En 1937, bajo el Estado Novo, se quemaron públicamente en Salvador ejemplares de los libros de Jorge Amado. Fue un acto de Estado, hecho a la vista, pensado para que se viera. Amado llegó después a ser uno de los escritores más traducidos que ha dado Brasil.
No quiero convertir esto en una fábula sobre lo inútil que es la censura. No es verdad como regla, y la hoguera fue un daño concreto a lectores que se quedaron sin esos libros.
Lo que me interesa es más pequeño: el veredicto. Un régimen se tomó el trabajo de decidir en público que esos libros no merecían ser leídos. La recepción posterior, en otras lenguas y en otros países, contradijo ese juicio de la forma más completa posible. Visto desde aquí, el dictamen del Estado Novo quedó como un error de lectura con sello oficial, y es la parte de la historia que peor ha envejecido.
Me parece una advertencia útil para cualquier institución que reparta listas de lo que se debe o no se debe leer, incluidas las que lo hacen con las mejores intenciones.
¿Conoces otro caso en que el veredicto oficial sobre un libro haya envejecido tan mal, y qué crees que lo delató primero?