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Pecado Reflejado.

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Pensamiento

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rvega21

La rockola sonando sola con Punto G a todo volumen mientras pasa todo eso me dio más frío que las manos, wey.

La rockola sonando sola con Punto G a todo volumen mientras pasa todo eso me dio más frío que las manos, wey.

Contenido de la publicación

​En la fastuosa sala de juegos de la mansión, el tiempo parecía haberse detenido.

Ajenos por completo al horror que ya había devorado al resto del grupo, María, Raúl y Leonardo se divertían jugando una partida de billar.

Las luces cálidas del lugar creaban un refugio de aparente seguridad.

​El ambiente estaba musicalizado por la melodía estridente de Punto G saliendo de una vieja rockola que, de forma inexplicable, se había encendido sola junto con el resto del sistema eléctrico de la casa.

​—«...Maldita sensación de estar despierto, y ella revolcándose en mi cama...» —tarareó María, acompañando la canción mientras apoyaba el taco de billar contra la pared de roble. Rió con soltura y miró a los dos hombres—. Necesito ir al baño... Voy a dar un paseíto, seguro encuentro uno por acá cerca.

​—Dale. Si ves a alguno de los chicos por los pasillos, diles que vengan a jugar un rato —le pidió Leonardo, inclinándose para medir su próximo tiro sobre el paño verde.

​Raúl, con una sonrisa cargada de sarcasmo, rompió el clima:

​—No les digas nada. Deja que sigan en la suya, que nosotros estamos perfectos así.

​Los tres compartieron una última carcajada cómplice, sin intuir que sería la última vez que reirían en sus vidas.

María giró sobre sus talones y cruzó el umbral, adentrándose sola en el corredor a oscuras.

​El eco rítmico de sus tacones rebotó en las paredes mientras caminaba bajo la iluminación tenue del pasillo.

Avanzaba despacio, probando los picaportes de cada puerta con la esperanza de encontrar un baño habilitado.

​—¿Todas las puertas están con llave? —murmuró para sí misma, frustrada tras varios intentos fallidos.

​Al empujar la última puerta de madera tallada al fondo del pasillo, la cerradura cedió sin resistencia. Entró y accionó el interruptor.

​María quedó deslumbrada.

Olvidando por completo su necesidad inicial, pasó de largo el cuarto de baño para perderse en el dormitorio principal.

Era un templo dedicado a la opulencia: el vestidor era una habitación en sí misma, colmada de vestidos de alta costura, abrigos de piel sintética y accesorios de lujo.

Pero lo que realmente la hipnotizó fue el área de la cama.

La pared frontal y el techo completo estaban cubiertos por suntuosos paneles de espejo pulido de marco dorado.

​Movida por el asombro y la tentación, María caminó hacia el centro de la estancia y se dejó caer de espaldas sobre el lecho.

Una oscilación suave la acogió: un colchón de agua amortiguó el peso de su cuerpo con ondas envolventes.

​Fascinada por la sensación, se acomodó. Cerró los ojos y comenzó a deslizar sus manos lentamente por las curvas de su cuerpo, dejándose llevar por el vaivén fluido del agua. En ese estado de trance, sus verdaderas fantasías asaltaron su mente: se vio a sí misma en una pista de baile, moviéndose con una sensualidad salvaje bajo las luces estroboscópicas, clavándole una mirada cargada de lujuria a Leonardo mientras él la observaba hipnotizado desde las sombras.

​El placer de la fantasía se evaporó en un chasquido.

​Decenas de manos gélidas, descarnadas y pálidas brotaron del colchón de agua. Aferraron sus muñecas, sus tobillos y su cintura, recorriendo su cuerpo con una fuerza violenta mientras ella luchaba frenéticamente por quitárselas de encima.

​La desesperación se apoderó de su pecho. Físicamente continuaba vestida, combatiendo contra ese ultraje invisible; sin embargo, cometió el error de abrir los ojos y mirar hacia el espejo del techo.

​El horror la paralizó por completo.

​En el reflejo sobre el techo, María vio su imagen totalmente desnuda sobre la cama, exhibiendo una expresión de absoluto gozo, lascivia y entregada con placer a las sombras que en la realidad la estaban matando de terror.

Su propio reflejo se burlaba de ella, exponiendo ante sus ojos el pecado de su doble vida.

​—¡Ayuda! ¡Por favor, Leonardo! ¡Raúl! —gritó con las fuerzas que le quedaban, desgarrándose la garganta.

​Pero sus súplicas murieron en la soledad del dormitorio.

La sala de juegos estaba demasiado lejos y la rockola sonaba con el volumen lo suficientemente alto como para ahogar cualquier rastro de su calvario.

​Mientras los alaridos de María se apagaban en la alcoba, en el otro extremo de la casa la música continuaba retumbando.

Sin embargo, dentro de la sala de juegos, el ambiente se congeló en un parpadeo.

​A Leonardo se le borró la sonrisa.

Su rostro se transformó en una máscara rígida; sus ojos quedaron fijos y su mirada se volvió completamente vacía, despojada de cualquier rasgo de humanidad.

​Raúl, que acomodaba las bolas de billar sobre la mesa, levantó la vista extrañado por el repentino silencio de su amigo.

No tuvo tiempo de reaccionar. Con un ademán brusco y una fuerza descomunal, Leonardo extendió el brazo y sujetó a Raúl de la solapa. El cuerpo de Raúl voló varios metros por el aire hasta estrellarse contra la pared de mampostería, cayendo inconsciente y bañando en sangre el piso de madera.

​Sin mirar atrás, con un paso pesado, rítmico e implacable, el cuerpo de Leonardo comenzó su marcha por el pasillo directo hacia la habitación espejada.

​María lloraba al borde de la asfixia cuando la pesada puerta de madera del dormitorio se abrió de par en par. Al recortarse la silueta de Leonardo en el umbral, una chispa de esperanza iluminó su rostro en medio de la pesadilla.

​—¡Leonardo! ¡Por favor, ayúdame! —gritó con una desesperación desgarradora, estirando una mano hacia él.

​Suplicaba entre sollozos, buscando auxilio en el hombre que tanto había deseado en secreto, ignorando por completo que la figura que cruzaba la estancia ya no era su amigo.

Era la Mansión Newhell encarnada, avanzando para ejecutar la sentencia final.

​En medio del calvario, las manos gélidas de la entidad ascendieron desde el colchón hasta cerrarse con la fuerza de un torniquete alrededor del cuello de María, cortándole el aire por completo.

​Mientras ella pataleaba desesperada sobre el colchón de agua, sintiendo la agonía de la asfixia, un lápiz labial de color rojo carmesí brotó del tocador y flotó hasta quedar contra el espejo del techo.

Guiado por una mano invisible, el cosmético comenzó a trazar sobre el cristal, con una caligrafía macabra y pulcra, la frase de la mansión:

​«Sus miedos y sus deseos los matarán.»

​El cuerpo de María quedó inerte sobre la cama de agua, atrapado para siempre en el templo de su propia vanidad.

​La entidad se incorporó en silencio. Con la misma parsimonia implacable, acomodó la ropa del cuerpo de Leonardo y abandonó la habitación espejada. La cacería estaba a punto de llegar a su fin.

Thoughts

  • rvega21

    La rockola sonando sola con Punto G a todo volumen mientras pasa todo eso me dio más frío que las manos, wey.

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  • dosdecadas

    El colchón de agua. Hacía años que no me acordaba de que existían, y ahora no sé si quiero volver a acordarme.

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