Durante mucho tiempo pensé que para saber lo que alguien sentía por mí tenía que preguntárselo.
Necesitaba escuchar palabras que me tranquilizaran. Quería saber qué significaba para esa persona, si realmente le importaba, si pensaba en mí, si quería que siguiera formando parte de su vida.
Y cada vez que aparecía una duda, buscaba una respuesta.
Pero con el tiempo entendí algo que me costó aceptar: muchas veces estaba preguntando cosas cuyas respuestas ya estaban delante de mí.
Porque las palabras pueden decir muchas cosas.
Una persona puede decirte que le importas y, al mismo tiempo, hacerte sentir que eres una opción.
Puede prometer que estará ahí y desaparecer cuando más la necesitas.
Puede decirte que no quiere perderte, pero tampoco hacer nada para cuidarte.
Y yo aprendí que, cuando existe una contradicción constante entre lo que alguien dice y lo que hace, no debería quedarme únicamente con lo que quiero escuchar.
Debería observar.
Observar cómo me trata cuando no necesita nada de mí.
Cómo me habla cuando está molesto.
Si respeta mis límites.
Si cumple lo que promete.
Si se interesa por cómo estoy sin que yo tenga que pedirlo.
Si sus acciones coinciden con todo aquello que me dice cuando estamos bien.
Porque el cariño no solamente aparece en las palabras bonitas.
También está en los pequeños detalles, en la consideración, en el respeto y en la manera en que alguien decide tratarte incluso cuando nadie lo está obligando.
Y eso fue algo que tuve que aprender por mí misma.
Dejé de buscar tantas explicaciones y empecé a prestar más atención a cómo me sentía después de estar con ciertas personas.
Si me sentía tranquila o constantemente confundida.
Si podía ser yo misma o tenía que estar pensando cada palabra.
Si sentía reciprocidad o siempre terminaba preguntándome si estaba dando demasiado.
A veces la respuesta que tanto buscamos está en la forma en que alguien nos hace sentir.
No porque podamos leer la mente de nadie, sino porque las acciones repetidas también comunican.
Y desde entonces intento recordar algo:
No necesito perseguir una explicación cada vez que alguien me hace dudar de su lugar en mi vida.
Puedo observar.
Puedo escuchar.
Puedo dejar que el tiempo me muestre lo que las palabras todavía intentan esconder.
Porque al final, alguien puede decirme exactamente lo que quiero escuchar.
Pero la manera en que decide tratarme todos los días termina diciendo mucho más.
Y quizá madurar también fue aprender esto:
No siempre necesitas hacer más preguntas. A veces necesitas mirar con más atención las respuestas que ya tienes delante.