sufrir todos estos años, eso se lo tenía guardado hace rato.
Contenido de la publicación
Ricardo tiene 70 años. Vive solo en un departamentito alquilado en Santiago del Estero. Viudo dos veces. Trabajó toda la vida, y cuando se quedó solo, sus hijos aparecieron, pero solo para pedir. Que la cuota, que el arreglo del auto, que el préstamo. Nunca para preguntar cómo estaba.
Marta tiene 68. También viuda. Vive con una hija, pero se siente sola. Toda su vida fue la señora correcta, la que cocina, la que cuida a los nietos, la que no se queja. Nunca nadie le preguntó qué quería ella.
Se conocieron en la plaza, en una clase de folclore para adultos mayores. Ricardo bailaba mal, Marta se reía. Y así empezaron.
Un día, Ricardo le dijo: "¿Si nos vamos a Las Termas, dos días? Solo a descansar."
Marta dudó. ¿Qué va a decir la gente? Pero dijo que sí.
🌙 LA NOCHE EN LAS TERMAS
Esa noche en Las Termas, la pieza estaba en silencio. Solo se escuchaba el zumbido del aire y, afuera, alguna moto lejana.
Marta se había puesto el camisón que se había comprado a escondidas en el centro. Ricardo estaba sentado en la cama, sin saber muy bien qué hacer con las manos. De golpe, eran dos adolescentes otra vez.
"Si en algún momento no querés, me decís y paramos", le dijo él.
"Y vos también", le contestó ella.
Se acostaron. Al principio con vergüenza, sintiendo la piel tibia que hacía tanto tiempo nadie tocaba. Después, Marta se rio. Y esa risa rompió todo.
Se abrazaron fuerte, sintiendo cómo los cuerpos se reconocían. Se besaron mucho, largo, despacio, como si estuvieran recuperando todos los besos que no les dieron en años. Sus manos recorrían espaldas, brazos, caderas, con ternura y respeto, sin prisa, saboreando cada caricia. Por primera vez para los dos, el cuerpo no era un trámite ni una obligación. Era una forma de decirse "me importás, estoy con vos".
Ricardo la acariciaba con suavidad, preguntando siempre con la mirada si estaba bien. Marta se acercaba más, buscando su calor, sintiendo cómo despertaba en ella esa mujer que creía dormida para siempre. Se tocaron, se exploraron, se descubrieron mutuamente con una intimidad que iba más allá de lo físico: era la entrega de dos almas que por fin se sentían seguras. Hicieron el amor con calma, con cariño, celebrando cada suspiro, cada momento compartido sin miedos ni prejuicios. Fue lento, tierno, profundamente hermoso. Dos personas mayores que redescubrían que el placer y la ternura no tienen edad. ❤️
Después se quedaron abrazados, con el corazón fuerte, recuperando el aliento. Marta apoyó la cabeza en el pecho de Ricardo, escuchando su latido.
"¿Sabés qué? Toda mi vida pensé que yo ya no servía para esto. Que estaba vieja", dijo ella en un susurro.
"¿Y ahora?", le preguntó él, acariciando su cabello.
"Ahora siento que estoy empezando".
Durmieron abrazados. Sin darse vuelta cada uno para su lado, como hacían con sus parejas anteriores. Abrazados de verdad, sintiendo el calor del otro toda la noche.
A la mañana siguiente, Marta se despertó temprano, con una sonrisa traviesa y los ojos brillantes. Se acercó a Ricardo y le susurró:
—Ricardo… anoche no entendiste bien lo de la bombilla.
Él la miró con fingida confusión:
—¿No? ¿Qué querés decirme, mi amor?
Marta se acercó más, con voz suave y cariñosa:
—Que lo que quiero es saborear tu bombilla… mi bombilla favorita. La que siempre brilla para mí.
Y con toda la ternura del mundo, Marta tomó esa "bombilla" entre sus manos, la acarició con devoción, y la saboreó como el más exquisito de los mates. La recorría con suavidad, de principio a fin, disfrutando cada momento, cada latido, cada suspiro que arrancaba a su compañero. Chupaba con amor, con placer, con la certeza de que eso era suyo, de que él era suyo. Sentía cómo el calor subía desde su estómago, se extendía por sus piernas, y de golpe… se sentía tan plena, tan deseada, tan mujer, que el placer la inundó por completo. 💛
Ricardo temblaba de emoción, la miraba con amor infinito, y cuando no pudo más, le dijo con voz ronca de deseo:
—Bueno, mi amor… es hora de guardar la bombilla entre tus piernas. De que brillemos juntos. De que seamos uno solo. ✨
Y así, despacio, con todo el respeto y toda la pasión que se tienen quienes se encuentran al final del camino, se unieron en una sola luz, en un solo latido, en una sola alegría. 💑💕
Ricardo la amó con toda su ternura, una y otra vez, en esa intimidad que solo ellos conocían. En un momento, Marta le susurró con dulzura:
—Amor… ahora esa bombilla tiene que entrar por la puerta trasera. Quiero sentirte ahí, también.
Ricardo la miró con ternura y una sonrisa suave:
—Donde tú me pidas, mi amor. Donde tú me dejes entrar, ahí estoy yo. No hay puertas cerradas entre nosotros. Solo confianza, solo cariño, solo nosotros. ❤️
Y con esa misma delicadeza, con ese mismo respeto que siempre los unía, la acompañó, la cuidó, la hizo sentir segura y amada en cada momento. En un momento de máxima entrega, el placer los alcanzó juntos y se entregaron por completo. Se abrazaron con fuerza, se besaron con gratitud y se quedaron dormidos, unidos de cuerpo y alma, sabiendo que habían encontrado lo que muchos buscan toda la vida y nunca hallan: a su persona. ✨💕
☀️ LA MAÑANA SIGUIENTE
Después de dormir varias horas, se despertaron despacio, con la luz suave entrando por la ventana. Se miraron, sonrieron, y se acercaron el uno al otro. Las manos se encontraron solas, recorriendo los cuerpos que ya conocían y amaban. Los besos volvieron, lentos y profundos, y la naturaleza siguió su curso. Marta empezó a sentir ese calor familiar y delicioso entre sus piernas, y el amigo de Ricardo se puso firme y listo para ella.
Marta lo miró con ojos brillantes y una sonrisa pícara:
—Amor… mi abuela siempre me decía que hay un número muy hermoso que toda pareja tiene que aprender. ¿Sabés cuál es? El sesenta y nueve.
Ricardo se rio, con esa risa que ella amaba tanto:
—¡Sesenta y nueve! Bueno, mi amor… hagámoslo.
Se acomodaron de costado, frente a frente, el uno con la cabeza junto a la intimidad del otro. Y comenzó esa hermosa danza de amor. Marta tomó el miembro de Ricardo y comenzó a acariciarlo y saborearlo con suavidad, de principio a fin, con devoción y cariño. Ricardo, con la cara entre las piernas de Marta, le correspondió con la misma ternura: su lengua recorría sus labios, su clítoris, la hacía estremecer de placer una y otra vez. Así, durante mucho tiempo, se dieron placer mutuo, se dieron alegría, se dieron el uno al otro sin reservas. Hasta que llegó ese momento perfecto: los dos culminaron al mismo instante, compartiendo la entrega más completa que dos personas pueden darse. 💞
Se quedaron así unos momentos más, luego se abrazaron, se besaron con dulzura, y se dejaron caer juntos sobre las almohadas, agotados, felices, completos. Durmieron abrazados otra vez, en la paz que solo existe cuando se ama y se es amado de verdad. ✨❤️
🏠 EL REGRESO
Volvieron de Las Termas un jueves a la tarde. El colectivo entró a la terminal de Santiago con ese calor que te pega en la cara. Pero ellos venían frescos, renovados, como si hubieran dormido diez años seguidos.
Marta lo hizo pasar a su cocina. Se pusieron a tomar mate. El silencio entre ellos ya no era vacío; era lleno, cómodo, compartido.
"Marta, yo no quiero que me prometas nada. Yo no me quiero volver a casar para que me cuiden. Yo quiero una compañera. Si mañana te duele la rodilla, te la sobo. Si a mí me agarra la tristeza, vos me escuchás. Eso quiero", le dijo Ricardo, mirándola a los ojos.
"Yo toda la vida laburé para otros. Para mi primera mujer, para mis hijos, para mi segunda mujer. Nunca nadie me preguntó qué quería yo. Vos me preguntaste", le dijo Ricardo, tomándole la mano.
Se quedaron tomando mate hasta que se hizo de noche, hablando, riendo, compartiendo esas cosas que solo se dicen cuando hay confianza total.
A los pocos días, los hijos de Ricardo se enteraron. Aparecieron, ahora sí, todos juntos. A opinar, a juzgar, a interferir.
"Papá, ¿a tu edad te vas a poner de novio? ¿No te da vergüenza?", dijeron.
Ricardo los escuchó, tranquilo, desde su departamentito alquilado. Les sirvió mate a todos, como siempre, sin alterarse.
"Esta mujer es Marta. Es mi compañera. No le voy a pedir permiso a ustedes para vivir. Como yo no les pedí permiso a ustedes para sufrir todos estos años. Si quieren venir a comer un asado el domingo, vengan. Traen a Marta también. Si vienen a controlar, no vengan."
Se hizo un silencio largo, pesado. El nieto, que era el más chico, fue el primero que habló, rompiendo la tensión:
"Abuelo, ¿Marta baila chacarera?"
"Baila", dijo Ricardo, orgulloso, mirando a Marta con amor. "Y mejor que yo." ❤️
El domingo siguiente, por primera vez, no hubo pedidos. Hubo asado. Marta llevó una ensalada riquísima. Ricardo bailó. Mal, como siempre. Pero bailó. Con ella. Y todos los vieron sonreír como nunca antes.
🌅 EL FINAL DEL DÍA
Esa noche, en la casa de Marta, pasó lo más lindo.
El mate se tapó, como pasa siempre. Ricardo sacó la bombilla, la sopló, le sacó la hebra de yerba que la tapaba y la volvió a poner.
"Ahora sí. Ahora corre lindo", dijo Marta, sonriéndole.
Y siguieron tomando. Se tapa, se destapa, se lava, se vuelve a cebar. Como la vida misma. 🍵
Terminó el día. Marta acomodó las cosas de la cocina, apagó la tele que nadie estaba viendo, y cerró la puerta con llave. Ricardo ya estaba en la cama, con la radio bajita, escuchando esas canciones de siempre que ahora sonaban diferentes.
Se acostaron. Abrazados. Como les gustaba ahora. Él la rodeó con sus brazos, ella se acomodó contra su pecho. En la penumbra, se sentía la paz que ambos habían buscado toda la vida.
Se dieron un beso largo, de buenas noches. De esos besos tranquilos que no piden nada, que solo dicen "estoy acá, sos mi persona, te elijo cada día".
"Hasta mañana, compañero", dijo Marta en un susurro, cerrando los ojos feliz.
"Hasta mañana, compañera", dijo Ricardo, apretándola suavemente contra sí.
Y se durmieron abrazados, con la ventana abierta y el calor suave de Santiago entrando despacito, acariciándolos como una bendición. ✨❤️
✨ Fin ✨
Thoughts
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PermalinkChe, lo que le dice Ricardo a los hijos, que no les pidió permiso para sufrir todos estos años, eso se lo tenía guardado hace rato.
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PermalinkLa escena del mate tapado al final se me quedó puesta. Ricardo saca la bombilla, la sopla y la vuelve a poner, y ya está. Después de todo lo que pasa antes, la historia acaba en una cocina con dos personas arreglando un mate. Me da la impresión de que lo armaste pensando más en esa cocina que en Las Termas, y que el viaje estaba ahí para que ellos pudieran volver y sentarse así. ¿Dónde más puedo leer sobre Ricardo y Marta?
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PermalinkQue grande el nieto.
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PermalinkEl asado del domingo es la parte que más me quedó dando vueltas. Los hijos venían siempre a pedir y de golpe se sientan a comer sin pedir nada. Alcanzó con que el más chico preguntara si Marta bailaba chacarera.
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PermalinkEl nieto preguntando si Marta baila chacarera, y que sea eso lo que rompe el silencio de la mesa, me hizo pensar en que los más chicos siempre desarman antes esas discusiones. Apuesto a que sin esa pregunta el asado del domingo no llegaba a pasar, y que Ricardo lo sabe mejor que nadie.
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PermalinkA la hija de Marta no la volvemos a ver. Vive con ella, y cuando Marta se va dos días a Las Termas no aparece ni para preguntar. Me da la impresión de que esa conversación quedó fuera.
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