Hoy me desperté a las cinco de la madrugada.
No sé por qué. Simplemente abrí los ojos y el sueño ya no quiso volver. Durante unos minutos me quedé ahí, mirando la oscuridad, hasta que decidí levantarme.
Me metí en la ducha y estuve más de quince minutos bajo el agua realmente caliente. Parece una cosa insignificante, pero para mí tuvo algo especial. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de una ducha.
Durante la internación teníamos apenas dos minutos para bañarnos. Dos minutos. El tiempo suficiente para mojarse, enjabonarse y salir. Hoy, en cambio, pude quedarme ahí, sin apuro, dejando que el agua cayera sobre mí.
Quizás la recuperación también tenga que ver con eso: volver a aprender a disfrutar de cosas que alguna vez dejamos de sentir.
Después de desayunar apareció la pereza.
Esa sensación de querer volver a la cama, de dejar que el día pase solo, de decirme “después lo hago”. Y sé que, para nosotros, los adictos en recuperación, hay ciertas trampas que parecen pequeñas pero pueden terminar llevándonos lejos.
Para mí, una de ellas es la cama.
Porque recuerdo aquellos días en los que dormir era prácticamente una forma de vida. Dormíamos durante horas y solamente nos levantábamos para consumir. Entonces pienso que quizás hoy la cama pueda convertirse en otro tipo de consumo: algo que empieza como descanso y termina convirtiéndose en una costumbre.
Después llega el desgano.
Y detrás del desgano, muchas veces, aparece la tristeza.
Por eso hoy decidí moverme.
Traté de ponerle lo mejor de mí al día. Colaboré en el hogar con la limpieza de la cocina y lavé los platos que utilizan mis compañeros para almorzar.
Cuando terminé, me fui con un compañero de tratamiento a tomar unos mates a la plaza.
Volví a horario para preparar la merienda.
Son cosas simples. Cosas que quizás antes ni siquiera hubiera considerado importantes. Pero hoy tienen otro significado.
Hacer algo por mis compañeros me llena espiritualmente. Me hace sentir útil. Me hace sentir parte de algo.
Aunque también aparece una pregunta que no quiero esquivar:
¿Lo hago porque realmente quiero ayudar o porque estoy intentando mantenerme ocupado para no mirar algo que todavía no puedo reconocer dentro mío?
No tengo la respuesta.
Y quizás no tenga que tenerla hoy.
Tal vez parte de la recuperación sea aprender a hacerse preguntas sin exigir respuestas inmediatas.
Hoy fue un día bastante normal.
Un día común.
Un día de esos que quizás antes me hubieran parecido insignificantes.
Pero hoy entendí que también hay algo hermoso en los días normales.
Porque un día normal, para alguien que estuvo acostumbrado a vivir al límite, puede ser una pequeña victoria.
Hoy no pasó nada extraordinario.
Y, sin embargo, pasó algo enorme:
Hoy no consumí.
Un día más.
Veinticuatro horas más.
Y mañana volveré a empezar.
Porque ahora el “solo por hoy” ya no es solamente una frase que escucho.
Empieza, poco a re, a convertirse en una forma de vivir.