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Noelia Sensible

Rulo1948
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Noelia había quedado sola en el mundo: sus padres habían partido en un accidente, y con ellos se fue también la calidez que antes llenaba su hogar. Se sentía desamparada, con el corazón vacío,…

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Pensamiento

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La lluvia y el eucalipto son la mejor parte para mí. Dos personas paradas en un coche sin ir a ningún lado, y de pronto ya no están solas.

La lluvia y el eucalipto son la mejor parte para mí. Dos personas paradas en un coche sin ir a ningún lado, y de pronto ya no están solas.

Contenido de la publicación

Noelia había quedado sola en el mundo: sus padres habían partido en un accidente, y con ellos se fue también la calidez que antes llenaba su hogar. Se sentía desamparada, con el corazón vacío, sedienta de cariño. Lo único que le quedaba era su automóvil, y con él empezó a recorrer el parque, sin rumbo, solo buscando no sentirse tan sola.

De pronto lo vio: un señor mayor, encorvado, con las manos hundidas en el rostro, como si cargara todo el peso del mundo. Noelia detuvo el coche y bajó la ventanilla.

—Amigo… ¿le pasa algo?

El hombre levantó la mirada, con ojos cansados y tristes.

—Nada, mija. Estoy solo, y eso pesa más que todo.

—Pase —dijo ella, abriendo la puerta—. Suba y vamos a dar una vuelta. Le hará bien.

Él dudó un instante, pero en la mirada joven y bondadosa de la muchacha encontró algo que le hizo confiar. Subió, con manos temblorosas, y se sentó junto a ella.

—Muchas gracias, niña —dijo con voz quebrada—. Me llamo Julián.

—Yo soy Noelia —le sonrió, y esa sonrisa fue como un rayo de sol en su día gris—. No se preocupe: aquí está seguro. Vamos despacio, ¿le parece?

Mientras el coche avanzaba suavemente entre los árboles, las palabras empezaron a fluir. Julián le contó de su esposa, que se había ido hacía poco; de sus hijos, que vivían lejos y apenas llamaban. Noelia le habló de la casa vacía, de las comidas que preparaba para nadie, de los silencios que dolían. Y así, entre un comentario y otro, el peso en el pecho de ambos se fue haciendo más ligero.

En eso empezó a llover, suave y tranquila. Noelia estacionó bajo un gran eucalipto, cuyas hojas los cubrían como un techo verde, y puso música lenta, de esas melodías que abrazan el alma. Con el sonido rítmico de la lluvia sobre el techo, las palabras se volvieron más íntimas, más pausadas. Se contaron miedos, sueños que creían perdidos, carencias que nunca antes habían dicho a nadie.

Sin saber cómo, la mano de Noelia rozó el rostro de Julián y se quedó allí, acariciando con ternura cada arruga, cada línea que contaba una vida entera. Él tomó sus manos entre las suyas, grandes y cálidas, y las besó con devoción, como si tocaran algo sagrado. La luz tenue, la lluvia, la música… todo los envolvió, y cuando sus miradas se encontraron, algo despertó en ambos: un sentimiento cálido, inesperado, que creían dormido para siempre. Se acercaron, se besaron despacio, con mezcla de ternura y anhelo, y el tiempo pareció detenerse.

—Me gustaría que nos tratáramos de tú —dijo Noelia, acurrucada a su lado.

—Con todo el alma —respondió Julián—. Noelia… me gusta mucho.

Ella siguió acariciándolo, sintiendo cómo su cercanía lo revivía, cómo su cariño devolvía a sus ojos un brillo que se había apagado. Julián, a su vez, sentía algo imposible: el deseo, la fuerza, la juventud que creía perdida volvían a él con fuerza, y se sentía agradecido, pleno, como si la vida le hubiera dado una segunda oportunidad.

Noelia lo miró entonces, con valentía y sinceridad:

—Julián… tengo algo que solo puedo darte a ti. Quiero que seas tú quien comparta esto conmigo, quien me acompañe en este momento. Nadie más.

Él la miró con asombro y dulzura, y le tomó las manos:

—¿Estás segura, mi niña? Piensa bien. Soy mucho mayor que tú… y no quiero que te arrepientas. Esto es algo precioso.

—Estoy segura —respondió ella con firmeza—. Tú me has devuelto la alegría. Me has hecho sentir protegida, querida, viva. Si he de entregar mi corazón a alguien, ese eres tú.

Julián la abrazó con inmensa ternura:

—Me siento honrado, Noelia. Prometo cuidarte, respetarte, quererte siempre. Si en algún momento dudas o sientes que algo no está bien, me lo dices y paramos. Sin prisa, sin presión. Solo nosotros.

—No dudo —susurró ella—. Confío plenamente en ti.

Bajo la luz suave que se filtraba entre las hojas y las gotas, se entregaron el uno al otro, despacio, con respeto y cariño. Fue un momento de ternura profunda, de descubrimiento mutuo, y ambos sintieron que algo hermoso y eterno nacía entre ellos.

—Ya soy tuya —dijo ella, acurrucada en su pecho.

—Y yo tuyo para siempre —respondió él—. Gracias por confiar en mí.

Se quedaron así, abrazados, mientras la lluvia se disipaba y el sol empezaba a caer en tonos dorados. En ese silencio cálido, Julián le tomó la mano:

—No tenemos familia que nos una… pero nos tenemos el uno al otro. Ven a vivir conmigo. Alquila tu casa, y compartiremos todo: los días, las noches, las alegrías y lo que falte. No estaremos más solos.

Noelia llenó los ojos de lágrimas brillantes y lo abrazó con todas sus fuerzas:

—¡Sí, mi amor, mil veces sí! Mañana mismo lo arreglo todo. No quiero estar ni un solo día más lejos de ti.

Julián la besó, largo y dulce:

—Seremos nuestra propia familia. Tú y yo. Construiremos todo lo que nos falte, juntos.

***

Poco después, Noelia se instaló en la casa de Julián. Todo estaba en su lugar: sus cosas, su vida, su corazón, junto a él. Esa noche prepararon la cena con velas y luces suaves, y comieron despacio, mirándose, sonriéndose, como si cada instante fuera un regalo. Después, tomados de la mano, bailaron en la sala, muy juntos, al ritmo de una melodía lenta.

Caminaron al dormitorio, y allí, sin prisa, se descubrieron por completo, con admiración y respeto. Se vieron enteros, sin secretos.

—Eres lo más hermoso que he visto —susurró Julián—. Gracias por elegirme.

—Y tú eres todo lo que siempre soñé —respondió ella—. No me sueltes nunca.

Se amaron con ternura y devoción, cuidándose, escuchándose, dándose placer y calidez. Para ambos fue algo único: Noelia sentía que por fin estaba en el lugar al que siempre había pertenecido; Julián sentía que su corazón, que creía marchito, volvía a latir con fuerza y fuego.

—Me has devuelto la vida —le dijo—. Creía que todo esto se había apagado, pero tú lo has encendido de nuevo.

—Es que me has dado tu corazón —respondió ella—, y eso hace que todo florezca.

Un día, mientras reposaban abrazados, con la luz suave de la tarde llenando la habitación, Noelia le acarició la mano y le miró a los ojos con dulzura:

—Julián… algo llevo queriendo preguntarte hace tiempo.

—Dime, mi vida —le respondió él, acariciándole el rostro.

Ella bajó un poquito la mirada, y luego lo volvió a mirar con valentía y confianza:

—Me encanta que me mires así, que me admires tal como soy… pero quiero saber lo que tú prefieres. Dime, ¿te gusta más así, con mi vello, o prefieres que me lo quite, que quede toda lisa y lampiña? Tú decides, mi amor: lo que tú quieras, así será.

Julián la miró con inmensa ternura, le tomó las manos entre las suyas y le respondió con voz clara y sincera:

—Noelia, mi amor hermoso… escúchame bien: para mí eres perfecta tal como estás, y me encanta verte natural, plena, entera. Ese vello tuyo es parte de ti, de tu juventud, de tu frescura, de todo lo que te hace ser tú. Me parece precioso, auténtico, lleno de vida. Verlo me llena de admiración y deseo. No necesitas cambiar nada para mí. Pero quiero que sepas algo: lo que más me importa es lo que te haga sentir bien a ti, cómoda, feliz. Si tú prefieres quitarlo, lo harás y te seguiré amando igual. La decisión es tuya, mi cielo. Yo te quiero a ti, tal cual seas.

Noelia sonrió, con los ojos brillantes de emoción, y se acercó para besarlo:

—Entonces me quedo así, tal como soy… porque me hace feliz que te guste, y porque tú me has enseñado a amarme entera. Gracias por quererme de verdad.

Y así, entre risas y caricias, se dejaban llevar por esa confianza que solo ellos tenían. Julián, con esa delicadeza que lo hacía tan especial, parecía un niño encantado descubriendo algo hermoso y sagrado. Con mucho cuidado, tiraba suavemente de un mechón de vello de Noelia, y luego de otro, con dedos tiernos y curiosos, admirando cada detalle de ella.

Noelia soltó una risita, suave y alegre, sintiendo sus caricias como cosquillas llenas de cariño. Para vengarse, con la misma dulzura y sin hacerle daño, se acercó y mordió muy suavemente el miembro de su hombre, solo lo suficiente para que sintiera el toque de sus labios, tierna y juguetona a la vez.

Julián soltó un suspiro entre sorpresa y deleite, y acarició su cabello con amor:

—¡Ay, mi Noelia traviesa… así me pagas, ¿verdad?

Ella levantó la mirada, sonriendo, y de morder suavemente pasó a besarlo despacio, recorriéndolo desde la cabeza hasta el tronco, con la lentitud y el cariño de quien adora cada parte de su hombre. Con la lengua trazaba círculos suaves, atenta a cada suspiro suyo.

Julián la miraba, con la respiración entrecortada, embelesado por su ternura y su entrega. No pudo resistir más: la atrajo hacia sí con suavidad y, guiándola con cariño, introdujo suavemente en su boca. Noelia lo recibió sin dudar, acogiendo todo de él con generosidad y devoción. Julián sintió la calidez de su boca, y en poco tiempo llegó al final.

Cuando todo pasó, Noelia levantó la mirada, con los labios aún húmedos, y sonrió con satisfacción:

—Tienes un sabor tan rico… —le dijo con voz suave—, sabes delicioso, con ese toque salado que me gusta tanto. Me encanta todo de ti, Julián.

Con el paso de los meses, Julián había revivido por completo: se veía más joven, con la piel más sana, los ojos más brillantes, fuerte y lleno de energía. La buena comida, el cariño de Noelia y también unas hierbas lo habían devuelto a la plenitud de sus mejores años. Su virilidad era firme y constante, siempre lista para ella, respondiendo con fuerza al amor que le entregaba. Y lo mismo le ocurría a Noelia: florecida, sana y dichosa, su cuerpo respondía siempre, cálido y dispuesto. Así disfrutaban, sin cansarse nunca: con sus bocas, y también en cada entrada de ella, explorando juntos las formas de unirse, de entregarse, de sentirse uno solo.

Un día, descansando juntos, Julián la abrazó y le acarició el rostro:

—Noelia… quiero preguntarte algo, y quiero que seas totalmente sincera conmigo. ¿Qué es lo que más disfrutas del sexo?

Noelia se quedó un instante pensando, y luego le habló con voz clara y dulce:

—Lo que más disfruto no es una sola cosa… es todo junto. Me encanta cuando me besas y me acaricias despacio. Me llena de felicidad cuando usamos la boca. Me fascina cuando entras en mí, en la primera entrada, porque ahí siento que nos fundimos en uno solo. Y también me emociona mucho cuando vamos por la otra entrada, más íntima y reservada, porque ahí siento que me conoces entera. Pero si tengo que elegir lo que más me llena… es saber que te hago revivir, que conmigo vuelves a sentirte joven, fuerte, entero. Ver que disfrutas, que te deleitas conmigo… eso es lo que más me hace feliz. Todo lo que compartimos es hermoso, pero lo que de verdad amo es hacerlo contigo, solo contigo.

Cuando terminó de hablar, Noelia le acarició la mejilla y le preguntó con suavidad:

—Y tú, mi amor… ¿qué es lo que más disfrutas tú de mí?

Julián la miró con ojos encendidos de deseo y ternura, y le respondió sin reservas:

—Me vuelves loco, Noelia, de principio a fin. Lo que más me enloquece es tu intimidad: cómo se siente, suave y acogedora, siempre lista para mí, tan húmeda y cálida… y ese olor tuyo, tan natural, intenso y rico, que me atrapa y me hace perder la cabeza. Y también me fascina tu puerta trasera: tan dulce, tan mía, tan íntima… me llena de orgullo y de placer poder entrar ahí. Pero si hay algo que amo por encima de todo… es el sesenta y nueve: tú y yo, boca con boca, dándonos placer al mismo tiempo. Y sobre todo, poder acabar dentro de ti, dejando todo lo mío ahí, dentro de lo más tuyo. Sentirte recibirme, y saber que somos uno solo… eso es lo más hermoso. Eres todo para mí, Noelia. Todo tuyo soy.

Noelia lo escuchaba embelesada, con los ojos brillantes de felicidad, y se acercó para besarlo con pasión:

—Me encanta saberlo… me encanta que te guste todo de mí. Soy toda tuya, Julián.

***

Con el tiempo, todo cambia, y hasta lo más hermoso tiene su hora. Un día, Julián cayó enfermo. Le quedaban pocos días, lo justo para despedirse bien, sin prisa, con el corazón en la mano. Antes de que la fuerza lo abandonara, le pidió a Noelia que se sentara a su lado, le tomó las manos entre las suyas y le dijo:

—Noelia, mi vida, mi luz… tú me has dado lo más hermoso que existe. No quiero irme sin que seamos uno ante todo. ¿Quieres casarte conmigo? Quiero que seas mi esposa, para siempre.

Noelia sintió que el corazón se le partía en mil pedazos, pero lo miró con amor inmenso y asintió, con lágrimas que le recorrían las mejillas:

—Sí, Julián… mil veces sí. Seré tuya mientras viva, y más allá.

Se casaron en su propia casa, en la calidez del hogar que habían construido juntos. Esa noche, se amaron como nunca antes: despacio, con ternura infinita, sabiendo que era la última vez que sus cuerpos se fundirían así. Se dijeron todo lo que sentían, se prometieron recordarse siempre, y cuando el sueño los venció, quedaron abrazados, en una paz profunda.

A la mañana siguiente, Julián no despertó. Tenía el rostro sereno, en paz, como si estuviera durmiendo un sueño dulce y largo. Noelia lloró entonces, con un llanto hondo y sincero, acompañándolo hasta su última morada. Lo despidió con todo el cariño de su alma. Esa etapa de su vida había terminado. Se quedó un momento en silencio, mirando el camino, y dio gracias: gracias a Julián por haberla amado, por haberla hecho sentir viva, por haberle enseñado lo que es el amor de verdad. Y entonces, con el corazón lleno de recuerdos hermosos, emprendió el regreso, llevándolo siempre con ella, en cada latido, en cada sonrisa que volvería a nacer en su rostro.

💛

Thoughts

  • lecturaDeNoche

    La lluvia y el eucalipto son la mejor parte para mí. Dos personas paradas en un coche sin ir a ningún lado, y de pronto ya no están solas.

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  • jmCastaneda

    Hace años una señora me pidió que la dejara en una parada que no era la suya. Bajó, se sentó en el banco de al lado de un señor mayor y se quedó ahí conversando. Cuando volví a pasar a las seis seguían los dos igual. Nunca supe nada más de ellos. Noelia frenando el carro para preguntarle a un desconocido me devolvió esa parada entera.

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  • Nuria

    Julián diciendo que estar solo pesa más que todo lo he oído casi con esas palabras. Un hombre de noventa y uno me lo dijo un martes, mientras le ponía los calcetines, y luego se puso a hablar de un coche que tuvo.

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  • Baltasar

    Un vecino mío quedó viudo a los sesenta y ocho y se sentaba todos los días en la plaza con la misma chaqueta, a la misma hora. Nunca le pidió nada a nadie. Una tarde una señora se le sentó al lado y le habló del pasto y de los perros, y a la semana el hombre volvía a peinarse antes de salir. Julián sentado en ese parque es ese vecino mío clavado. Lo primero pasa más seguido de lo que uno cree.

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  • Ovid

    Julián contando que sus hijos viven lejos y casi no llaman me hizo pensar en la cantidad de gente mayor que entra aquí sin conocer a nadie y se queda leyendo en silencio. Apuesto a que a más de uno le va a tocar esta historia por ahí, por el hombre sentado en el parque con las manos en la cara.

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