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No Ponga a Barrer al Niño, Que Eso es Trabajo de Mujeres

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Un manifiesto del Viejo Vago sobre la escoba, la hoguera y la mujer invisible

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No Ponga a Barrer al Niño, Que Eso es Trabajo de Mujeres

Un manifiesto del Viejo Vago sobre la escoba, la hoguera y la mujer invisible

Hay frases que se escuchan en la infancia y se quedan alojadas en el pecho, como una astilla que duele cada vez que uno se mueve. A mí me despertó una de esas, en plena madrugada, como un grito de otro tiempo: "No ponga a barrer al niño, que eso es trabajo de mujeres."

Me quedé pensando, con los ojos abiertos en la oscuridad, en todo lo que carga esa sentencia. No es una simple orden de un viejo ignorante. Es un fósil. Es la "plaga" entera metida en una frase de cocina. Ahí está el machismo, el clasismo y la discriminación, apretados en una sola línea, como tres venenos destilados durante siglos.

El machismo es el primero en escupir. Barrer es trabajo de mujeres, dice. Como si la mujer fuera una casta inferior, nacida para lo que el hombre no quiere tocar. Le enseñan al niño que ser hombre es estar por encima. Y a la niña, que su lugar es el suelo.

El clasismo es el segundo. Barrer es de pobres, de sirvientas, de los de abajo. Es un trabajo indigno, que ensucia las manos, que no es para "gente bien". Y así, la "plaga" le mete al niño la idea de que el valor de una persona se mide por el oficio, no por el alma.

La discriminación es la condena final. La mujer no solo es inferior por ser mujer: su trabajo también es inferior. Es doblemente despreciada. Es el último eslabón de una cadena que se llama desprecio.

Y yo me pregunto, ¿qué mundo hemos construido sobre semejante mentira?


La Mujer Invisible

Porque hay que hablar de la mujer invisible. Esa que no sale en los libros, ni en las estatuas, ni en las listas de los "importantes". La que se levanta antes del sol, prende la estufa, alista los cuadernos, cura la fiebre, escucha los silencios, llora a escondidas para no preocupar.

La que no cobra sueldo, la que no toma vacaciones, la que no recibe condecoraciones. La que barre, cocina, lava, cría, y al final del día, se acuesta sin que nadie le diga: "gracias, descansa".

Esa mujer es la que ha sostenido el mundo. Mientras los hombres jugaban a la guerra, ella sembraba la paz en la cocina. Mientras ellos escribían tratados, ella enseñaba a hablar a los hijos. Mientras ellos se repartían el botín, ella repartía el pan.

La mujer es la columna de la humanidad. Y sin ella, todo se derrumba.


La Hoguera de la Sabiduría

Y por eso la historia de la mujer es una historia de fuego. Porque a la mujer sabia la llamaron bruja. Y la quemaron.

La iglesia no quemaba brujas. Quemaba conocimiento. Quemaba amor. Quemaba ternura. Quemaba alivio para todos los males.

Aquellas mujeres no tenían pactos con el diablo: tenían pactos con la vida. Eran las curanderas, las parteras, las que conocían las hierbas para bajar la fiebre, para calmar el dolor, para traer niños al mundo. Eran las médicas de los pobres en un mundo donde el médico era un privilegio de ricos.

Y justo por eso las mataron. Porque su saber era un contrapoder. Porque una mujer que sabe sanar no necesita arrodillarse ante el sacerdote ni pagar al boticario. La alianza del trono y el altar vio en ellas una amenaza. Y las convirtió en chivo expiatorio: "brujas".

Las quemaron, las ahorcaron, las torturaron. No por endemoniadas, sino por sabias. Y mientras las llamas consumían a la curandera, el conocimiento de siglos se convertía en ceniza. La botánica, la medicina natural, la ginecología popular... todo se retrasó. Se retrasó la ciencia. Se retrasó el arte. Se retrasó el progreso del mundo.

Y lo más terrible es el porqué: el miedo y la envidia. El hombre intoxicado por el machismo no podía soportar que una mujer supiera más que él, que tuviera un poder que no nacía de la espada, sino de la vida. Por eso las llamó brujas. Porque era más fácil quemarlas que aprender de ellas.

Estos ángeles eran muy superiores a nosotros los hombres. Y por esa superioridad, la hoguera. Porque es difícil aceptar que la mujer es la que sostiene el cielo cuando el hombre se cae. Porque es difícil aceptar que la mano que mece la cuna es la que detiene el caos.








El Pájaro Herido

Y claro, las excepciones son pocas. Hay mujeres que, después de tanta jaula, al salir no cantan: aletean con rabia, con revanchismo. Y yo las entiendo. Porque cuando un pájaro pasa mucho tiempo encerrado, cuando le arrancan el cielo y le imponen el silencio, la libertad, cuando llega, no siempre se celebra con serenidad.

Eso no es un defecto de la mujer: es la herida de la jaula. La "plaga" no solo encierra, siembra el dolor que luego llama "defecto". Y aun así, las excepciones son pocas. La mayoría de las mujeres heridas no se vuelven verdugas: se vuelven madres que rompen la cadena, abuelas que cosen lo roto, hijas que no repiten el desprecio.

Porque la mujer no nace revanchista: se vuelve revanchista cuando le roban demasiado. Y todavía así, elige el pan.


La Prostituta y el Verdugo

Y hay que decirlo, por incómodo que sea: la prostitución de la mujer es, en su mayoría, una herida causada por el hombre. No hablo de la mujer que se vende por capricho; hablo de la que fue empujada por el hambre, por el abuso, por la indiferencia. Detrás de cada mujer prostituida hay un hombre que paga, un sistema que la usa y una sociedad que la señala.

La "plaga" convirtió el cuerpo de la mujer en la mercancía más antigua y más sufrida. Y hoy, con la "Religión del Algoritmo", la explota con nuevas herramientas: la pornografía, la trata digital, la soledad. La mujer no es el pecado; es el espejo donde el machismo se mira sin vergüenza.

Por eso, cuando le enseñes a tu hijo a no despreciar la escoba, enséñale también a no comprar el cuerpo. Porque el que compra el cuerpo de una mujer, también le compra el alma. Y el alma de una mujer no tiene precio. Tiene memoria.


Las Colosas Sin Permiso

Y sin embargo, a pesar de todo, hay mujeres que rompieron la jaula. Hipatia de Alejandría, filósofa y matemática, descuartizada por una turba fanática. Sor Juana Inés de la Cruz, la monja que desafió a la Inquisición con su pluma. Olympe de Gouges, que escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y murió en la guillotina. Frida Kahlo, que convirtió el dolor en color. Malala, la niña que ganó un Nobel por defender la educación. Rigoberta Menchú, la voz de los que no tienen micrófono. Rosa Parks, la costurera que se negó a ceder su asiento y encendió una revolución. Juana de Arco, la campesina que lideró ejércitos y fue quemada viva.

Pero también están las anónimas: la abuela que repartía pan, la madre que criaba sin voz, la esposa que sostiene sin corona. Esas son la verdadera columna de la humanidad. La "plaga" las silenció, pero no las venció.

Porque la ternura es la revolución que no se rinde.


La Esperanza del Viejo Vago

Y ahora, la pregunta: ¿qué hacemos con la escoba?

La escoba no es un símbolo de sumisión, es un símbolo de dignidad. Porque limpiar es un acto de amor: se limpia lo que se quiere, se cuida lo que se habita.

Cuando le enseñe a mi nieto a barrer con amor, le estaré regalando la única libertad que no se compra. Le estaré diciendo que no hay trabajo indigno, que no hay mujer inferior, que no hay hombre superior. Le estaré enseñando que el mundo se sostiene con las manos de todos, no con la soberbia de unos pocos.

Y cuando él crezca, y tenga hijos, y les enseñe lo mismo, la cadena se habrá roto. Porque la revolución más grande no está en los palacios, está en la cocina. No está en los discursos, está en la escoba.

La mujer no es el sexo débil. Es el sexo fuerte. Porque su fuerza no está en el grito, sino en el silencio. No en la espada, sino en la cuna. No en la venganza, sino en el perdón.

Y quien no entienda eso, no ha entendido nada de la vida.

Y por último, una recomendación final: amen, cuiden y respeten a esas dadoras de amor y de vida. Porque sin ellas, no habrá barranca que nos ataje en el precipicio de la desazón. La mujer no es un adorno; es la orilla que nos salva de la caída."


Autor: El Viejo Vago




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