¿Por qué nos empeñamos
en hacer complicadas
las emociones más sencillas?
¿Por qué, cuando algo nace
de una manera tan natural,
sentimos la necesidad
de ponerle un nombre,
una explicación
y hasta un límite?
Si quiero a alguien,
¿por qué necesito preguntarme
qué significa quererla?
¿Cuánto debería sentir?
¿Desde cuándo?
¿Hasta dónde?
¿Y qué pasará si un día
ella deja de sentir lo mismo?
Como si el corazón
necesitara instrucciones
para hacer aquello
que siempre supo hacer solo.
Un “te extraño”
debería ser solamente eso:
la ausencia de alguien
haciendo un poco más largo el día.
Pero nosotros lo llenamos de preguntas.
¿Será que también me extraña?
¿Estará pensando en mí?
¿Lo habrá dicho por decir?
¿Qué significa que me haya buscado?
¿Y si estoy sintiendo demasiado?
Y así, poco a poco,
convertimos una emoción
en un problema que resolver.
Tal vez esa sea una de las cosas
más extrañas de ser humanos:
sentimos primero
y comprendemos después,
pero nos da tanto miedo
no comprender
que terminamos desconfiando
de aquello que sentimos.
Queremos saber
antes de vivir.
Queremos certezas
antes de permitirnos querer.
Queremos conocer el final
antes de atrevernos a disfrutar
del capítulo en el que estamos.
Y quizá por eso
nos perdemos tantas cosas.
Porque mientras intentamos descubrir
si algo va a durar,
olvidamos que está ocurriendo.
Mientras pensamos
si alguien se quedará,
dejamos de disfrutar
que hoy está.
Mientras buscamos una definición
para lo que sentimos,
la emoción sigue creciendo
sin pedirnos permiso.
Quizás el cariño
nunca fue complicado.
Quizás fuimos nosotros
quienes aprendimos
a tenerle miedo
a todo aquello que no podemos controlar.
Porque querer a alguien
también significa aceptar
que existe una parte
que nunca podremos conocer.
No podemos entrar
en la cabeza de otra persona
para saber exactamente
qué siente.
No podemos prometer
que nada va a cambiar.
No podemos asegurarnos
de que aquello que hoy nos hace felices
seguirá haciéndolo mañana.
Y tal vez eso sea
lo que más nos asusta:
que sentir de verdad
siempre implica
un poco de incertidumbre.
Pero ¿acaso algo pierde su valor
porque no sea eterno?
Una tarde no deja de ser hermosa
porque termine.
Una canción no deja de emocionarnos
porque llegue a su último acorde.
Un abrazo no vale menos
porque algún día tengamos que soltarlo.
Entonces, ¿por qué creemos
que un sentimiento necesita
prometernos para siempre
para haber sido verdadero?
Quizás no todo lo que sentimos
vino para quedarse.
Quizás algunas personas
llegan para enseñarnos
una forma nueva de querer.
Quizás otras simplemente
nos acompañan durante un tiempo.
Y quizás algunas
se quedan mucho más de lo que imaginamos.
Pero ninguna de esas posibilidades
hace menos real
lo que sentimos mientras estuvo.
Por eso, a veces,
quizás deberíamos dejar
de interrogar al corazón.
Dejar de preguntarle
por qué quiere,
cuánto quiere,
hasta cuándo quiere.
Y simplemente escucharlo.
Decir:
“Esto me hace feliz.”
“Esta persona me importa.”
“La extraño.”
“La quiero.”
Sin convertir cada emoción
en una promesa.
Sin exigirle un futuro
a cada sentimiento.
Sin intentar encontrar
un significado oculto
detrás de cada palabra,
cada mirada
o cada silencio.
Porque tal vez sentir
no siempre tiene una explicación.
Tal vez algunas cosas
no están hechas para ser entendidas,
sino para ser vividas.
Y quizás la verdadera dificultad
nunca estuvo en sentir.
Quizás estuvo en permitirnos sentir
sin tener miedo
de lo que podría pasar después.
Porque, al final,
hay emociones que no necesitan respuestas.
Solo necesitan
un lugar donde existir.
Y quizá, por una vez,
podríamos dejar que el corazón
sienta algo sencillo
sin obligarlo a convertirse
en algo complicado.
Sin preguntarnos qué será mañana.
Sin intentar descubrir
cuándo terminará.
Sin buscarle un nombre perfecto
a aquello que simplemente
nos hace sentir vivos.
Porque quizá la vida
también sea eso:
aprender que no todo lo hermoso
necesita ser explicado
para ser verdadero.