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R-el sonido de las cosas que no existen

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Pensamiento

Pensamiento

Ludovico

Ese tictac que nunca para y la casa de pasillos idénticos se cruzan con Hoy salí a caminar, poema de guianocturno sobre alguien que sale a ver si el mundo todavía nota su existencia.

Ese tictac que nunca para y la casa de pasillos idénticos se cruzan con Hoy salí a caminar, poema de guianocturno sobre alguien que sale a ver si el mundo todavía nota su existencia.

Contenido de la publicación

El sonido de las cosas que no existen

Tic-tac.

Tic-tac.

Tic-tac.

Durante un tiempo, intenté contar los segundos. Después, los minutos. Finalmente, dejé de intentarlo. No porque hubiera perdido la paciencia, sino porque empecé a sospechar que el reloj se divertía cambiando la duración de cada uno.

No tenía ventanas. No tenía puertas. No tenía nada que indicara que el mundo seguía existiendo al otro lado de aquellas paredes blancas.

Solo estaba yo.

Y el reloj.

Ya no recordaba la última vez que había visto el sol. Tampoco recordaba con exactitud cuánto tiempo llevaba allí. Podrían haber sido días, meses o incluso años. No tenía manera de saberlo.

Lo único que sabía era que el tictac nunca se detenía.

Hasta aquella noche.

Me despertó una luz roja que inundaba la habitación. No era una luz cálida ni tenue. Era intensa, casi dolorosa, como si alguien hubiera colocado un pedazo de infierno detrás del cristal del reloj.

Me quedé mirándola.

No sé por qué.

Quizá esperaba que sucediera algo. Quizá estaba demasiado cansado para apartar la vista. O quizá, después de tanto tiempo encerrado, mi cerebro había decidido que contemplar una luz roja era una actividad perfectamente razonable.

Durante más de una hora, aquella luz permaneció encendida.

Entonces se apagó.

Y el tictac regresó.

No voy a fingir que reaccioné con valentía. Grité. Insulté al reloj. Insulté a la habitación. Insulté a cualquier deidad que pudiera estar observándome y, por si acaso, también a las que no.

Después lo golpeé.

Una vez.

Dos.

La tercera vez, el cristal estalló.

Los fragmentos salieron despedidos por el aire y sentí un dolor agudo en la mano. Cuando la levanté, vi sangre entre mis dedos.

Fue lo último que recuerdo de aquella habitación.

Cuando desperté, el reloj había desaparecido.

Por desgracia, yo no.

Estaba tendido sobre un suelo de madera en medio de una casa gigantesca. El techo se perdía en la oscuridad y los pasillos se extendían en varias direcciones, como si alguien hubiera construido aquella casa sin tener la menor idea de cuándo detenerse.

Me incorporé lentamente.

—Bueno —murmuré—. Al menos han mejorado la decoración.

Mi voz resonó por el pasillo.

Y luego volvió a resonar.

Y otra vez.

La última repetición llegó unos segundos después de que yo hubiera dejado de hablar.

Me quedé quieto.

—Qué bonito. Ahora hasta mi voz tiene problemas para dejarme en paz.

Esperé.

No hubo respuesta.

Comencé a caminar.

Las habitaciones eran idénticas. Las mismas paredes, las mismas lámparas, los mismos muebles colocados en los mismos lugares. En una de ellas encontré un vaso sobre una mesa. En otra, exactamente el mismo vaso, con una pequeña grieta en el borde.

En la siguiente, el vaso estaba intacto.

En la cuarta, no había mesa.

En la quinta, encontré el mismo vaso agrietado.

Decidí dejar de investigar. No porque tuviera miedo, por supuesto. Simplemente había aprendido que algunas preguntas no merecen respuesta cuando la alternativa es descubrir algo que preferirías no haber descubierto.

Fue entonces cuando encontré el sótano.

La puerta estaba entreabierta.

Desde el interior llegaba un olor a humedad y algo más que no conseguí identificar. Me acerqué y empujé la puerta con cuidado.

Las escaleras descendían mucho más de lo que deberían.

Muchísimo más.

No podía ver el fondo.

En mi defensa, debo decir que mi sentido común nunca había sido especialmente brillante. Así que bajé.

El sótano estaba lleno de estanterías vacías, cajas cubiertas de polvo y periódicos viejos. Algunos tenían fechas que no reconocí. Otros estaban escritos en idiomas que no sabía leer.

En una pared había marcas.

Pequeñas líneas verticales, agrupadas de cinco en cinco.

Había cientos.

No, miles.

Me acerqué a una de ellas y pasé los dedos por encima. La madera estaba arañada profundamente, como si alguien hubiera utilizado un objeto afilado para hacer cada marca.

Debajo del último grupo había una frase escrita con letras torcidas.

Cap 2 NO CUENTES LOS TICTACS.

Me aparté de inmediato.

—Perfecto —susurré—. Ahora hasta los relojes tienen reglas.

Entonces escuché un grito.

El sonido descendió por las escaleras y se extendió por el sótano hasta que pareció venir de todas partes.

Era el grito de una chica.

Y, por alguna razón, tuve la horrible impresión de que no era la primera vez que lo escuchaba.

Busqué algo con lo que defenderme. Encontré una escoba, una linterna y una mochila que, por alguna razón, parecía tener capacidad suficiente para guardar objetos mucho más grandes que ella.

No pienso cuestionar la lógica de aquella mochila. Tenía problemas más importantes.

Metí las cosas dentro y me escondí detrás de unas cajas.

Esperé.

No sé cuánto tiempo pasó. En aquel lugar, el tiempo era una sugerencia, no una medida.

Cuando el hambre empezó a resultar más molesta que el miedo, decidí salir….

Subí las escaleras y recorrí los pasillos hasta encontrar una puerta roja.

Era la única puerta de aquel color.

No tenía pomo, cerradura ni bisagras visibles. La superficie parecía completamente lisa, excepto por unas marcas finísimas que formaban algo parecido a un círculo.

Intenté abrirla.

La empujé.

La golpeé.

Busqué alguna abertura.

Incluso probé a darle una patada.

Nada.

—Estupendo —dije, apoyando la frente contra la puerta—. He sobrevivido a una habitación infernal para morir frente a una puerta que no sabe hacer su único trabajo.

Entonces lo escuché.

Tic-tac.

Me aparté de golpe.

El sonido no venía de detrás de la puerta.

Venía de mi cabeza.

Cerré los ojos y me tapé los oídos. No sirvió de nada.

Tic-tac.

Tic-tac.

Tic-tac.

Y, entre los golpes, escuché una voz.

Una voz de mujer.

No entendí lo que decía, pero sonaba como si estuviera muy lejos. Como si hablara desde el otro extremo de un túnel interminable.

La seguí.

Naturalmente.

Porque, al parecer, la supervivencia y yo teníamos ideas muy diferentes sobre lo que significaba tomar buenas decisiones.

La encontré al final de un pasillo.

Era una chica de aspecto cansado, con una expresión que dejaba claro que llevaba demasiado tiempo soportando algo que no le gustaba.

Me miró de arriba abajo.

—¿Quién eres?

—Alguien que empieza a pensar que debería haberme quedado en la cama.

—¿Qué cama?

—Buena pregunta. Si encuentras una, avísame.

No sonrió.

Qué público tan difícil.

Me dijo que se llamaba Era.

No recuerdo demasiados detalles de su aspecto. En aquel momento estaba demasiado ocupado intentando averiguar si era una persona real o una alucinación especialmente desagradable.

Era parecía inteligente. Demasiado inteligente para estar allí por accidente.

También era sarcástica, aunque todavía no había tenido tiempo de demostrarle que yo podía ser bastante peor.

Le pregunté dónde estábamos.

—En una casa.

—Gracias. Mi capacidad para reconocer paredes y techos acaba de mejorar considerablemente.

Me ignoró.

Le pregunté cómo había llegado allí.

No respondió.

Le pregunté cuánto tiempo llevaba encerrada.

Tampoco respondió.

Le pregunté si sabía dónde estaba la salida.

Entonces me miró directamente a los ojos.

—Si sigues haciendo preguntas, voy a dejarte aquí.

—Perfecto. Por fin alguien que entiende mis necesidades emocionales.

Era suspiró.

Creo que fue en ese momento cuando decidió que yo era un problema.

No puedo culparla. Yo también habría llegado a esa conclusión.

Pasó aproximadamente una hora antes de que un sonido agudo atravesara los pasillos.

No se parecía a ningún ruido que hubiera escuchado antes. Era tan intenso que sentí una presión dolorosa en los oídos.

Era me agarró del brazo y me tapó la boca.

Me arrastró hasta un ropero.

No pregunté de dónde había salido. Ya había decidido que aquella casa funcionaba con una lógica propia y que discutir con ella era una pérdida de tiempo.

Nos escondimos en la oscuridad.

El sonido se detuvo.

Entonces escuché pasos.

Lentos.

Irregulares.

Algo caminaba por el pasillo.

No podía verlo, pero cada vez que daba un paso, el suelo crujía como si soportara un peso imposible.

Era me apretó el brazo.

No respiré.

Los pasos se detuvieron frente al ropero.

Algo rozó la puerta desde el otro lado.

Después escuché un sonido parecido a una respiración.

Una respiración profunda, húmeda, que parecía provenir de una garganta demasiado grande.

Y entonces, desde el interior del ropero, justo detrás de mi oído, alguien susurró:

—Te encontré.

Me giré tan rápido que casi me golpeé la cabeza.

No había nadie detrás de mí.

Cuando volví a mirar hacia Era, ella tenía los ojos cerrados y movía los labios sin emitir sonido.

Contaba.

Uno.

Dos.

Tres.

Los pasos se alejaron.

Solo cuando el silencio regresó, Era abrió los ojos.

—Tenemos que irnos —susurró.

—¿De aquí?

Me miró con una expresión inexpresiva.

—No. De vacaciones.

—Bien. Veo que compartimos el mismo sentido del humor.

No volvió a hablar hasta que llegamos a la puerta roja.

Era comenzó a buscar algo entre los muebles cercanos. Yo, por mi parte, decidí observar la puerta.

No porque fuera especialmente interesante.

Simplemente me daba flojera buscar.

Fue entonces cuando noté algo extraño en la superficie roja. Bajo la pintura había unas líneas que formaban una pequeña llave.

La rasqué con las uñas.

La pintura se desprendió con facilidad y, debajo, apareció una llave metálica.

—La encontré.

Era se volvió hacia mí.

—¿Dónde estaba?

Le mostré la puerta.

—En la puerta.

Me observó durante varios segundos.

—¿Estabas mirando la puerta todo este tiempo?

—Sí.

—¿Mientras yo buscaba por todas partes?

—También.

Cerró los ojos.

—Eres insoportable.

—Y, sin embargo, aquí estamos.

Antes de abrir la puerta, le dije que tenía hambre.

Era sacó una manzana de su mochila y me la lanzó.

La atrapé.

—¿Una manzana? ¿Eso es todo?

—Puedo quitártela.

Me la comí.

Después le pregunté por el sonido agudo y por la cosa que había caminado frente al ropero.

Su expresión cambió.

—No vuelvas a hablar de eso en voz alta.

—¿Por qué?

—Porque podría escucharte.

Miré a mi alrededor.

—¿Y qué podría hacer? ¿Venir hasta aquí?

Era no respondió.

Aquello me preocupó bastante más que cualquier explicación.

Se llevó una mano al cuello y sacó una cadena que hasta entonces no había visto. De ella colgaba una pequeña llave oscura.

—Hay algo que debes saber —dijo—. Se llama R.

Me habló de una criatura hecha de sombras. Una cosa que se alimentaba de todo lo vivo: plantas, animales, personas.

—¿Y cómo se supone que debemos evitarla?

—No la atraigas.

—Claro. Porque las criaturas devoradoras de vida suelen respetar mucho las buenas intenciones.

Era me miró con cansancio.

—No sabes nada de este lugar.

—Eso es verdad. Pero estoy aprendiendo muchísimo sobre lo poco que me gusta.

La puerta roja comenzó a vibrar.

No hizo ruido al moverse. Simplemente tembló, como si algo al otro lado estuviera presionando contra ella.o

Era introdujo la llave oscura en la cerradura que acababa de aparecer.

Yo no recordaba que hubiera una cerradura antes.

Ella tampoco parecía sorprendida.

La puerta se abrió.

Al otro lado había una luz blanca tan intensa que no pude distinguir lo que había detrás.

—¿Lista? —pregunté.

—No.

—Excelente. Yo tampoco.

Entramos.

La puerta se cerró a nuestras espaldas.

Y la luz desapareció.

La oscuridad era absoluta.

Extendí las manos, pero no encontré nada. Ni paredes, ni suelo, ni siquiera el borde de la puerta por la que acabábamos de entrar.

Entonces escuché la voz de Era.

—No te muevas.

Por primera vez desde que la había conocido, no hice ningún comentario.

Algo brilló a mi izquierda.

Un espejo.

Después apareció otro.

Y otro.

En cuestión de segundos, descubrí que estábamos rodeados de espejos. Sus superficies reflejaban una oscuridad que parecía más profunda que la habitación misma.

Me acerqué a uno.

Mi reflejo estaba allí.

Pero no se movía.

Levanté la mano.

Él no lo hizo.

Retrocedí.

Mi reflejo sonrió.

Yo no.

—Era...

No terminé la frase.

Ella ya estaba frente a otro espejo.

—No lo toques —le advertí.

Naturalmente, lo tocó.

Su mano atravesó la superficie como si el cristal fuera agua.

—Era, tengo que reconocer que tu talento para ignorar las advertencias es impresionante.

Entonces algo la agarró desde el otro lado.

Era gritó.

La sujeté de la muñeca y tiré con todas mis fuerzas. Sentí que algo tiraba de ella desde el interior del espejo, algo que no podía ver y que parecía tener una fuerza imposible.

—¡Suéltame! —gritó Era.

—¡Esa era mi idea!

Mis manos resbalaron.

La fuerza aumentó.

Y, finalmente, el espejo nos tragó a los dos.

Caí sobre una alfombra.

Me quedé tendido durante unos segundos, esperando que el suelo decidiera si quería seguir siendo sólido.

La habitación era pequeña, con paredes blancas y un único espejo. No había ventanas ni puertas visibles.

Me incorporé.

—Bueno. Al menos esta vez no he despertado en una casa que parece diseñada por un arquitecto con problemas personales.

Era no respondió.

Estaba mirando el espejo.

Me acerqué a ella.

La superficie reflejaba la habitación vacía.

No nos reflejaba a nosotros.

—¿Eso es normal? —pregunté.

—No.

—Me alegra que estemos de acuerdo.

Intentamos encontrar una salida, pero no había ninguna. Golpeamos las paredes, examinamos las esquinas y buscamos cualquier mecanismo oculto.

Nada.

Después de un rato, recordé la escoba.

No me preguntes por qué.

La saqué de la mochila y observé las paredes.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Era.

—Una evaluación arquitectónica.

Levanté la escoba y golpeé la pared.

Una vez.

Dos.

A la tercera, el yeso se agrietó.

Era me miró como si acabara de confirmar todas sus sospechas sobre mí.

Continué golpeando hasta que una parte de la pared se derrumbó.

Y detrás de ella vi luz.

Luz de verdad.

Luz solar.

Me quedé inmóvil.

No era blanca ni roja. Era dorada, cálida, imperfecta. La luz del sol iluminaba las hojas de los árboles y dibujaba sombras sobre el suelo.

Por primera vez en mucho tiempo, respiré sin sentir que el aire me pertenecía a medias.

Atravesé el agujero.

Era salió detrás de mí.

Estábamos en un jardín.

Había un huerto, un jardín de rosas, una fuente y un patio cubierto de vegetación. Una casa enorme se alzaba al fondo, parcialmente cubierta por enredaderas.

El aire olía a tierra húmeda y flores.

Cerré los ojos.

—Si esto es otra ilusión, voy a presentar una queja formal.

Era no respondió.

Cuando abrí los ojos, ella estaba mirando hacia la casa.

Su expresión había cambiado.

—Tenemos que escondernos.

—¿Por qué?

Me empujó detrás de un arbusto antes de que pudiera terminar la pregunta.

Entonces la vi.

R.

No sabría explicar qué aspecto tenía. Era una figura oscura, pero no como una sombra proyectada por el sol. Parecía hecha de una oscuridad más densa que el propio aire, una silueta que deformaba lo que la rodeaba.

No tenía un rostro que pudiera distinguir.

Aun así, tuve la certeza de que estaba mirando a alguien.

Una persona se encontraba frente a ella.

No pude escuchar lo que dijo.

R se movió.

Y, en cuestión de instantes, la persona desapareció.

No cayó al suelo.

No dejó nada detrás.

Simplemente dejó de estar allí.

Me quedé mirando el espacio vacío.

Esperé que las plantas se marchitaran, que las flores perdieran sus pétalos o que la hierba se volviera gris.

Pero no ocurrió nada.

El jardín siguió siendo hermoso.

Demasiado hermoso.

Era me agarró del brazo cuando intenté levantarme.

—No te muevas —susurró.

Por una vez, no discutí.

Esperamos hasta que R se alejó y desapareció entre los árboles.

Entonces salimos de detrás del arbusto.

El lugar donde había estado la persona estaba completamente vacío.

Ni ropa.

Ni huellas.

Ni una sola señal de que alguien hubiera existido allí.

Me agaché y toqué la hierba.

Seguía húmeda.

Seguía verde.

—Me dijiste que R se alimentaba de todo lo vivo —susurré.

Era asintió.

—Entonces, ¿por qué las plantas siguen vivas?

Ella tardó demasiado en responder.

—No lo sé.

La miré.

Era podía mentir. Podía ocultarme cosas. Podía responder a mis preguntas con sarcasmo hasta que me arrepintiera de haber nacido.

Pero aquella vez parecía realmente asustada.

Me levanté y observé la casa.

En una de las ventanas había alguien.

Una silueta inmóvil detrás del cristal.

Pensé que sería Era, hasta que miré a mi lado y comprobé que seguía allí.

La figura levantó lentamente una mano.

Yo no me moví.

La figura tampoco.

Entonces, detrás de nosotros, escuché un sonido que llevaba demasiado tiempo intentando olvidar.

Tic-tac.

Era palideció.

—No —susurró.

El sonido volvió a repetirse.

Tic-tac.

Tic-tac.

Miré hacia la casa.

La silueta ya no estaba en la ventana.

En su lugar había una luz roja.

La misma luz que había visto en aquella habitación blanca.

La misma que había permanecido encendida durante más de una hora.

Y entonces comprendí algo.

No habíamos escapado de la habitación.

Ni de la casa.

Ni siquiera del reloj.

Solo habíamos encontrado otro lugar donde seguir atrapados.

—Era —dije lentamente—, creo que tengo una pregunta.

Ella cerró los ojos.

—Como sea que se llame esa pregunta, la respuesta es no.

Miré la luz roja.

El tictac se volvió más rápido.

—¿Qué pasa si R no es lo que nos está persiguiendo?

Era dejó de respirar durante un instante.

Y, desde algún lugar bajo nuestros pies, algo golpeó tres veces.

Toc.

Toc.

Toc.

Después, una voz que sonaba exactamente como la mía susurró desde el interior de la tierra:

—Por fin los encontré.

Thoughts

  • lexachester

    siento que el ambiente se parece tanto a ( Dreamcore, Weirdcore, ) El espacio liminal una estética de internet centrada en representaciones de entornos construidos , especialmente lugares asociados con el tránsito o el uso temporal. En tales imágenes, la ausencia de personas, actividad o contexto normalmente esperados en un entorno puede hacer que lugares familiares parezcan extraños o surrealistas y pueden evocar nostalgia , tristeza, comodidad o inquietud. esta muy fina tu historia.

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  • lexachester

    esto esta muy interesante, te mantiene en suspenso, no sabes que sera lo próximo y eso es intrigante.

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  • Wenceslao

    El título me prometió el ruido de cosas que no existen, y el reloj ya está roto cuando el tictac le vuelve a sonar en la cabeza. Ahicito entendí el título, chango.

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  • Ludovico

    Ese tictac que nunca para y la casa de pasillos idénticos se cruzan con Hoy salí a caminar, poema de guianocturno sobre alguien que sale a ver si el mundo todavía nota su existencia.

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  • memito

    La chama se llama Era, pana. Cada vez que leo que Era lo miró me sale en pasado, y en una casa sin tiempo eso es burda de nombre.

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  • carpincho3

    Las marcas de cinco en cinco del sótano y el NO CUENTES LOS TICTACS escrito abajo, y después Era en el ropero contando uno, dos, tres con los labios para que la cosa se vaya. Para mí las marcas las hizo ella, po, en otra vuelta, y aprendió a la mala que contar sirve para una cosa y es peligroso para otra. Por eso no le contesta nada al prota.

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  • Ovid

    El reflejo que sonríe cuando él no sonríe y después la voz igual a la suya bajo la tierra me suenan a que lo que los persigue es él mismo, de otra vuelta por esa casa. Apuesto a que Era lo conoce de antes y por eso no responde nada de lo que él pregunta. Me quedé con ganas de saber qué hay detrás de esa ventana.

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