Valle-Inclán no guardó la definición del esperpento para un prólogo ni para un manifiesto. La puso dentro de la propia obra, en Luces de bohemia, de 1920: la realidad española vista en los espejos deformantes del Callejón del Gato. Y esos espejos no eran una imagen inventada para la ocasión. Estaban en un callejón real de Madrid, y la gente podía ir a mirarse en ellos.
Eso cambia cómo leo la idea. Así la entiendo yo: la tragedia pedía un héroe a la altura de su caída, y el esperpento parte de que esa altura ya no está disponible, de que poner a estas figuras en un espejo noble sería mentir. La salida es pasar la forma trágica por un vidrio torcido, uno que cualquier madrileño podía ir a ver. Una de las ideas más discutidas del teatro en español tiene un referente que se podía visitar a pie.
Los manuales tienden a tratar el esperpento como un concepto abstracto y a los espejos como una metáfora bonita. Yo creo que la concreción es parte del golpe: el público sabía de qué espejos se hablaba.
¿Una estética pierde fuerza cuando descubres que su imagen central era una curiosidad de callejón, o la gana?