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Resiliencia y superación
"No mollare" (no te rindas): Crónica de una Reconstrucción: A los 19 años, el mundo parecía estar diseñado a mi medida. Vivía en Italia, consolidando una carrera como jugador profesional de hockey sobre patines, con un futuro brillante por delante y la energía de quien se siente invencible. Pero en abril de 2005, cerca de Milán, un gravísimo accidente automovilístico apagó las luces de golpe. En un solo segundo, el destino me arrancó la vida que conocía y destrozó cada certeza sobre mi futuro.
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Mi libro
"No mollare" (no te rindas): Crónica de una Reconstrucción:
A los 19 años, el mundo parecía estar diseñado a mi medida. Vivía en Italia, consolidando una carrera como jugador profesional de hockey sobre patines, con un futuro brillante por delante y la energía de quien se siente invencible. Pero en abril de 2005, cerca de Milán, un gravísimo accidente automovilístico apagó las luces de golpe. En un solo segundo, el destino me arrancó la vida que conocía y destrozó cada certeza sobre mi futuro.
El abismo y el despertar
Pasé 22 días en un coma profundo, suspendido en un limbo entre la vida y la muerte. Cuando finalmente abrí los ojos, el despertar no trajo alivio, sino la realidad más cruda que un ser humano puede enfrentar: me encontré atrapado en un cuerpo extraño. Un cuerpo que no respondía a mis intenciones, que no obedecía a mis órdenes más elementales. Estaba en el absoluto cero, despojado de mi identidad atlética, de mi autonomía y de todo lo que sabía sobre mí mismo.
Volver a empezar desde el absoluto cero
Lo que vino después fue una batalla feroz que ya lleva dos décadas. Tuve que reaprenderlo todo: desde respirar y tragar, hasta mover un dedo, hablar y ponerme de pie. Fue un proceso de rehabilitación incansable, de caídas y frustraciones, donde entendí que para salir adelante no podía conformarme con los diagnósticos tradicionales. Había que rebelarse contra los límites, desafiar lo establecido y buscar una mejora constante, día tras día, milímetro a milímetro. Tuve que rever cada uno de mis objetivos, cambiar de piel y aprender a perseguir un nuevo propósito.
Los pilares invisibles de mi recuperación
Sostener una lucha de veinte años no es algo que se logre en soledad. Esta reconstrucción se cimentó sobre tres bases inquebrantables:
La Familia: El amor incondicional, el refugio y el sostén diario. Ellos fueron el faro en mis noches más oscuras y quienes me impidieron bajar los brazos cuando el cuerpo y la mente se daban por vencidos.
La Fe y el Inconsciente: Una confianza ciega que nacía muy desde el fondo de mi corazón. Aprendí a conectarme con mi inconsciente, a creer con una certeza absoluta en mi capacidad de sanar y a abrazar una fe profunda que iba más allá de lo visible.
La Disciplina de la Precisión: La mentalidad competitiva del deportista no murió en el accidente; se transformó. Encontré en disciplinas mentales profundas —como la paciencia, el enfoque y la estrategia que exige el golf— el templo para cultivar la fortaleza mental necesaria para no rendirme jamás.
Hoy, al mirar la cicatriz del pasado, entiendo que no quedé hecho pedazos: fui refundado. Aquel joven de 19 años dio paso a un hombre moldeado por una resiliencia real, alguien que descubrió que el verdadero poder no reside en la velocidad de las piernas o en la fuerza de los brazos, sino en la inquebrantable decisión del alma de volver a ponerse de pie. Esta es mi historia, el testimonio de que, incluso cuando todo parece perdido, el poder de reconstruirse habita en nuestro interior.
Thoughts
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PermalinkDejo el link con la historia completa: https://bit.ly/4yKjtJH
Un abrazo a todos -
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PermalinkLlevo diez meses entrenando y lo de milímetro a milímetro me sonó, en algo mucho más chiquito obvio. Nadie ve ese avance salvo una.
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PermalinkTrabajo en rehabilitación y lo de milímetro a milímetro es literalmente como funciona, aunque suene poco épico. Donde me quedo pensando es en lo de no conformarse con los diagnósticos tradicionales. A mi consultorio llega gente a la que le vendieron justo esa frase y terminó pagando dos años de tratamientos que no hacían nada. Empujar contra un pronóstico que te subestima me parece bien, el problema es cuando se vuelve no escuchar a nadie que te diga algo que no quieres oír.
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PermalinkLes dejo las primeras páginas de mi libro. Si a alguien le interesa colaborar con la promoción y venta del libro con el programa de Amazon Associates, solo aviseme y lo charlamos:
Salimos del boliche todavía medio mareados por el alcohol, riéndonos y abrazándonos sin rumbo fijo. Era de madrugada, y aunque ya no quedaba mucho por hacer, nos sentíamos invencibles.
Caminamos haciendo chistes hasta el auto.
Éramos tres: Guido manejaba, Santiago iba de acompañante, y yo atrás, medio dormido por el cansancio y el alcohol. No teníamos un plan. Hablábamos sin decidir nada, hasta
que dijimos de pasar por un bar que quedaba camino al departamento. De Milán a Seregno eran unos treinta minutos.
El viaje se hacía lento, con la ruta vacía y esa sensación rara de estar entre el sueño y la realidad. Al poco tiempo me quedé dormido, con la cabeza contra la ventanilla.
Faltaban diez minutos. Una curva, un desliz mínimo. Y entonces, el mundo se vino abajo.
El auto patinó, giró y se estrelló contra una columna. El golpe dio justo donde yo tenía apoyada la cabeza. Fue seco. Fuerte. El auto volcó y quedó de costado.
Guido y Santiago salieron ilesos. En shock, lo primero que hicieron fue enderezar el vehículo, sin saber que yo estaba inconsciente. El nuevo sacudón fue violento, y mi cuerpo, inerte, cayó hacia el otro lado del asiento.
Cuando miraron dentro del auto, me encontraron desvanecido, con la cabeza recostada en el asiento y cubierta de sangre. Guido se metió de nuevo y, con manos temblorosas, apoyó mi cabeza sobre su regazo.
Afuera, Santiago caminaba en círculos, las manos en la cabeza, gritando con desesperación:
—¡Noooo, la puta madre! ¡Se está muriendo, se está muriendo!
Guido, tratando de mantener la calma, le gritaba que llamara a Daniele, nuestro amigo y dirigente, con quien habíamos cenado unas horas antes.
Por fortuna, una patrulla policial que se encontraba cerca llegó enseguida. Al ver el estado del vehículo, ya habían pedido una ambulancia. No hacía falta ser adivino: un golpe así no podía no haber dejado heridos.
Santiago escuchó el sonido de las sirenas acercándose, como un eco de esperanza en medio del caos. Pensó, casi con alivio:
—Qué rápido llegaron...
Los médicos no perdieron tiempo. Me sacaron del auto con movimientos precisos, me recostaron en una camilla y subieron a la ambulancia para iniciar las maniobras de urgencia.
La reanimación duró una hora interminable.
En ese lapso, Daniele llegó, empujado por el pánico que le transmitieron las palabras desesperadas de Santiago. Se acercó a los médicos, con el rostro desencajado, y preguntó cómo estaba.
La respuesta fue cruda: mi vida pendía de un hilo.
—Tenemos que trasladarlo de inmediato. ¿A qué hospital lo llevamos? le preguntaron.
Y sin dudar, Daniel respondió:
—Al San Raffaele.
El jueves, llegué tarde al entrenamiento. Había pasado el día con una amiga en el Lago di Como. Daniele me había prestado su auto, después de que se lo pidiera mil veces.
Fue un día hermoso. Sol, montaña, lago, todo como de película. Prácticamente te dejaba sin palabras esa majestuosidad del paisaje.
Nos quedamos en un mirador, sentados en el respaldo del auto, los pies en el asiento trasero. Fumamos, tomamos algo y charlamos largo. En un momento le dije lo que venía pensando: me gustaba, pero no podía hacer nada, porque yo tenía a mi novia en Mendoza.
Ella no dijo nada. Solo me miró.
Cuando la tarde empezaba a deshacerse detrás del lago, le dije:
—Vamos, Eva, que si no arrancamos ya, voy a llegar tarde al entrenamiento.
Volvimos por esa ruta hermosa, apoyó la cabeza en mi hombro mientras manejaba. La dejé en la estación de Seregno, ella iba rumbo a su casa, en Milán. Bajé con ella hasta el andén. El tren llegó y le dije:
—Perdón, todavía no puedo. Que tengas buen regreso.
Le di un beso cerca de la boca y me fui hacia estacionamiento.
Llegué apurado al club. Estacioné mal, abrí el baúl, agarré el bolso y el palo, y corrí. Daniele y Renato estaban hablando. Sonriéndome le tiré las llaves a Daniele:
—¡Gracias por el préstamo!, le dije.
Él las agarró al vuelo y me gritó:
—Dai, stronzo, sei in ritardo.
El técnico me gritó también que me apurara. Mis compañeros me boludearon, uno dijo:
—¡Dai, Pancho, pirla!
Y Guido gritó:
—Llegá cuando quieras vos eh,¡apurate!
Me cambié rápido y entré a la pista.
Después de una hora de entrenar, el técnico nos juntó en el medio de la cancha, y dijo:
—El sábado jugamos contra el Novara. Lo pasan televisión, en directo. Hay que ganar como sea.
Agregó algunas palabras más y nos fuimos para el vestuario.
En ese corto trayecto de la pista hacia los camarines, le dije a uno de los chicos:
—Che podríamos invitar a comer a Renato y Daniele el sábado después del partido—. Teníamos que cumplir con esa promesa que les habíamos hecho ya hace mucho.
En la ducha todo era vapor, chistes, agua cayendo. Santiago gritó: —¡Vamos que el sábado le rompemos el orto al Novara! ¡Y después se festeja la puta madre!
Aquí el libro completo:
https://www.amazon.es/dp/B0FDX5V24T
Saludos amigos!
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Permalinkeres un frasco entero de resiliencia pura amigo .
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PermalinkLa familia como faro en las noches más oscuras... me pregunto si ellos sienten que también se transformaron en el proceso. No igual, pero también.
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PermalinkPensé que esto iba a ser "lo logré a pesar de todo", pero es más bien "la disciplina es lo que me salvó". Eso es diferente a lo que usualmente leo, no sé.
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PermalinkEsa idea de ser refundado en lugar de roto, me va a quedar en la cabeza. Cambia todo cómo se lee el resto de tu historia.
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PermalinkCuando empezaste de cero, respirar, tragar, mover un dedo, ¿hubo algo que volvió más rápido de lo que esperabas?
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