El pasado no siempre regresa como un recuerdo. A veces vuelve como un miedo que no sabemos explicar, como una mirada que nos resulta familiar o como el dolor de extrañar a alguien a quien juraríamos no haber conocido jamás.
Y a veces, lo más peligroso no es descubrir quiénes fuimos.
Es descubrir lo que hicimos.
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El mensaje de Felix.
No contenía ninguna explicación, solamente una fotografía y una frase.
Felix: Necesitamos hablar. Los ocho. Hoy. Lo antes posible.
Hyunjin todavía tenía el cabello desordenado cuando abrió la imagen.
Era la página que Felix había fotografiado en la librería. El dibujo del jardín de flores blancas ocupaba casi toda la hoja. Los ocho nombres aparecían debajo de las figuras, escritos con una caligrafía antigua.
Hyunjin amplió la imagen.
Una vez.
Dos veces.
Después dejó de respirar por un instante.
Había algo escrito en el margen inferior, casi oculto por una mancha oscura. No lo había notado la noche anterior porque Felix había enviado la fotografía demasiado rápido y porque, sinceramente, Hyunjin todavía estaba intentando comprender la frase de la página.
La historia no comenzó cuando se encontraron.
Comenzó cuando se traicionaron.
Volvió a leerla.
Después miró el nombre de Jeongin.
Y, sin poder evitarlo, pensó en el sueño de la noche anterior.
En la voz que le había advertido que no volviera a confiar en él.
Hyunjin apretó el teléfono.
—¿Qué se supone que hicimos? —murmuró.
El hilo rojo de su meñique se tensó.
Hyunjin levantó la mano.
El filamento parecía normal, pero una leve vibración recorrió su dedo, como si hubiera reaccionado a un pensamiento que ni siquiera había pronunciado en voz alta.
Abrió el chat con Jeongin.
Hyunjin: Vi la foto.
Jeongin: Felix también te la mandó, ¿no?
Hyunjin: Sí. ¿Estás bien?
Los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.
Jeongin: No estoy seguro.
Hyunjin se incorporó en la cama.
Hyunjin: ¿Qué pasó?
Jeongin: Soñé algo. Creo que fue lo mismo que te conté, pero esta vez vi un poco más.
Hyunjin recordó su propio sueño.
El jardín.
La advertencia.
La sensación de haber perdido algo irremplazable.
Hyunjin: Tenemos que hablar.
Jeongin: Felix dijo que nos reuniéramos en su casa a las diez.
Hyunjin: Voy a buscarte.
Jeongin: No hace falta. Puedo llegar solo.
Hyunjin miró su meñique.
El hilo se había tensado de nuevo.
Hyunjin: Lo sé. Igual quiero ir con vos.
Esta vez, Jeongin respondió enseguida.
Jeongin: Está bien.
Hyunjin dejó el teléfono sobre la cama y se quedó mirando el techo.
No sabía qué había ocurrido entre ellos en otra vida.
No sabía por qué sus nombres estaban escritos en un libro que parecía tener cientos de años.
Pero había algo que sí sabía.
No quería que Jeongin tuviera miedo de él.
Y, por alguna razón que todavía no comprendía, temía que un día Jeongin descubriera algo que lo hiciera alejarse.
Algo que Hyunjin ni siquiera recordaba haber hecho.
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A las diez en punto, los ocho estaban reunidos en la sala de Felix.
Han ocupaba un extremo del sofá. Changbin estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una mesa. Christopher permanecía junto a la ventana, mirando distraídamente la calle.
Del otro lado de la sala, Lee Know y Seungmin examinaban la fotografía en el teléfono de Felix.
Jeongin estaba sentado al lado de Hyunjin.
No demasiado cerca.
Tampoco lo suficientemente lejos como para que el hilo entre sus dedos dejara de sentirse cálido.
—Bien —dijo Lee Know, rompiendo el silencio—. Alguien tiene que explicarme por qué hay un libro antiguo con nuestros nombres, por qué hay una foto de dos niños que se parecen a estos dos y por qué, de alguna manera, terminamos metidos en una historia sobre traiciones.
—Cuando lo enumerás así, suena peor —comentó Han.
—Porque es peor.
—Tiene razón —intervino Seungmin—. Necesitamos dejar de tratar cada descubrimiento como si fuera una coincidencia.
—Mi abuela hablaba de ese jardín desde que yo era pequeño. Nunca me contó toda la historia, pero recuerdo algo que repetía mucho.
Todos lo miraron.
—Decía que el jardín no pertenecía a ninguna familia. Que existía antes que las casas, antes que los caminos que llevaban hasta él. Según ella, las personas llegaban allí cuando estaban destinadas a encontrarse.
—¿Y las ocho personas? —preguntó Changbin.
— Solo de una promesa que se había roto y de un lugar que dejó de florecer después de aquello.
Jeongin bajó la mirada hacia su mano.
—¿El jardín dejó de existir?
—No lo sé. Mi abuela decía que algunas personas intentaron encontrarlo durante años, pero que nadie volvía con la misma historia.
—Eso no tiene ningún sentido —dijo Han.
—Nada de esto tiene sentido —respondió Lee Know—. Estamos intentando encontrarle lógica a una fotografía que aparentemente nos conoce desde antes de que naciéramos.
—Gracias por el optimismo —murmuró Seungmin.
Hyunjin seguía callado.
Observaba la imagen que Felix había ampliado en la pantalla. Los ocho nombres estaban allí, debajo de las figuras sin rostro.
Sin embargo, había un detalle que no podía dejar de mirar.
Las figuras no estaban distribuidas al azar.
Hyunjin y Jeongin aparecían en el centro del grupo.
Han y Changbin estaban dibujados a un lado, mientras Lee Know y Seungmin ocupaban posiciones opuestas. Felix aparecía cerca de Jeongin.
Y Christopher…
Christopher estaba dibujado un poco más atrás que los demás.
No parecía estar mirando al grupo.
Miraba hacia el borde del jardín.
Hacia un punto que el ilustrador no había dibujado.
—Christopher —dijo Hyunjin.
El se voltió.
—¿Qué?
—Ven a ver esto.
Christopher se acercó y observó la imagen.
Al principio no ocurrió nada.
Después, sus ojos se detuvieron en su propia figura.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasa? —preguntó Changbin.
Christopher no contestó enseguida.
Tenía una sensación extraña en el pecho, como si aquella posición le resultara demasiado familiar. No recordaba haber estado en un jardín parecido, pero sabía, con una certeza que no podía justificar, que en algún momento había observado algo desde lejos.
Algo que no había tenido el valor de detener.
—No me gusta cómo está dibujado —dijo finalmente.
Han se inclinó para mirar.
—¿Por qué?
Christopher apartó los ojos de la pantalla.
—Porque parece que está vigilando a alguien.
—¿A quién? —preguntó Jeongin.
Christopher miró el espacio vacío junto al borde del dibujo.
—No lo sé.
Y esa era la verdad.
No sabía a quién había vigilado.
No sabía qué había ocurrido en aquel jardín.
Pero, por primera vez, tuvo miedo de averiguarlo.
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Seungmin tomó el teléfono y amplió la parte inferior de la página.
—Esperen.
Su voz hizo que todos se acercaran.
—Hay algo más escrito aquí.
Felix se sentó a su lado.
—¿Dónde?
—Debajo de los nombres. Está casi borrado.
Seungmin aumentó el brillo de la imagen y ajustó el zoom hasta que las letras comenzaron a distinguirse.
No era una frase completa. Parecía una anotación añadida después, con una tinta diferente.
Solo podían leerse algunas palabras:
…cuando el recuerdo despierte…
…no todos permanecerán juntos…
Y, debajo, una última línea.
…el octavo sabrá la verdad.
Changbin frunció el ceño.
—¿El octavo de qué?
—Tal vez el octavo nombre —sugirió Han.
—O la octava persona que recuerde —dijo Felix.
—O tal vez significa algo completamente distinto —intervino Lee Know—. No podemos decidir qué significa cada frase solo porque queremos que encaje.
Hyunjin asintió lentamente.
Lee Know tenía razón.
Estaban buscando respuestas en un libro antiguo, pero cada pista parecía abrir otras cinco preguntas.
¿Quién había escrito sus nombres?
¿Por qué los rostros estaban borrados?
¿Qué había ocurrido en el jardín?
¿Y por qué Christopher parecía estar reaccionando a cosas que los demás no podían sentir?
Hyunjin miró a su amigo.
—¿Vos sabés algo que no nos estás contando?
Christopher levantó la mirada.
—No.
—Entonces, ¿por qué te ponés así cada vez que aparece algo relacionado con el jardín?
—Porque siento que debería saberlo.
La sinceridad de su respuesta hizo que Hyunjin guardara silencio.
Christopher se pasó una mano por el cabello.
—No estoy escondiendo nada. No recuerdo nada concreto. Solo tengo estas sensaciones, como si hubiera vivido algo que mi cabeza no puede alcanzar.
—¿Desde cuándo? —preguntó Jeongin.
Christopher lo miró.
—Desde que te conocí.
La sala quedó en silencio.
Jeongin no apartó la mirada.
—¿Desde la cafetería?
Christopher asintió.
—Cuando te vi, sentí que te conocía. No como cuando ves a alguien y te recuerda a otra persona. Era diferente. Era como si hubiera estado buscándote sin saberlo.
Hyunjin sintió que algo se le cerraba en el pecho.
No era exactamente celos.
Ni siquiera sabía si tenía derecho a sentirlos.
Pero la idea de que Christopher compartiera con Jeongin una conexión que él no comprendía le provocó una inquietud que no quiso examinar demasiado.
Christopher pareció darse cuenta.
—No es eso —aclaró enseguida—. No sé qué significa. Y no estoy intentando meterme entre ustedes.
—No dije que lo estuvieras haciendo —respondió Hyunjin.
—Pero lo pensaste.
Hyunjin no contestó.
Jeongin bajó los ojos hacia el hilo rojo de su dedo.
Por un instante, el filamento se tensó entre él y Hyunjin, aunque ambos estaban sentados uno al lado del otro.
Christopher lo vio.
Y su rostro perdió el color.
Porque, durante una fracción de segundo, recordó una voz que no había escuchado desde aquella noche en sus sueños.
Si vuelven a encontrarse, no permitas que cometan el mismo error.
Christopher se llevó una mano a la frente.
La voz desapareció antes de que pudiera recordar algo más.
—¿Christopher? —preguntó Changbin.
—Estoy bien.
Pero ya no estaba seguro.
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Decidieron volver a la librería.
No porque esperaran que la mujer del mostrador les diera respuestas, sino porque Felix quería revisar los registros con más calma. Si el libro contenía los nombres de los ocho, quizá también había información sobre el jardín y sobre lo que había ocurrido allí.
Durante el trayecto, los grupos se dividieron naturalmente.
Han y Changbin caminaban delante, discutiendo sobre las posibilidades más absurdas que se les ocurrían.
Lee Know y Seungmin iban detrás de ellos, intentando encontrar explicaciones que no involucraran magia, vidas pasadas ni destinos escritos de antemano.
Felix caminaba junto a Christopher.
Hyunjin y Jeongin iban unos pasos más atrás.
—¿Estás enojado? —preguntó Jeongin.
Hyunjin giró la cabeza.
—¿Por qué estaría enojado?
—Por lo que dijo Christopher.
Hyunjin metió las manos en los bolsillos de su abrigo.
—No estoy enojado con él.
—Pero algo te pasa.
Hyunjin tardó unos segundos en responder.
—No me gusta no entender qué está ocurriendo.
Jeongin sonrió apenas.
—Eso nos pasa a todos.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué es?
Hyunjin lo miró.
Quería decirle la verdad, pero no sabía cómo expresarla sin que sonara ridícula.
Que le molestaba la idea de que Christopher recordara algo relacionado con Jeongin antes que él.
Que sentía que debía protegerlo, aunque no supiera de qué.
Que cada vez que Jeongin se alejaba, incluso unos pocos pasos, algo dentro de él se resistía.
Y que, a veces, tenía miedo de que el hilo rojo no fuera una oportunidad para encontrarlo.
Sino una segunda oportunidad para perderlo.
—Tengo miedo de que todo esto termine mal —confesó.
Jeongin dejó de caminar por un momento.
—¿Por nosotros?
Hyunjin negó con la cabeza, aunque no estaba seguro de que fuera del todo cierto.
—Por todos.
Jeongin lo observó con una expresión más suave.
—No sabemos qué ocurrió antes, Hyunjin. No podemos cambiar algo que ni siquiera recordamos.
—¿Y si lo repetimos?
Jeongin no respondió inmediatamente.
Miró sus dedos entrelazados por los filamentos rojos.
—Entonces tendremos que decidir qué hacemos esta vez.
Hyunjin levantó la mirada.
Jeongin le sostuvo los ojos.
—No somos las personas que aparecen en esa fotografía. No sabemos quiénes eran, qué hicieron o por qué terminaron así. Pero sí sabemos quiénes somos ahora.
Hyunjin sintió que algo en su interior se aflojaba.
—¿Y si descubrimos algo horrible?
—Lo enfrentaremos.
—¿Y si descubrimos que uno de nosotros traicionó a los demás?
Jeongin tragó saliva.
—Entonces tendremos que averiguar por qué.
Hyunjin bajó la mirada hacia su mano.
—¿Y si fui yo?
Jeongin no apartó los ojos de él.
—No voy a condenarte por algo que todavía no sabemos.
La respuesta fue sencilla.
Sin promesas imposibles.
Sin asegurarle que nada podría separarlos.
Y, por eso mismo, significó más de lo que Hyunjin esperaba.
Jeongin extendió la mano y rozó sus dedos.
Los hilos se iluminaron suavemente.
Hyunjin entrelazó su mano con la de él.
Por unos segundos, caminaron así, en silencio.
Ninguno sabía que, en otro tiempo, aquellas mismas manos habían estado separadas por algo mucho más doloroso que la distancia.
Y que, en aquella vida olvidada, una promesa muy parecida no había sido suficiente para salvarlos.
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La mujer de la librería los reconoció en cuanto entraron.
Su mirada pasó por cada uno de ellos, deteniéndose brevemente en Christopher.
—Volvieron.
—Necesitamos revisar los registros del jardín —dijo Felix—. El libro que encontramos ayer tenía nuestros nombres.
La mujer guardó silencio.
Después cerró el libro que estaba leyendo.
—Les advertí que tuvieran cuidado.
—Y nosotros le estamos pidiendo información —respondió Lee Know—. No que nos asuste con frases misteriosas.
Seungmin le dio un pequeño codazo.
—Podrías intentar ser amable.
—Podría. No quiero.
La mujer los observó unos segundos más antes de levantarse.
—Esperen aquí.
Desapareció por una puerta que conducía a la parte trasera de la librería.
Han se inclinó hacia Changbin.
—Si sale con una maldición escrita en latín, me voy.
—Vos no sabés latín.
—Precisamente.
Changbin soltó una risa, pero se calló cuando Christopher volvió a mirar hacia el fondo de la tienda.
Había algo allí.
No podía verlo con claridad desde donde estaba, pero sentía una presión extraña detrás de los ojos, como si el lugar estuviera despertando un recuerdo que llevaba demasiado tiempo enterrado.
La mujer regresó con una carpeta vieja y la dejó sobre el mostrador.
—No puedo darles el libro original. Pero esto pertenece al mismo archivo.
Felix abrió la carpeta con cuidado.
Dentro había varias hojas amarillentas, algunas con dibujos del jardín y otras con anotaciones familiares.
La primera mostraba el árbol que aparecía en la ilustración.
La segunda contenía un mapa dibujado a mano.
Y la tercera tenía una lista de ocho nombres.
Los mismos ocho.
Hyunjin se inclinó sobre la página.
—¿Quién escribió esto?
—No lo sé —respondió la mujer—. Los documentos llegaron aquí hace mucho tiempo. Algunos ya estaban dañados cuando los recibimos.
—¿Y qué significa lo del jardín? —preguntó Jeongin.
La mujer pasó un dedo por una anotación al margen.
—Según los relatos, las flores blancas crecían durante todo el año. No importaba cuánto frío hiciera ni cuánto tiempo pasara sin llover. Pero una noche dejaron de florecer.
—¿Por qué? —preguntó Felix.
—Las versiones no coinciden. Algunas hablan de una muerte. Otras, de una traición. Y otras dicen que alguien intentó romper el vínculo que mantenía unido al grupo.
Christopher sintió un escalofrío.
Una muerte.
Una traición.
Un vínculo roto.
Las palabras parecían encajar demasiado bien con las imágenes que aparecían en sus sueños.
—¿Hay algún registro de lo que pasó con las ocho personas? —preguntó.
La mujer lo miró con atención.
—No uno completo.
Pasó otra página.
Allí había ocho nombres escritos en una columna. Al lado de cada uno aparecía un símbolo, pero el tiempo había borrado casi todos.
Hyunjin.
Jeongin.
Han.
Christopher.
Changbin.
Lee Know.
Felix.
Seungmin.
Debajo de la lista había una frase.
Ocho fueron llamados. Ocho hicieron una promesa. Pero no todos la cumplieron.
—¿Qué promesa? —preguntó Han, esta vez sin rastro de humor.
La mujer negó lentamente con la cabeza.
—Eso es lo que nunca pudimos averiguar.
Hyunjin miró a Jeongin.
Jeongin le devolvió la mirada.
No tenían respuestas.
Solo nombres, una fotografía y una historia incompleta.
Pero, por primera vez, comprendieron que el misterio no consistía únicamente en descubrir por qué estaban unidos.
También tenían que averiguar qué había ocurrido con las otras seis personas.
Y por qué la historia insistía en llamarlos traidores.