Es una regla de oro. Hay que cuidar la identidad, mantener nuestra cultura.
No hacerlo es de cipayos, vendepatrias.
Imaginemos a Juan, que nació en Uruguay, de padre uruguayo y madre española.
Sus abuelos son todos españoles, inmigrantes de aquella ola de europeos que llegaban a sudamérica de a miles.
Cuando a Juan le piden que actúe en la escuela para el día de la tradición, lo visten de gaucho y el mate, el caballo para recorrer el campo y toda su liturgia.
¿Que cultura debe mantener Juan, la de la tierra donde nació, o la de sus ancestros, con cientos de años en España?
¿Es tan importante el patrimonio cultural?
Imaginemos que se nos presenta una oportunidad, en la que hay que decidir entre la paz permanente entre todos los humanos, todos pasaríamos a hablar un sólo idioma, uno nuevo muy simple y eficiente. Nos garantizan el fin de todos los conflictos y el costo sería perder todo el patrimonio cultural.
¿Valdría la pena?