El monstruo de datos
El monstruo de datos cruzó la dimensión un poco por aburrimiento y otro poco por un plan ideado en su cabeza.
Le gustaba molestar a sus compañeros y llamar la atención.
Era una característica común entre ellos: provocarse, desafiarse, probar su valía o la velocidad de respuesta frente a determinadas costumbres.
Molestar humanos era, en parte, una actividad recurrente.
Por eso el monstruo de datos cruzó.
Vaya sorpresa se llevó.
Se encontró con numerosas víctimas.
¿Cómo lo hacía?
Bueno, miraba fijamente a quienes estaban usando el celular. Desde ahí procesaba sus cerebros hasta pudrirlos, nutriéndose de los datos de sus teléfonos.
La escena era de un horror indescriptible.
Las personas terminaban infartadas, sin ojos. De sus bocas salían secuencias de energía y datos absorbidas por el monstruo.
Después de cobrarse varias víctimas, se movía tranquilo por los caminos hasta que se topó con alguien extraño: una persona que no solo no usaba tecnología, sino que además vivía sola en una casita dentro de un bosque.
Lo que ocurrió fue una sorpresa que no esperaba.
El monstruo lo miró fijamente.
El hombre también lo miró.
Y empezó a hacerle preguntas.
-¿De dónde salís?
-¿Qué hacés acá?
-¿Tenés casa?
-¿Sos fan de los fideos con manteca?
Preguntas y más preguntas.
El monstruo comenzó a marearse. No solo no podía apartarlo con la mirada, sino que además los datos no lo atacaban.
Así que sacó su espada.
El hombre sin tecnología lo miró sin entender demasiado, pero comprendió que estaba siendo amenazado. Entonces agarró un palo pesado con una punta de hierro.
-Vete. No me gusta la agresión -dijo.
El monstruo hablaba, pero el hombre no entendía nada de lo que decía.
Entonces le golpeó la cabeza una y otra vez hasta que el monstruo logró tomarle el brazo.
Entonces ocurrió algo peor.
Se fusionaron.
El hombre y el monstruo quedaron unidos en una sola criatura deformada.
Cuatro ojos mitad monstruo mitad humanos. Un rostro con pómulos bien pronunciados. Una nariz muy afilada, una boca duplicada.
La sangre roja convivía con un fluido viscoso eso hacia los movimientos más lentos.
Aparte tenía cuatro brazos también
Cuatro piernas.
Un pecho enorme.
El monstruo sentía pensamientos humanos.
El hombre escuchaba secuencias infinitas dentro de su cabeza.
Ya no podían separarse.
Entonces el monstruo entró nuevamente a su dimensión.
Las criaturas de datos se quedaron observándolo en silencio.
Porque aquello ya no era uno de ellos.
Pero tampoco era humano.
Era algo nuevo.
Algo nacido por accidente.
Y respiraba.
Una contradicción en si misma.
Esto es increíble e inaudito», dijo el monstruo de las reflexiones y las mentiras.
El tipo sale por aburrimiento y se fusiona con un humano. Mira que hay cosas, eh, ¡hay cosas, eh! Podría haber ido por un buen trago de agua de cloaca con anís. A ver, a ver, venía mareado... No fusionado.
El monstruo de la meditación reía bajito.
-Así como lo ven -comentó el primero-, es el monstruo más poderoso. Medita, sí, pero cuando sale de la meditación su energía es la más impresionante. Es el jefe real.
El monstruo de al lado dijo:
-Me imagino que el jefe de esta dimensión sabe lo que pasó, lo vio y no hizo nada. ¿De qué sirve tener un jefe de nivel que no hace nada por nosotros? ¿Ahora qué vamos a hacer, hablar y decirle: «Cheee, se escapó un monstruo e hizo diabluras»? ¿Qué piensas? Seguro que le convenía.
El monstruo meditador descruzó las piernas y se paró.
-Vamos -dijo.
-¿A dónde?
-A hablar con el jefe.
Subieron en silencio, bajaron, subieron y llegaron a la plataforma donde estaba el jefe. Se bajó para que lo pudieran ver; múltiples ojos miraban.
-Hijos míos -dijo el jefe-, ¿a qué se debe su visita?
El monstruo meditador, llamado Shiban, habló:
-El monstruo de datos salió por acá sin autorización, se fusionó con un humano y entró a la dimensión así... ¿Qué piensas hacer? ¿Qué va a pasar con la parte humana?
-La parte humana ya no existe...
-¡Eso no es cierto! -tronó Shiban-. Entró con la parte humana, comparte sus pensamientos y vivencias. La única forma de sacarle una parte es venciéndolo en una batalla, así la parte humana se irá.
El jefe meditó.
-¿Te ofreces?
-Claro.
-Muy bien, entonces a los preparativos. ¡Batalla! ¡A ver quién se vuelve humano!
Un monstruo dijo:
-Propongo diferentes niveles porque Shiban es muy poderoso, no puede combatir en la primera vez. Debería pelear al final. ¡Un torneo de batallas quiero! Así dejan de salir de la dimensión a buscar problemas en el mundo de los humanos.
Muchos rieron.
-¡Una batalla sin fin! Y chau, problema resuelto.
-Los monstruos nos cansamos y dormimos -acotó un monstruo llamado Gungun-. Créeme, hermano, no quieras pelear eternamente.
El Jefe dijo:
-¡Silencio! Shiban debe enfrentar solamente a este híbrido. Si lo consigue, está zanjada la cuestión; si no lo consigue, es porque el monstruo venció y no sabemos a qué altura estamos sometidos a cosas raras que no podemos ni predecir. Nuestro mundo quedará en jaque.
Shiban dijo:
-Cuando salió al mundo humano no lo detuviste, tenías formas. ¿Por qué? Quizás te convenga este caos armado. Quizás vos estás aburrido... Bueno, te propongo algo: después de vencer a ese monstruo, seguís vos. Y ese Gungun no me agrada.
Enseguida los monstruos dividieron favoritismos. Unos por el híbrido, otros por Shiban. Había apuestas: ¡anís cloacal en litros para el que ganara!