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Ofrendas de Carnaval para los Necios

sinfonauniversal8

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Todo lo que debe ser será      
Hágase tu voluntad,   
Dignificada promesa de presteza de fuerza magnificada:    
En la que soy y soy como lo que veo en tus ojos, imaginados por mis sueños,      
Oh, Señor,     
génesis del tiempo y de la vida      








       











Quiénes besaron la piel perfumada en el paso enhiesto de su verdad, fueron, bendecidos eran Mirozlaqan e Izolvanzh; en su tiempo de espera, pese a ser depositado entre apariencias alejadas de la mismísima verdad. No pudieron resquebrajar lo enhiesto de sus formas; de pelajes dorados y de fuego, que encubrían su propio paso por el universo del invierno de Ilinin. E Ilinin a pesar que los admiraba conforme se hacían hoscos en palabras, su principal dureza de quehacer, aun no arribaba al temblor de sus propiedades de espacio.        

Sugerentes eran su medida y su virtud, y pese a que ambos eran hermanos de pensamientos, y desde el corazón, no empeñaban destejer el clamor de lo que se arropaba entre ellos dos, a medida que se hacían altos y más apuestos a los ojos del miradero del sol y de la luna mistificadas. Porque a pesar de todo lo que se medía entre ellos; ambos se admiraban con el resplandor de los corazones, y se dice que, entre los corazones más vastos, se abrían los pensamientos de los que los coronaron con oro, azucenas, con bastones de arce y tejidos provenientes del pescar de sus propias ofrendas.   

En el Ilinin, ambos eran caros para los ojos del cielo, y en el cielo se habían hecho de un renombre, porque a pesar de la pequeñez de su propio porte, no entorpecían a la cacería de las mismas luces que encendían las lámparas de los árboles y las montañas. Y pese a que Ilinin los mancillaba con la crudeza de su sentir, ambos se admiraron con mutuo acuerdo y con un hilo de sus propios cabellos se destajaron las lenguas y las ofrecieron como tributo, para que la naturaleza misma no fuera cruel con ninguno de los suyos.      

Y cuando en el cuándo, las lenguas cayeron en el cuello de los ríos, tan helados como un templo sin el corazón de un espíritu que pudiera protegerlos, se anhelaron y unieron sus bocas con la tersura de un puente que sólo se toca con la gratitud de una mañana que peca de vestirse con la sonrisa de una risa, que es más que una medianoche iluminada. Estremecían ambos con las bocas asignadas a una masacre de felicidad, y la felicidad arribaba cuando en el cuándo fueron benditos, y la bendición llegó como llega una lumbre coronada de nuevas eras; y las eras fueron horas de rosas, y las rosas fueron ellos que se abrazaban y enlazaban sus espinas para no perderse.        

Se cuenta que eran tan benditos, que de sus lenguas se esgrimieron las canciones supeditadas al engendro de lo que se rezaba entre el eco de un claroscuro, pues a pesar de todo, pues a pesar del ello; no tuvieron miedo, y se vistieron con la sangre lechosa que arropó sus corporeidades y las hizo merecedoras de ser más que simples y tan sólo simples ejemplos de honor y premura. Porque a pesar de todo, ambos y tan sólo ambos se dieron tres besos significativos en las faenas del Ilinin, e Ilinin convocó la apariencia nueva de los árboles y las montañas que fueron bañadas por el arropo de la savia vitae. Y la savia vitae fue tan pura y llena de vida misma, que entre más se abrazaban los labios con la sonrisa que marcaba sus facciones, más allá del todo y de la nada, sobre mecieron como ejemplos de esa enfermedad tan santa, denominada amor mismo, que ambos forjaron lo que más tarde podría ser el principio de la eternidad más clarificada.   

Y ambos, en esa eternidad, compusieron las baladas que se mecían en el aquí y en el allá desde la mansedumbre a lo no se irrumpía ante los mismos céfiros que también los acompañaron como nada, como nadie. Siempre entre principios y virtudes procedentes del pacto a su propia majestad. Y en ese Ilinin que más los conocía, arroparon su propiedad de sapiencia y les estremeció las entrañas y las entrañas concibieron, y en esa concepción absoluta, se tejieron de otras venias; y las venias, dieron en un nacer a los que jamás fueron nombrados, si no por el temblor de unas lenguas que midieron al pozo de savia vitae que los mantuvo atados a la vida.           

Pero en este claro, que fue pronunciado, los que ejemplificaron lo que Ilinin quemó con lo acérrimo de esos dientes de los heraldos más amados; fueron el origen del Levacarkjzal, el Carnaval que de todas las ofrendas sólo modularía por milenios el principio de lo medido por el clamor de las lenguas, que en el vestir de la codicia, de todas las aledañas maravillas, se meció como un columpio viviente ataviado con rosas. Y los que eran caros ante la misma nocturna edificada, con las estrellas adornándole como guirnalda el valor de todas las presencias, se abrieron paso a medida en la medida en la que ellos se hacían más que una carencia de caricias de albas y auroras mismas. Porque a pesar de todas las promesas que esas lenguas de afilado prestar se conmovían, más era todo lo correcto desde la euforia misma que se mecía como una insólita vestimenta. Y la vestimenta del Ilinin les hizo el amor como si de ese modo dependiera el asomo de todas las apariciones venideras de ellos dos.


Pero, en el pero, entre más de orillaron a ser merecedores de los afluentes de las más tersas aledañas, más pensaron en vestir de hueso y madera lo que de las lenguas, emergieron conforme la sed secante de esas pieles estremeció los suelos, y las lenguas fueron anhelo de la carne que se esgrimió entre el tejido que no dejaba de medirse entre las aldeas que compusieron las baladas de las lenguas de los necios. Ya ejemplos vividos de las calañas más cordiales y más vastas en todas medidas, en todo afluente y en todo de torneado corazón a corazón.

Resquebrajaron todas las mañanas hechas promesas y entre más se tornaron de un seco amarre, más las lenguas se tocaban, y las ofrendas del carnaval fueron perfumadas con la grasa de torneado almizcle de las propias ternuras orilladas en una primera similitud de brillante solariego y la luminiscencia que se transformaron en pieles de versales y destejadas promesas irrigadas en el mismísimo céfiro. No tan amargo, pero tampoco tan indócil. Y si unos fueron bendecidos, otros emergieron desde las entrañas de ese empozado que continuó por arribar a las moradas de todos en forma de soberanía inquieta hecha destellada apariencia de promesa sin final.      

Se dio en el presente hecho pasado, en el pasado de tornados futuros, que todas las historias se contaron entre ellos dos, y de los dos brotaron las amalgamas de todas las ideas más claras, y desde ambos se midieron todas las estrellas, y las estrellas se admiraron entre ellas, y abandonaron la nocturnidad misma para anunciarse entre ese pozo de savia vitae malnacida.

Mecidas eran las escarchas y la discordia misma que se tejieron entre todas ellas, e Ilinin se atrevió a convocar una batalla entre las más rudas de esas angeladas patronas, esas que abordaron todos sus espacios; Ilinin así convocó a las pieles árticas y vistió a cada estrella con ellas, y de las pieles tan sólo fueron elegidas seis para ver nacer a los más enigmáticos de sus tesoros. Oriunda de cada una de las entrañas que trataron de no huir pese a que todo se rindió como el poderío de el decoro más desolado como naciente promesa. Y pese a esto Ilinin no abandonó su pesar en el propósito de ver a las pieles vestidas con la profundidad de sentimientos, los más arraigados témpanos que componían el averno en el umbral de la más insólitas de las maravillas.     

Y seis que vistieron las pieles lamieron el perfume, y el perfume les hizo suyos como nada, como nadie, y entre más se enternecían entre ellos, abrieron todas las jaulas del firmamento, y liberaron a los prisioneros que el mismo Ilinin tenía entre apariencias más insólitas, su vivir y su dicha, y así todos los más confiables se hicieron desconfiados, y los hizo así con suceso y experiencia hasta que fueron dotados desde todas las manchas del mentir, entre las maravillas que emergieron entre los treinta y tres eclipses que se conjuraron, lo que el sol y la luna anhelaron hasta bombardear de ellos a cada rincón del universo en el que la última y primera jaula se hubo abierto con cordialidad y maravilla. Pero lo que se mecía entre el Ilinin y los nuevos visitantes de sus mismos quehaceres, no merecieron una necesidad de sopesar a los portuarios mismos a besarse entre ellos, más que en portentoso poderío de la tardía misma que aventuró con arribar más tarde, pero más temprano que nunca.     

Eran Mirozlaqan e Izolvanzh, los que anunciaron su propio quehacer en el mucho antes amplificado, ese que se mecía entre el puente de las providencias más acérrimas. Y Mirozlaqan e Izolvanzh marcharon ante los astros y se hicieron uno con el cielo, y lo que Ilinin construyó con sus corporeidades, fueron dos sitios santos, mismos que eran de vez en vez, de vez en cuando, visitados por todos los cleros mitificados; y por esas nuevas criaturas suyas, venideras de sus pieles ahuecadas.

Cada una de las pieles se abrió paso y las mismas se orillaron a merecer el vestir de un hilvanado mismo, merecedor de su amor, con el poderío de las más generalizadas batallas de ejemplos y de orgullos que se medían entre ellos, como nada y como nadie. Y Mirozlaqan e Izolvanzh midieron entre ellos sus anhelos y sus faltas, sobre estimadas de entre todas las promesas de las salvajadas más prometedoras, desde todas las que se pudieron ejemplificar entre ellos mismos como pieles ahuecadas con aroma a incienso, a azucena, a heraldos y a amor. Sin miramientos, verdaderas, veneradas entre ellas como lo que se prometían ser, y merecer, al arribar a sus añales más osados; una compilación de todas las eras más acérrimas.          

Buscaron en lo que se prometió el existir más allá de las cosas más preciadas, como inhóspitas, cómo venerables, y templaron un lugar en el que, de vez en vez, de vez en cuando las lámparas se hicieron parte de la escritura de sus dichas y amores más vivificados. Fueron ejemplo de tardes acaecidas por los riachuelos del saber, sabedores desde lo angelados cósmicos anhelos, precisados como lo más otorgado de las ofrendas, las prestezas, las carencias que la enfermedad misma proveniente del denominado amor, sobre pensado como las espumas de ese empozado de savia vitae que otorgó la libertad a todos los afluentes influenciados del firmamento mismo mistificado. Sobre mecido, estimulado, sublevado, decorado, desglosado como océanos de tiempo de tiempos entre los dientes venideros de esas entalladas vivas.    

Plantadas ante esas estatuas de arce de huesos, se estremeció el hilo de la mismísima vida, que entabló las latitudes de todas las costras de heridas, mecidas, concisas, entre mecidas, y es en esos dos lugares que las pieles del salvajismo y el arte se vieron estrenadas y estrenaron los demás afluentes del cosmos mitifica de lo amaestrado como nadie, como nada, como el todo mismo. Y el primer lugar fue el Ilgisgh, por el que bailarían todos los complementos más amados, y el Aegeldirr, por el que se enfrentarían las más acérrimas palabras hechas sangre y altares, y desde las que se confabularon todas las creaciones para arroparse una tarde de des tiempos, en un teatro en el que se revelaron todos los paraísos de la naturea misma mistificada.

Y fueron Mirozlaqan e Izolvanzh los progenitores de quiénes caían con desmembrados miembros. Pieles rojizas, vastas promesas, ingenuidades clarificadas, astas, colas esqueléticas, rigidez de cuellos y el amor en el que eran Mirozlaqan e Izolvanzh, los lugares mitificados del símil a la similitud, del arribar a todo lo claro, como si de las apariencias fueran clarificadas, como acérrimos ejemplificados, sobre los que se mecieron estos dos paraísos en los que se evidenció el atribulado desde los que en un cielo con nombre de poesía, mecieron todos los más engendrados sueños; de puente a puente, de poniente a poniente. Una anatomía del destello que eran Mirozlaqan e Izolvanzh, como una sola entidad en el cosmos.

Y cada cuánto, en el cuánto, ambos hacían posibles sus sueños de entereza coronada, y fueron ambos los que edificaron las edades acérrimas, como si esas mismas tuvieran que merecer el reguero de sus cleros, se encontraron cada tanto y poco en el poco, y en el poco reventaron sus pies de tanto aseverar el patinaje a sus consciencias prístinas de rectificado vívido, con el que compartieron cierto tiempo y descanso. Y en ese cosmos pactamos en el tiempo, el cosmos acallado, y en ese espacio de secuencias firmes, fue que el yo del yo conocido, emergió desde la ilustre fragancia de la vida, en la que fue lo preciado del existir lo que tejió el principio de lo, coronado por todos nosotros, entre la vigilia, entre el sueño dulcificado entre botones de lunas.                        







                                                       Agradecimientos

Vertido entre el cosmos de lo que ha renacido en mí, vestida concisa de este manto acallado de destreza submarina en la que he creado la ternura de mis propios sueños, con los que sueño, y en los que sueño, esta iniciativa de cosmogénesis de conmoción y renacimiento como nadie lo ha hecho nunca, recurre a mí para ser sueño y en el sueño mismo, vestir mi propia felicidad.        





                                                                                                              18 de octubre de 2026

Thoughts

  • MartaEspejo

    Oye, los necios del título me parecen los de las aldeas que vistieron de hueso y madera lo que antes eran lenguas. Cuando la ofrenda se vuelve estatua ya hay carnaval, y también codicia.

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  • margenDelLibro

    Los dos hermanos se cortan la lengua con un hilo de su propio pelo y la ofrecen para que la naturaleza no sea cruel con los suyos, y de esas lenguas salen después las canciones y el Carnaval. En el Génesis el mundo se hace hablando; aquí se hace entregando el habla, y eso me parece lo más fuerte del mito, o sea, que la fiesta nazca de un silencio.

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