Durante mucho tiempo intenté convencerme de que, si alguien no me elegía, quizá era porque todavía tenía miedo, porque no era el momento, porque necesitaba tiempo o porque algún día las cosas podían cambiar.
Y mientras buscaba explicaciones para sus decisiones, dejaba de mirar algo mucho más sencillo: sus acciones.
Me decía que tal vez sentía lo mismo que yo, solo que no sabía demostrarlo. Que quizá algún día se daría cuenta de lo que tenía delante. Que debía tener paciencia, esperar un poco más y no rendirme tan rápido.
Pero llegó un momento en el que entendí que también estaba siendo injusta conmigo.
Porque una cosa es comprender que alguien tenga sus propios tiempos, sus dudas o sus razones, y otra muy distinta es quedarme esperando mientras yo misma intento convencerme de que algún día será diferente.
No necesitaba que esa persona fuera mala para aceptar que no me estaba eligiendo. Tampoco necesitaba dejar de quererla para reconocerlo.
A veces la verdad no llega en forma de una despedida. Llega cuando te das cuenta de que llevas demasiado tiempo interpretando señales, justificando silencios y construyendo esperanzas sobre cosas que nunca llegaron a suceder.
Y ahí fue cuando tuve que decirme algo que durante mucho tiempo no quería escuchar:
“No te mientas a ti misma.”
No porque el amor siempre tenga que ser perfecto ni porque quien te quiera tenga que ponerte por encima de absolutamente todo. Todos tenemos circunstancias, prioridades y decisiones que tomar.
Sino porque cuando alguien realmente quiere construir algo contigo, tarde o temprano sus acciones también empiezan a hablar.
Y yo ya no quería seguir enamorándome de lo que podría ser mientras ignoraba lo que realmente estaba siendo.
A veces aceptar que no te eligieron duele muchísimo más que seguir esperando. Pero también puede ser el comienzo de algo importante: dejar de preguntarte qué te faltó para que alguien se quedara y empezar a preguntarte por qué estabas dispuesta a conformarte con tan poco cuando tú también merecías ser elegida con claridad.
Quizá esa fue una de las cosas más difíciles que tuve que aprender: no todo lo que deseo está destinado a suceder, y aceptar eso no significa que yo haya sido insuficiente.
A veces simplemente significa que tengo que dejar de esperar una elección que nunca llegó y empezar, por fin, a elegirme a mí.