Hay una frase que entendí de una manera completamente diferente después de vivir ciertas cosas: quien sabe de lo que es capaz, también sabe que los demás pueden ser capaces de cosas que jamás imaginó.
Durante mucho tiempo pensé que desconfiar de alguien significaba tener una mala intuición. Que si algo me hacía sentir incómoda, probablemente había una razón escondida detrás.
Pero después entendí que no siempre se trata de intuición.
A veces se trata de conocerse demasiado bien.
Porque cuando una persona sabe perfectamente de qué manera puede mentir, esconder algo, cambiar una historia o actuar como si nada hubiera pasado, también aprende que no todo el mundo dice la verdad aunque parezca hacerlo.
Y eso puede cambiar la manera en la que empiezas a mirar a los demás.
Yo misma llegué a cuestionar cosas que antes ni siquiera me preocupaban. Empecé a preguntarme si realmente podía confiar, si lo que me estaban diciendo era exactamente así o si simplemente había una parte de la historia que todavía no conocía.
Lo difícil es que vivir así también cansa.
Porque no quiero convertir cada detalle en una sospecha. No quiero analizar cada palabra, buscar dobles intenciones en cada comportamiento ni vivir esperando descubrir algo que quizá ni siquiera existe.
Pero tampoco puedo negar que algunas experiencias te enseñan a mirar diferente.
Y creo que ahí está la diferencia.
No quiero desconfiar de todos porque alguna persona me haya decepcionado. No quiero castigar a quienes llegan después por errores que cometieron otros.
Pero tampoco quiero volver a ignorar lo que siento solamente porque tengo miedo de parecer desconfiada.
Hoy entiendo que confiar no significa cerrar los ojos.
Significa darle a alguien la oportunidad de demostrarte quién es, mientras tú también aprendes a observar sus acciones y no solamente sus palabras.
Porque al final, conocerme también me enseñó algo importante: yo sé que soy capaz de equivocarme, de ocultar cosas, de tomar decisiones que no siempre hablan bien de mí. Y justamente por eso sé que los demás tampoco son perfectos.
Pero también sé que no todas las personas tienen malas intenciones.
Y quizá esa es la parte que todavía estoy aprendiendo: protegerme sin convertirme en alguien que sospecha de todo el mundo.
Porque haber aprendido a desconfiar no debería significar dejar de confiar.
Debería significar aprender a confiar con los ojos abiertos.