Todos fueron fanáticos con Joker, como si finalmente hubiera aparecido la película que mostraba al tipo marginado rompiéndose contra el mundo. Y ojo: Joker funciona. Tiene escenas potentes, una actuación enorme y una estética que te mete directamente en la cabeza de Arthur.
Es una película incómoda, oscura y muy bien construida. Pero siempre me llamó la atención el nivel de fanatismo que generó, porque durante un tiempo parecía que estábamos frente a una revelación cinematográfica, cuando en realidad buena parte de lo que la película estaba haciendo ya había sido contado antes.
Porque antes de Joker existía The King of Comedy. Y no solamente existía: para mí, lo hacía mejor.
Las dos películas tienen una conexión evidente. Un hombre marginado, obsesionado con ser visto, con convertirse en alguien, con encontrar un lugar dentro de un mundo que parece ignorarlo. Los dos tienen una relación particular con la televisión, con la fama y con la idea de ser reconocidos. Pero hay una diferencia fundamental en la manera en que cada película decide mirar a su protagonista.
Joker te invita a empatizar con Arthur a través del dolor. Te muestra la humillación, el abandono, la enfermedad, la pobreza, la soledad. Te da contexto para que entiendas cómo llegó hasta ahí. Y eso hace que su transformación tenga algo de tragedia inevitable. Hay una sensación de “mirá lo que le hicieron”. Arthur se convierte en lo que se convierte porque el mundo parece haberlo empujado hasta el límite.
Y ahí es donde The King of Comedy me resulta mucho más incómoda.
Rupert Pupkin no es un mártir. No es un pobre tipo, no es un héroe oscuro. Es algo bastante peor: un tipo común con una necesidad enfermiza de ser visto, no necesita que el mundo lo empuje demasiado. Él se tira solo. Está convencido de que merece un lugar, de que tiene talento, de que está destinado a ser famoso y de que el resto del mundo simplemente todavía no se dio cuenta.
Y eso cambia completamente la película.
Porque entonces aparece una pregunta bastante más incómoda: ¿Qué pasa cuando una persona no necesita que nadie la destruya para convertirse en un monstruo, sino que simplemente necesita que alguien le diga que no?
Rupert no quiere justicia. Quiere reconocimiento. No quiere que el mundo sea mejor. Quiere que el mundo lo mire. Y esa diferencia me parece enorme.
Joker romantiza un poco el sufrimiento. No necesariamente porque quiera decir que Arthur tiene razón, sino porque construye su caída como una tragedia. Hay momentos que tienen una fuerza casi épica. La música, la fotografía, la transformación física del personaje, las escaleras, el maquillaje. Todo contribuye a convertir a Arthur en una figura.
The King of Comedy hace exactamente lo contrario.
No hay épica.
Hay vergüenza.
Hay incomodidad.
Hay momentos en los que querés que alguien intervenga y le diga a Rupert que pare. Y lo terrible es que nadie parece hacerlo. La película no necesita convertirlo en un ícono porque justamente quiere mostrar lo patético que puede ser alguien cuando confunde su fantasía con la realidad.
Y ahí creo que está la diferencia fundamental entre las dos películas: una te hace mirar al personaje; la otra te hace mirar el fenómeno que lo rodea.
Porque Rupert no solamente quiere ser famoso. Necesita que los demás crean que merece ser famoso. Y cuando finalmente consigue atención, aunque sea de la manera más absurda posible, empieza a comprobar que su fantasía no era tan imposible.
Y eso nos lleva al final, que para mí es lo más brillante de The King of Comedy. Porque Rupert gana... Y eso es muchísimo más inquietante que si hubiera terminado preso, muerto o destruido.
Se sale con la suya. Hasta ir preso le termina funcionando. Y cuando sale, hay gente esperándolo. Querían verlo. Querían su show. Querían sus chistes. Querían conocer al tipo que había secuestrado a una celebridad.
Como si el delito fuera parte del currículum.
Y ahí la película te pega una trompada silenciosa: ¿Qué pasa cuando el mundo finalmente le da atención a alguien justamente porque hizo algo terrible?
Porque quizás el verdadero problema no sea solamente la persona obsesionada con ser famosa, quizás también sea la sociedad que convierte esa obsesión en espectáculo.
Y ahí The King of Comedy se vuelve mucho más moderna de lo que debería. Hoy vivimos rodeados de gente dispuesta a hacer prácticamente cualquier cosa por conseguir cinco minutos de atención. Y no hace falta secuestrar a nadie. Alcanza con ser lo suficientemente exagerado, polémico, ridículo o desagradable para que alguien te mire.
A veces el talento importa.
A veces importa la inteligencia.
Y a veces simplemente importa conseguir que todos estén hablando de vos.
Por eso hay algo de Joker que siempre me hizo ruido: ¿Cuánto de su éxito pertenece realmente a la película y cuánto pertenece al personaje que lleva el nombre?
Porque creo que Joker tuvo el impacto que tuvo también porque se llama Joker. Si la misma historia hubiera sido contada con un personaje completamente nuevo, sin el peso de DC, sin el mito y sin todo lo que el público ya proyectaba sobre ese nombre, probablemente no habría generado ni la mitad del fanatismo.
Y eso no significa que sea mala, no al contrario, pero el fenómeno es otra cosa. Una película puede ser buena y, al mismo tiempo, beneficiarse enormemente de lo que el espectador ya trae consigo antes de que empiece.
Cuando aparece el nombre Joker, ya sabemos que estamos entrando en un universo determinado. Ya existen décadas de historia, versiones anteriores, cómics, películas, actores y una imagen que forma parte de la cultura popular. El personaje llega a la pantalla con una mochila enorme.
Y quizás por eso Joker se convirtió en algo más grande que la película, se convirtió en un símbolo. Y ahí, para mí, The King of Comedy sigue siendo más interesante porque no necesita ningún personaje conocido para incomodarte. Rupert Pupkin no tiene un traje, no tiene un mito y no tiene una historia previa que lo justifique.
Es simplemente un tipo que quiere ser famoso, y con eso alcanza. Porque al final, las dos películas terminan hablando de la misma necesidad: La necesidad de ser visto.
La diferencia es qué hacemos con ella. Arthur encuentra una identidad en su propia transformación y Rupert encuentra una audiencia.
Y quizás eso sea todavía más peligroso. Porque Rupert no necesita convertirse en otra persona para conseguir lo que quiere. Solamente necesita que alguien finalmente le preste atención. Y cuando la consigue, descubrimos algo bastante incómodo: quizás nunca estuvo tan lejos de lograrlo.
Por eso The King of Comedy no envejeció, se adelantó. Y quizás por eso, para mí, sigue siendo más inteligente que Joker. Porque Joker te deja con una emoción y The King of Comedy te deja con una pregunta. Y esa pregunta es bastante peor:
¿Qué estamos dispuestos a hacer para que alguien nos mire?