Lo peor no fue que terminara pasando.
Lo peor fue darme cuenta de que, en el fondo, yo ya lo sabía.
Me lo dije tantas veces.
Me advertí que no debía ilusionarme demasiado. Que no debía acostumbrarme a su presencia. Que no debía construir un futuro alrededor de alguien que todavía no me había demostrado que quería formar parte de él.
Pero seguí.
Porque cuando quieres que algo funcione, a veces empiezas a negociar contigo misma.
“Esta vez será diferente.”
“Quizá estoy pensando demasiado.”
“Dale tiempo.”
“Quizá simplemente tiene miedo.”
“Quizá mañana cambie.”
Y así fui ignorando pequeñas señales que, si hubiera estado mirando desde afuera, probablemente habría entendido perfectamente.
Pero estaba demasiado involucrada.
Yo quería que funcionara.
Y cuando queremos algo con todo el corazón, a veces confundimos nuestras esperanzas con certezas.
Me decía que tuviera cuidado, pero al mismo tiempo buscaba razones para quedarme.
Me decía que no esperara demasiado, pero imaginaba todo lo que podría pasar.
Me decía que no me encariñara tanto, pero cada día encontraba una nueva razón para hacerlo.
Hasta que pasó aquello que tanto miedo me daba.
Y entonces no pude evitar pensar:
“Pero peor... te lo dije.”
Me lo dije yo.
No fue alguien más quien me advirtió.
No fue una amiga diciéndome que tuviera cuidado.
No fue una señal enorme que no pudiera ignorar.
Fui yo.
Esa pequeña voz dentro de mí que tantas veces intentó protegerme y que yo tantas veces hice callar porque quería creer que esta vez la historia sería diferente.
Y creo que eso fue lo que más me dolió.
No solamente perder lo que había imaginado.
También saber que había ignorado mi propia intuición.
Durante un tiempo me culpé por eso.
Pensé que había sido ingenua, que había permitido demasiado, que debería haberme alejado antes.
Pero después entendí que tampoco quiero castigarme por haber tenido esperanza.
Yo no sabía cómo iba a terminar.
Solo sabía cómo quería que terminara.
Y hay una gran diferencia entre esas dos cosas.
No me arrepiento de haber sentido.
Me arrepiento, quizá, de las veces que me abandoné a mí misma intentando que alguien más se quedara.
De las veces que hice a un lado lo que sentía porque quería creer en sus palabras.
De las veces que necesité una respuesta y me conformé con imaginarla.
Eso sí me enseñó algo.
La próxima vez que mi propia voz me diga que algo no se siente bien, quiero escucharla.
No porque vaya a vivir desconfiando de todo el mundo.
Sino porque aprendí que querer a alguien no debería obligarme a dejar de escucharme.
Y quizá eso sea crecer.
No evitar volver a equivocarme.
Sino aprender a reconocer cuándo estoy intentando convencerme de algo que, en el fondo, ya sé que no es para mí.
Porque aquella vez...
sí.
Me lo dije.
Una y otra vez.
Y aun así me quedé.
Pero hoy, cuando recuerdo todo, ya no quiero decirme “qué tonta fui”.
Quiero decirme:
“Estabas enamorada. Tenías esperanza. Querías que funcionara. Y eso no te hace tonta.”
Solo espero que la próxima vez que mi corazón quiera creer algo que mi intuición está cuestionando, no tenga que llegar al final para entenderlo.
Porque a veces la primera persona que intenta salvarnos somos nosotros mismos.
Solo tenemos que aprender a escucharnos.