Creo que llegaste en una de las circunstancias más difíciles y retadoras que tuve que afrontar. Una enfermedad que se reveló a mis 30 años. Estaba probando un nuevo tratamiento médico, luego de tantos intentos, por fin veía avances.
Poco a poco me iba curando, y tú estabas ahí conmigo. A veces era complejo porque sin querer te contaba mis avances o descubrimientos de cómo poder solucionarlo, pero es que claro, confiaba en tí, eras mi confidente y mi persona favorita.
Recuerdo tantas caminatas, tomarnos de la mano, salidas, bromas, ocurrencias, comidas, confesiones, juegos, tanto y más. Pero más allá de todo, éramos nosotros mismos. Haber coincidido fue algo mágico, como el collage que te hice que decía "our love is pure magic", un poco cursi pero es lo que sentía.
Amaba cómo nos acoplábamos a un plan simple sin tanta elaboración. Como nuestros temas de conversación eran tan variados y no teníamos que forzar nada.
Como una vez fuiste a darme un abrazo, recorriendo tantas calles, solo porque había tenido un mal día.
Nuestros abrazos al despedirnos y no querer irme, la forma en la que me decías mi apodo, los buenos días llenos de entusiasmo.
Escribiría más pero mis manos y corazón no desean rebuscar entre tantos momentos.
Te fuiste como si nada, como si lo nuestro hubiera sido un experimento más.
Que en pocas ocasiones mi ansiedad aparecía como un pequeño monstruo en nuestro chat, pero tú no tenías paciencia para abordarlo y yo no trabajé tanto en gestionarla. Pero, sí, si hay formas... cuando uno ama, ve maneras y planes de resolver con comunicación y comprensión, no suelta de la nada.
Me siento como un árbol cuando se le caen sus hojas en otoño, voy al compás de las hojas...
Ya no tengo más preguntas.