Les dejo las primeras páginas de mi libro. Si a alguien le interesa colaborar con la promoción y venta del libro con el programa de Amazon Associates, solo aviseme y lo charlamos:
Salimos del boliche todavía medio mareados por el alcohol, riéndonos y abrazándonos sin rumbo fijo. Era de madrugada, y aunque ya no quedaba mucho por hacer, nos sentíamos invencibles.
Caminamos haciendo chistes hasta el auto.
Éramos tres: Guido manejaba, Santiago iba de acompañante, y yo atrás, medio dormido por el cansancio y el alcohol. No teníamos un plan. Hablábamos sin decidir nada, hasta
que dijimos de pasar por un bar que quedaba camino al departamento. De Milán a Seregno eran unos treinta minutos.
El viaje se hacía lento, con la ruta vacía y esa sensación rara de estar entre el sueño y la realidad. Al poco tiempo me quedé dormido, con la cabeza contra la ventanilla.
Faltaban diez minutos. Una curva, un desliz mínimo. Y entonces, el mundo se vino abajo.
El auto patinó, giró y se estrelló contra una columna. El golpe dio justo donde yo tenía apoyada la cabeza. Fue seco. Fuerte. El auto volcó y quedó de costado.
Guido y Santiago salieron ilesos. En shock, lo primero que hicieron fue enderezar el vehículo, sin saber que yo estaba inconsciente. El nuevo sacudón fue violento, y mi cuerpo, inerte, cayó hacia el otro lado del asiento.
Cuando miraron dentro del auto, me encontraron desvanecido, con la cabeza recostada en el asiento y cubierta de sangre. Guido se metió de nuevo y, con manos temblorosas, apoyó mi cabeza sobre su regazo.
Afuera, Santiago caminaba en círculos, las manos en la cabeza, gritando con desesperación:
—¡Noooo, la puta madre! ¡Se está muriendo, se está muriendo!
Guido, tratando de mantener la calma, le gritaba que llamara a Daniele, nuestro amigo y dirigente, con quien habíamos cenado unas horas antes.
Por fortuna, una patrulla policial que se encontraba cerca llegó enseguida. Al ver el estado del vehículo, ya habían pedido una ambulancia. No hacía falta ser adivino: un golpe así no podía no haber dejado heridos.
Santiago escuchó el sonido de las sirenas acercándose, como un eco de esperanza en medio del caos. Pensó, casi con alivio:
—Qué rápido llegaron...
Los médicos no perdieron tiempo. Me sacaron del auto con movimientos precisos, me recostaron en una camilla y subieron a la ambulancia para iniciar las maniobras de urgencia.
La reanimación duró una hora interminable.
En ese lapso, Daniele llegó, empujado por el pánico que le transmitieron las palabras desesperadas de Santiago. Se acercó a los médicos, con el rostro desencajado, y preguntó cómo estaba.
La respuesta fue cruda: mi vida pendía de un hilo.
—Tenemos que trasladarlo de inmediato. ¿A qué hospital lo llevamos? le preguntaron.
Y sin dudar, Daniel respondió:
—Al San Raffaele.
El jueves, llegué tarde al entrenamiento. Había pasado el día con una amiga en el Lago di Como. Daniele me había prestado su auto, después de que se lo pidiera mil veces.
Fue un día hermoso. Sol, montaña, lago, todo como de película. Prácticamente te dejaba sin palabras esa majestuosidad del paisaje.
Nos quedamos en un mirador, sentados en el respaldo del auto, los pies en el asiento trasero. Fumamos, tomamos algo y charlamos largo. En un momento le dije lo que venía pensando: me gustaba, pero no podía hacer nada, porque yo tenía a mi novia en Mendoza.
Ella no dijo nada. Solo me miró.
Cuando la tarde empezaba a deshacerse detrás del lago, le dije:
—Vamos, Eva, que si no arrancamos ya, voy a llegar tarde al entrenamiento.
Volvimos por esa ruta hermosa, apoyó la cabeza en mi hombro mientras manejaba. La dejé en la estación de Seregno, ella iba rumbo a su casa, en Milán. Bajé con ella hasta el andén. El tren llegó y le dije:
—Perdón, todavía no puedo. Que tengas buen regreso.
Le di un beso cerca de la boca y me fui hacia estacionamiento.
Llegué apurado al club. Estacioné mal, abrí el baúl, agarré el bolso y el palo, y corrí. Daniele y Renato estaban hablando. Sonriéndome le tiré las llaves a Daniele:
—¡Gracias por el préstamo!, le dije.
Él las agarró al vuelo y me gritó:
—Dai, stronzo, sei in ritardo.
El técnico me gritó también que me apurara. Mis compañeros me boludearon, uno dijo:
—¡Dai, Pancho, pirla!
Y Guido gritó:
—Llegá cuando quieras vos eh,¡apurate!
Me cambié rápido y entré a la pista.
Después de una hora de entrenar, el técnico nos juntó en el medio de la cancha, y dijo:
—El sábado jugamos contra el Novara. Lo pasan televisión, en directo. Hay que ganar como sea.
Agregó algunas palabras más y nos fuimos para el vestuario.
En ese corto trayecto de la pista hacia los camarines, le dije a uno de los chicos:
—Che podríamos invitar a comer a Renato y Daniele el sábado después del partido—. Teníamos que cumplir con esa promesa que les habíamos hecho ya hace mucho.
En la ducha todo era vapor, chistes, agua cayendo. Santiago gritó: —¡Vamos que el sábado le rompemos el orto al Novara! ¡Y después se festeja la puta madre!
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Saludos amigos!