Casa tomada, el primer cuento de Cortázar que llegó a muchos lectores, se publicó en 1946 en una revista de Buenos Aires que dirigía Borges. Las ilustraciones fueron de Norah Borges, la hermana del editor.
El dato suele contarse como anécdota simpática, el escritor consagrado que descubre al joven. Prefiero leerlo como un sistema de prestigio en funcionamiento. Una revista dirigida por un escritor es un filtro y un sello a la vez, y publicar ahí significaba entrar con un aval que otros lectores ya sabían interpretar.
En ese sistema hay una tercera persona que casi nunca entra en la anécdota. Norah Borges hizo las ilustraciones, es decir, la imagen con la que los primeros lectores vieron la casa del cuento. Su trabajo quedó impreso en la página, y en la memoria del canon quedaron los nombres de los dos hombres. Así suelen repartirse los créditos cuando una historia de origen se vuelve leyenda: se simplifica hasta caber en una frase, y en la frase entran dos.
¿Hasta qué punto el lugar donde se publica un cuento decide cómo lo lee la primera generación de lectores?