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No te mientas a ti misma

seavienbyyeni
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No te mientas a ti misma.

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No te mientas a ti misma.

Sé que duele aceptarlo.

Sé que es mucho más fácil pensar que quizá tenía miedo, que no era el momento, que estaba confundido, que necesitaba tiempo o que tal vez algún día se daría cuenta de lo que estaba perdiendo.

Yo también busqué explicaciones.

Durante mucho tiempo intenté encontrar una razón que hiciera menos dolorosa su decisión de no elegirme.

Porque aceptar que alguien simplemente no quiso quedarse conmigo era demasiado difícil.

Entonces empecé a llenar los silencios con posibilidades.

“Quizá después.”

“Quizá cuando cambien las cosas.”

“Quizá todavía siente algo.”

“Quizá algún día se dé cuenta.”

Y mientras yo construía todas esas posibilidades en mi cabeza, sus acciones ya me estaban dando una respuesta.

Una respuesta que yo no quería escuchar.

Porque cuando quieres muchísimo a alguien, a veces no ves lo que está pasando.

Ves lo que deseas que pase.

Y esa diferencia puede mantenerte esperando durante muchísimo tiempo.

Yo quería creer que si alguien realmente me quería, algún día iba a elegirme.

Que si esperaba lo suficiente, si comprendía sus razones, si tenía paciencia y si seguía estando ahí, quizá finalmente entendería que yo también merecía un lugar en su vida.

Pero llegó un momento en el que tuve que hacerme una pregunta que llevaba demasiado tiempo evitando:

si realmente quería estar conmigo, ¿por qué tenía que convencerlo?

Y no encontré una respuesta que pudiera seguir utilizando para justificarlo.

Porque querer a alguien no siempre significa que todo será fácil.

Las personas pueden tener problemas, miedo, dudas o circunstancias complicadas.

Pero también existe una realidad que cuesta aceptar:

no podemos convertir la falta de elección de alguien en una historia de amor que todavía está esperando su momento.

Y eso fue lo que tuve que entender.

No se trataba de que yo no hubiera hecho suficiente.

No se trataba de que me hubiera faltado paciencia.

No se trataba de que necesitara demostrarle más cuánto lo quería.

Simplemente, su decisión no era la que yo deseaba.

Y aunque me doliera, tenía que respetarla.

Porque yo podía elegirlo todos los días.

Podía quererlo.

Podía extrañarlo.

Podía imaginar una vida diferente a su lado.

Pero no podía elegir por los dos.

Y esa fue una de las verdades más difíciles que tuve que aceptar.

A veces nos quedamos esperando que alguien nos elija porque creemos que, si nos esforzamos lo suficiente, finalmente lo hará.

Pero el amor no debería sentirse como una competencia en la que tienes que demostrar que mereces ganar.

No quiero que alguien me elija porque tuvo miedo de perderme.

No quiero que me elija después de haber agotado todas las demás opciones.

No quiero ser una decisión tomada por culpa, costumbre o miedo a estar solo.

Quiero ser una elección sincera.

Una elección que no necesite ser suplicada.

Y quizá por eso, aunque todavía me duela, estoy aprendiendo a dejar de preguntarme qué habría tenido que hacer diferente para que se quedara.

Porque quizá la pregunta nunca fue qué me faltaba a mí.

Quizá simplemente él quería otra cosa.

Y eso no convierte mi valor en algo menor.

Que alguien no me elija no significa que no sea suficiente.

Significa que nuestros deseos no coincidieron.

Y aunque esa verdad no elimina el dolor, al menos deja de convertirlo en culpa.

Así que si alguna vez vuelvo a encontrarme justificando demasiado las acciones de alguien, quiero recordarme esto:

No necesito inventar excusas para una persona que ya me mostró su decisión.

No necesito convertir un “no” en un “quizá”.

No necesito quedarme esperando una versión futura de alguien.

Y, sobre todo, no necesito mentirme a mí misma para soportar una realidad que no quería aceptar.

Porque hay momentos en los que el amor propio no consiste en dejar de querer a alguien inmediatamente.

Consiste en dejar de abandonarte a ti misma esperando que algún día esa persona haga algo diferente.

Y si algún día cambia de opinión, será su decisión.

Pero mientras tanto, yo también tengo una elección que hacer.

Y esta vez quiero elegirme a mí.

Aunque duela.

Aunque todavía lo extrañe.

Aunque una parte de mí siga deseando que las cosas hubieran sido diferentes.

Porque finalmente entendí algo que me hubiera gustado comprender mucho antes:

no necesito que alguien me elija por encima de todo; necesito estar donde no tenga que preguntarme si realmente quiere elegirme.

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