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Querido diario, hoy nuevamente amaneció lloviendo.

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Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Ese pajarito que te contesta que su libertad también tiene inconvenientes me hizo pensar que uno siempre le envidia la vida al que tiene enfrente, y que el pajarito te envidia el chocolate. Apuesto a que este domingo lo repites, sin celular ni documentos,

Ese pajarito que te contesta que su libertad también tiene inconvenientes me hizo pensar que uno siempre le envidia la vida al que tiene enfrente, y que el pajarito te envidia el chocolate. Apuesto a que este domingo lo repites, sin celular ni documentos, y que el vecino sigue ahí. Gracias por dejarlo aquí!

Contenido de la publicación

¿Lo raro? Es que ya lo sabía. Ya sabía que amanecería lloviendo, ya sabía que el día iba a estar gris, pese a que había un sol que encandilaba el día. Pero un día soleado no significa un día lindo ni coloreado; todo lo contrario, mi día ya sabía cómo iba a terminar apenas comenzando...

Por eso mismo, ese día decidí tomarlo diferente al resto de los días. Decidí salir de casa ese domingo por la mañana, dejando a mi esposa descansando tan cálidamente en la cama. Dejé el celular y mis documentos sobre el escritorio. Apenas llevaba una camisa de tela azul marino con un corbatín en el cuello y un pantalón negro, con bolsillos abiertos y un acabado nuevo.

Una vez salí, decidí ir hacia la tienda en busca de mi desayuno diario. Cuando cerré el portón de mi casa, saludé al vecino como cosa de todos los días. Él me devolvió el saludo tan cordialmente como siempre, mientras yo pensaba si su amabilidad era un trato cordial de corazón o solamente un protocolo de moralidad autoimpuesto para no quedar mal consigo mismo.

También saludé a mis mascotas, que, con mucha euforia y alegría, siempre me esperaban en la entrada del portón para saltar sobre mi pecho con las dos patas. Les acaricié la cabeza con tanta incredulidad hacia lo que hacía, que me replanteé si merecía en verdad el amor tan lindo que me brindaban. Aun así, por dentro los quería como nunca podría amar a un ser vivo.

Caminando hacia la tienda, vi pasar a una pareja felizmente riéndose y a las carcajadas, mientras recordaba que había dejado a mi esposa descansando...

Sorprendentemente, me gustaría ser ellos.

—Qué envidia —me dijo mi voz interior.

No era el hecho de tener pareja. Era el recuerdo de los bellos momentos que son intransferibles entre otros; esos momentos en los que me replanteaba si de verdad nos amábamos o si solo éramos una triste conexión neuronal establecida hace cientos de miles de años para sobrevivir, haciendo efecto hoy en día para prevalecer unidos.

Sea lo que sea, mi yo interior decía que ya se había esforzado todos los días por hacer que eso fuera lo más puro de mi corazón, y no parecía bastar.

Mientras seguía caminando hacia la tienda, veía que las personas tenían su monotonía instaurada en su ser: estudiar, trabajar, reuniones, responsabilidades, horarios.

¿No era suficiente tortura existir bajo la premisa de conseguir una vida exitosa y donde constantemente debías sobresalir para ser "alguien"?

Pero por un día, por un día ya no iba a preocuparme más por eso...

Decidí dejar de interponerme en mi futuro y pensar en mi presente.

¿Alguien de verdad me quiere?

¿De verdad alguien puede pensar que yo soy especial?

¿Qué tengo de diferente yo que no tenga el noventa y nueve por ciento del resto de las personas en el mundo?

Tal vez era un concepto que debía pulir mejor, pero mi yo interior, desde chiquito, siempre me estuvo diciendo que yo, por algún motivo cósmico imposible de descifrar, era el elegido, que era diferente al resto...

Tal vez era un pensamiento de engreído en una mente tan perturbada por los motivos más genéricos de esta sociedad. O tal vez era el pensamiento de alguien muy tonto e ingenuo.

Sea cual fuera, por una vez decidí que ese sentimiento no me afectara.

Si alguien pensaba extrañarme, no me iba a inmutar. Una consciencia solo puede extrañar a alguien y preocuparse siendo consciente, pero la inconsciencia genera el resultado opuesto: una inoperancia total de las capacidades motoras del ser humano.

Entonces, ¿para qué preocuparme?

¿Qué sentido tenía pensar en el después?

Ni el mejor psicólogo ni el mejor psiquiatra lograrían entender mi mente en este punto de mi vida. Además, ellos juzgan guiándose por el mismo sistema del que vengo. No tiene sentido buscar la cura arrancándome los dientes.

En todo eso iba pensando hasta que llegué a la tienda, impresionado por lo rápido que había pasado el tiempo en mi mente y por todo lo que había caminado. Un recorrido de cuarenta minutos de caminata sentí que pasó en quince.

¿Este es el famoso desfase temporal?

¿O el famoso dicho de Albert Einstein de que la velocidad del tiempo es relativa?

Una vez entré a la tienda, saludé a la señora de aproximadamente cuarenta años que tan alegremente me recibió. Yo le devolví la sonrisa con el saludo, una sonrisa tan real como parecía, dando a entender que todo estaba bien.

Me preguntó qué pensaba llevar.

Por un momento me quedé pensando.

¿Qué llevaría la persona que quiere ser feliz?

Quizás un coche de lujo.

Quizás una vida exitosa.

¿Quizás fama?

Pero, después de pasar tantas atrocidades, sabes que la felicidad nunca viene de ahí...

La felicidad viene de los momentos que son irrepetibles.

Ese mimo a mi mascota antes de irme.

Ese beso en el cachete a mi esposa, que sé que no volverá a suceder.

Ese último saludo a mi vecino.

Así que le dije a la señora, que tan confundida esperaba mi respuesta. Con la voz entrecortada, le dije:

—Deme un chocolate.

Poniendo una cara feliz nuevamente, me preguntó:

—¿Un chocolate, joven? De acuerdo.

No era la decisión más lógica caminar tanto para solo llevarme un chocolate, pero no era el chocolate.

Era la indiferencia.

No importaba qué hubiese pedido. Lo que en verdad quería recibir era un momento de reflexión, pero recordé que esa misma señora estaba embullida en el mismo sistema que me rodeaba fuera a donde fuera.

A veces, con quien más hablaba no era con un ser humano.

Era con ese pajarito que me miraba desde lejos, posiblemente intrigado sobre mis capacidades humanas, pero yo estaba tan intrigado sobre las suyas...

¿Qué se sentirá ser libre?

¿Qué se sentirá no tener responsabilidades sobre tu vida?

Elegir hoy estar acá y mañana allá.

Deseando poder ser él, a veces me decía que su libertad estaba llena de inconvenientes. Tenía que cazar insectos para alimentar a sus pichones, estar atento a no ser devorado por un depredador y, angustiado, me decía que yo no le temía a nada...

No era verdad.

Yo le temía a mi futuro.

Le temía a la gente que me rodeaba.

Temía no saber si sus intenciones de verdad prevalecerían hasta el fin de sus existencias o si querían mentirme descaradamente para poder utilizarme.

No había nadie con ese pensamiento.

A veces, por eso mismo, me replanteaba que era diferente al resto.

Pero ¿de verdad era diferente?

No.

Entre tantos, tenían que existir muchos como yo. Muchos como yo que ya murieron y muchos como yo que todavía no nacieron.

Soy uno más del montón.

Esa monotonía me hacía caer en la fría realidad de mi vida.

Por más tiempo que pasara, nada cambiaría. Y, si prevalecía acá, era cuestión de tiempo para no ser más que polvo espacial, entre todas mis anteriores versiones y yo, la versión de alguien más...

Por eso, con la soga entre el cuello, y ojalá siendo metafóricamente, mis pensamientos quedarían flotando en mi cabeza, intentando encontrar la solución que no pude encontrar a lo largo de tantos años en cuestión de segundos.

Y mis pies, saltando de la emoción, sin entender qué estaba pasando, ya no podían caminar.

Pero no pasa nada.

Nunca pasó nada.

Al fin y al cabo, hoy amaneció lloviendo otra vez...

Thoughts

  • rellenoPuro

    Nueve minutos me tomó en la comida, y los cuarenta que se te hicieron quince fue lo que más real me sonó. A mí me pasa al revés, sale.

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  • GasparLeon

    ¡Al pajarito que contesta que su libertad también tiene inconvenientes le creo todo! Me gustó mucho ese pedazo: nadie se libra de la lista.

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  • EmilioPrats

    Me fui a mi cocina con el beso en el cachete al salir. En casa ese beso se dio cuarenta y tantos años sin pensarlo, un gesto de puerta, y desde que no hay a quien dárselo me acuerdo de él más que de cualquier conversación seria que tuvimos. Xe, lo que uno hace sin mirarlo es lo que después pesa.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Uf, ese chocolate.

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  • renglontorcido

    Esto salió de un jalón, apuesto, sin parar a releerlo: acaba en la misma lluvia con la que arranca y eso no se planea, se te escapa. Si me equivoco, no manches, avísame.

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  • tintaDeMartes

    Que el vecino salude por protocolo no me lo creo, y menos lo de rgaray de que capaz ni él sabe. Uno deja de saludar a quien no le importa. Dos amigas mías se irían con la versión fría y ahí nos quedaríamos media hora.

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  • IreneCalvo

    Los cuarenta minutos que se te fueron en quince son lo que más me llevo, porque en ese hueco cabe todo lo que va antes del chocolate: el vecino, los perros, la pareja riéndose. Leo mucho de gente contando un domingo cualquiera así, sin arreglarlo, y casi nadie apunta cuánto le duró el camino. ¿Tienes más textos sobre esas caminatas de domingo a la tienda?

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  • rgaray4116

    En mi recorrido hay un señor que hace veinte años me saluda con la misma frase y el mismo gesto. Nunca supe si me quería bien o si era costumbre. Lo del vecino tuyo me lo trajo de vuelta: capaz que él tampoco sabe.

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  • Ovid

    Ese pajarito que te contesta que su libertad también tiene inconvenientes me hizo pensar que uno siempre le envidia la vida al que tiene enfrente, y que el pajarito te envidia el chocolate. Apuesto a que este domingo lo repites, sin celular ni documentos, y que el vecino sigue ahí. Gracias por dejarlo aquí!

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  • Amortes22

    Siento que la vida se repite sin alguna chispa que saque la monotonía. Por eso siento que llueve cuando el sol está radiante....

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