¿Por qué existe la guerra? Quizá porque hemos aprendido a normalizar la violencia. Matamos animales e insectos cuando los consideramos inferiores, creamos armas para cazarlos y después construimos armas cada vez más sofisticadas para matarnos entre nosotros.
La diferencia parece estar solamente en el objetivo: llamamos «arma de caza» a la que mata animales y «arma de guerra» a la que mata humanos. Pero ambas nacen de la misma lógica: convertir la vida en un objetivo que puede ser eliminado.
Maquiavelo, al hablar de la guerra, también describe cómo el saqueo y el robo podían aparecer cuando el conflicto terminaba y los soldados dejaban de recibir financiamiento. Esto permite entender que el dinero puede convertirse en un incentivo para mantener la violencia. Pero, para mí, el dinero no es necesariamente la razón principal de la guerra; puede ser uno de los medios para prolongarla.
La raíz puede estar más atrás: en nuestra manera de relacionarnos con la vida. Si aprendemos desde pequeños que algunas especies pueden ser perseguidas, cazadas, envenenadas o eliminadas porque las consideramos inferiores, ¿qué tan difícil es trasladar esa misma lógica hacia otros seres humanos?
¿Podríamos producir y sobrevivir sin matar animales? ¿Cómo sería nuestra realidad si dejáramos de entender la vida como una jerarquía donde unas especies merecen existir y otras pueden ser eliminadas?
Tal vez el verdadero siglo de la vida comience cuando comprendamos que, así como nosotros necesitamos de otras especies para sobrevivir, otras especies también dependen de nosotros.
Porque quizá la pregunta no sea solamente por qué hacemos la guerra, sino por qué hemos construido una civilización donde matar puede convertirse en alimento, deporte, defensa, negocio o poder.
Y quizá algún día tengamos que recibir de otras formas de vida lo mismo que durante siglos hemos dado: violencia o coexistencia.