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Profundo Rio Carmín Parte 7

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Ella se compra el vestido de garçonne para un hombre que le enseña solo la mitad: los poemas que de verdad ama los escribe a escondidas. Para mí el río carmín nace en esa mitad escondida, y el bar es lo último que tienen antes de saberlo.

Ella se compra el vestido de garçonne para un hombre que le enseña solo la mitad: los poemas que de verdad ama los escribe a escondidas. Para mí el río carmín nace en esa mitad escondida, y el bar es lo último que tienen antes de saberlo.

Contenido de la publicación

En la tercera cita la invite a un bar parisino. Ella se había comprado ropa exclusiva para ese día; cuando fue a la boutique con una colega del teatro con la que empezó a salir más frecuentemente, esta la llevó a la tienda más vanguardista de la ciudad. En ese momento histórico, la moda de las hermosas parisinas era el estilo flapper o, como les decían en Francia, “Garçonnes” (como chico): mujeres rebeldes de faldas escandalosamente cortas para la época, con guantes de vedette y blusas o vestidos ajustados que remarcaban las curvas femeninas, adornados con pedrería o perlas de forma similar a las bailarinas de los clubes nocturnos.

Emocionada por su cita, días anteriores fue a la estética a cortarse el cabello al estilo Bob cut o, como decían en Francia, “Garçonne”. El corte, que era popular entre las jovencitas, lo complementó con un sombrero cloche. Se maquilló excesivamente, aunque el maquillaje la hacía lucir más joven: se puso un hermoso labial rojo pasión y se delineó las cejas muy delgadas. Aunque la moda contemporánea buscaba masculinizar a la mujer para reafirmar su papel social como un par protagónico con el hombre, en ella ese estilo lucía elegante, femenino y sofisticado; le daba un aire de sensualidad vanguardista. Lejos de masculinizarla, sus rasgos faciales la hacían ver angelicalmente resplandeciente, confundiéndola fácilmente con la actriz emergente del cine mudo Louise Brooks.

Sin embargo, Rachel era un caso extraño. Con sus amigos del teatro podía ser una rebelde, malhablada y traviesa; pero con el hombre del que se enamoraba se comportaba más tímida, gentil y femenina. Verla era como asistir al nacimiento de una flor que rompe su botón por primera vez, lanzando una mirada de deseo: “Estoy aquí, Antoan, soy tuya, poséeme en tus manos y róbame el suspiro en un beso”. Cuando no estaba con un hombre fumaba demasiado, pero cuando estaba con su pareja, y más con el hombre que amaba profundamente, no tocaba ningún cigarrillo; se comportaba como una hermosa niña. Si sus amigos o sus padres la vieran, dudarían rotundamente que fuese la Rachel traviesa que ellos conocían. Realmente no pretendía engañar con esa actitud: ella amaba ser amada. Para ella, el amor significaba cortejo, cariño, admiración, protección y un desborde de pasiones.

Ese día él pasó por ella al teatro. Habían estrenado La fierecilla domada, obra en la cual Rachel interpretaba el papel principal. Orgullosa, le había dicho que fuera a verla, pero ese día, por desgracia, él no pudo asistir debido a su trabajo. Sin embargo, le llevó un hermoso ramo de flores como felicitación por conseguir ese gran papel. La tomó del brazo, adornado con unos hermosos guantes de terciopelo blanco. Ella bajó la mirada para observarlo y, con los ojos, le dijo: “Llévame a conocer tu mundo entero”. Como ninguno de los dos hablaba el idioma del otro, lo único que se decían era: “Te extrañé”, “Te amo”, “Eres todo para mí”. El amor todavía era joven y palpitaba intensamente en el ambiente.

Antoan la miró a los ojos y le dijo: “Bel ange, tu as l'air délicieusement exquise” (Bella ángel, luces deliciosamente exquisita). Era la segunda o tercera vez que le escuchaba decir eso. La primera vez necesitó de un traductor para que le explicara qué quería decir. Por suerte, cuando se conocieron y alquilaron una habitación en un hotel de la Riviera Francesa, el encargado —un exespía inglés ahora naturalizado francés— fue tan amable de servirles como intérprete. Su primera cita requirió de un chaperón por fortuna, y ese papel lo tuvo que realizar el encargado del hotel, quien fue demasiado gentil. Al ser un hombre que amaba el romance juvenil, les deseó éxito y los invitó a volver a su hotel. Fue una experiencia hermosa, así que esta tercera vez ella supo exactamente qué le dijo Antoan; se ruborizó y esbozó una sonrisa de mejilla a mejilla. En ella se veía el sol resplandecer con su sonrisa juguetona que alegraba tanto a sus pretendientes como a sus amigos.

Esa felicidad la encontró en su pasión por el teatro al igual que Antoan en la suya, aunque jóvenes, habían descubierto una verdad imperante para la vida: no importa el dinero que ganes, lo importante es encontrar la pasión de hacer algo que realmente ames. Él la encontró en la poesía y en ella; ella la encontró en el teatro y en él. Por desgracia, lo descubrieron sin saberlo realmente, así que se dejaron llevar más por la pasión de su juvenil amorío que por la poesía o el teatro, dándole más importancia a su relación que a su trabajo. Ella tomaba cualquier papel que le ofrecían; la suerte era que le daban personajes que resaltaban su belleza, así fuesen papeles cómicos como el de La fierecilla domada. Él, por su parte, escribiría en secreto sus poemas o novelas de las cuales realmente estaba enamorado, pero que ocultaba por miedo a la crítica; los poemas que mostraba al público eran una mera formalidad para parecer un poeta del momento. Ella no sabía nada de eso porque todo estaba oculto en una enmascarada pasión.

El bar estaba cerca del teatro. Por suerte, llegaron todos acaramelados, tomados del brazo y sin dejar de besarse

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    Ella se compra el vestido de garçonne para un hombre que le enseña solo la mitad: los poemas que de verdad ama los escribe a escondidas. Para mí el río carmín nace en esa mitad escondida, y el bar es lo último que tienen antes de saberlo.

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