En el interior del departamento prestado de un bolchevique, en la inmensidad del sillón, custodiados por libros revolucionarios, sentenció:
—Franco, te falta under…
Lo dijo mientras bebía ron en el filo de la ventana abierta. Febrero derretía la ciudad y el aire acondicionado rugía inútil contra el calor. Yo miré los lomos gastados de Marx y de Walsh apilados junto al cenicero y pensé que quizá tenía razón, o quizá sólo buscaba herirme con elegancia.