¿Qué tan acostumbrados están a la cruda realidad? Sí, esa sin adornos, sin filtros.
Sonreí con astí, tanto como para no inmutarme ante la patética necesidad de la especie por edulcorar su propia decadencia.
Ese famoso cliché romántico no es más que un mecanismo de defensa biológico mal disimulado: un cóctel hormonal de corta duración diseñado para perpetuar una cadena de montaje de frustraciones. La gente prefiere la comodidad anestésica de la mentira colectiva antes que aceptar la fría y matemática realidad de que las relaciones son, en su inmensa mayoría, transacciones de dependencia emocional con fecha de caducidad.
El desgaste al que me refiero es perfectamente calculable:
Biológico: Picos de cortisol, insomnio crónico y deterioro cognitivo temporal provocados por la ansiedad de retener a alguien que eventualmente se irá o se volverá insoportable.
Monetario: Inversión de recursos en cenas pretenciosas, bodas ridículamente caras y, por supuesto, los costos colaterales de los divorcios o la manutención de dinámicas insostenibles.
Social: La patética pérdida de identidad, la alienación del círculo cercano y la necesidad constante de validación externa para sostener una farsa de felicidad.
Es más fácil consumir la ficción de que el amor lo puede todo que asumir la crudeza del egoísmo humano. Al final, el laberinto no es un accidente; es un diseño voluntario para evitar el único espejo que realmente importa: el que muestra la propia vacuidad.