Hola.
Te escribo desde el anonimato y desde el silencio, no para que busques mi nombre entre las sombras, sino para darle un causes digno a este sentimiento y dejar que, por fin, se disuelva en el aire. Quiero que quede constancia en alguna parte del mundo de que alguien, alguna vez, te amó con absoluta nitidez y sin reservas.
A mis veintiún años te entregué un cariño limpio. Mirar atrás no me causa amargura; al contrario, rescato la luz de aquellos días en los que tu presencia era mi único refugio. Yo era esa persona dispuesta a darlo todo, dispuesta a edificar un amor irrepetible y a desafiar la geografía. Por ti creí en los afectos a distancia, porque la distancia se volvía diminuta cada vez que hablábamos.
Fue contigo que descubrí el impulso de escribir. Te hilvanaba versos sin saber aún que la poesía terminaría siendo mi propia voz; fuiste tú el detonante de este amor que hoy le tengo a las letras. Cuidé cada detalle con devoción, y a medida que el tiempo pasaba, el lazo se volvía más firme porque en tu humor, en tu calidez y en tu forma de devolverme el trato, encontraba un eco perfecto.
Hoy, sin embargo, elijo abrir las manos. En estas líneas entrego y deposito el amor que te tuve, no para alterar nuestro presente ni para pedirte nada, sino para cerrar este ciclo con la certeza de haber querido de verdad.
Para quien tropiece con estas letras:
Si sientes algo por alguien, no te vuelvas cómplice de tu propio silencio. Dilo. Arriésgate a la palabra aunque el rechazo te espere del otro lado. El dolor de un no se cura con el tiempo, pero la duda de lo que pudo haber sido permanece como un fantasma silencioso. Sé valiente y mira de frente al sentimiento; no te quedes a vivir en el «¿qué hubiera pasado?». Amar siempre valdrá el coraje de intentarlo.