El buu en el pasillo, justo cuando pasaba la camilla. Cuidarla a base de una mueca, a esas horas, me ha dejado un rato quieta.
No me dejes aquí
Toda una semana lejos de casa. En el trabajo de Ernesto había temporadas en las que tenía que viajar lejos, pues su empleo era el de inspector en estaciones de servicio, y esa semana le había tocado…
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Pensamiento
El buu en el pasillo, justo cuando pasaba la camilla. Cuidarla a base de una mueca, a esas horas, me ha dejado un rato quieta.
Contenido de la publicación
Toda una semana lejos de casa. En el trabajo de Ernesto había temporadas en las que tenía que viajar lejos, pues su empleo era el de inspector en estaciones de servicio, y esa semana le había tocado ir hasta Tepic, a unas diez horas de la ciudad donde vivía. Su carro, aunque era de un año reciente —2025—, no era la maravilla que muchos imaginaban: la suspensión era muy dura y, cuando necesitaba rebasar, el motor respondía con lentitud. Por eso, por más corto que fuera el trayecto, siempre se convertía en una pesadilla.
En el camino de regreso, ya con la carretera vacía y la mente en blanco por el cansancio, Ernesto pensó en su mamá, como le pasaba casi siempre que manejaba solo tantas horas. Hacía días que no la visitaba, solo llamadas rápidas de cinco minutos entre pendiente y pendiente. En cuanto llegue le marco, o mejor la voy a ver, pensó, y como tantas otras veces, el pensamiento se le perdió entre el sueño y las ganas de llegar a su cama. Llegó agotado del viaje.
Ya en casa, y una vez repuesto del cansancio del camino, Ernesto se sentó a comer junto a su esposa, Valeria. Hablaron de cómo había sido la semana sin él. Todo indicaba que ella había tenido problemas con la lluvia: el miércoles había azotado una tormenta eléctrica, y como era de esperarse, los fuertes vientos habían tirado la luz.
—Tardó mucho en volver —dijo ella, mientras volteaba a ver que la llave del fregadero ya no dejaba salir agua—. Y también se fue el agua.
—¿En la tormenta también se fue el agua? —preguntó Ernesto.
—No, no se fue. Eso fue lo que más raro me pareció.
—Qué bueno, entonces —respondió él.
Más tarde, cuando el sol comenzó a bajar —en esa época las temperaturas en la ciudad superaban los cuarenta grados—, Ernesto y Valeria salieron al centro a ver lavadoras: la que tenían se había descompuesto meses atrás, y lavar a mano con ese calor era casi imposible. Encontraron precios buenos, pero los descuentos eran solo para clientes con tarjeta de la tienda, y por deudas anteriores a ellos no se la habían aprobado.
—Sabes —dijo Ernesto—, la única que podría ayudarnos es mi mamá. Ella tiene tarjeta y nunca ha tenido problemas de pago. Nosotros pagamos todo, claro. ¿Cómo ves?
Valeria bajó la mirada y suspiró. Conocía bien a su suegra: una mujer que solía decir "sí, los ayudo" y luego, en el momento decisivo, se negaba, como había pasado años atrás con la batería del carro, cuando se ofreció a comprarla y después alegó que no tenía dinero, aunque ambos sabían que sí. No quería volver a pasar por esa vergüenza, pero tampoco había otra opción.
Ernesto le marcó. Su mamá propuso que fueran a lavar a su casa, pero él se negó: vivían a cinco kilómetros de distancia, y el gasto de gasolina saldría más caro que la lavadora misma. Después de insistir un rato, ella aceptó. Antes de colgar, Ernesto le recordó algo que ya era casi una costumbre entre ellos:
—Oye, mamá, cierra bien el patio y el tragaluz, y no olvides quitar la tapa del registro del drenaje. Ya sabes que se inunda; así, si llueve, no vas a tener que hacerlo de madrugada y bajo el agua.
La casa de su mamá estaba en una zona baja, donde las lluvias fuertes colapsaban el drenaje con facilidad.
—Sí, lo voy a hacer, no te preocupes —respondió ella.
Terminada la llamada, Ernesto y Valeria salieron de la tienda. El cielo ya se había puesto oscuro, cubierto de nubes grises que se acercaban rápido. En casa, ambos se apresuraron a meter las cosas que tenían en el patio antes de que la lluvia las dañara. Cuando el reloj marcaba las ocho de la noche, Valeria empezó a preparar la cena.
—Métete a bañar —le dijo a Ernesto—, no vaya a ser que se vaya la luz con la lluvia.
Apenas salió del baño, el cielo se abrió por completo. Cayó una lluvia intensa, acompañada de truenos y relámpagos. Un trueno particularmente fuerte hizo vibrar las ventanas y puertas de la casa, y asustó a Valeria justo en el instante en que la luz se fue, como si alguien hubiera bajado el interruptor. Ernesto corrió al cuarto por una lámpara para iluminar un poco la sala, donde Valeria esperaba, todavía nerviosa.
La lluvia no daba tregua. Se escuchaban las gotas golpear con fuerza el árbol de limón del patio, el viento sacudiendo una lámina a lo lejos, y el ruido de cosas pesadas moviéndose sin que nadie supiera de dónde habían salido, como si el viento las arrastrara igual que hojas de papel. Pasaron las horas. El viento fue perdiendo intensidad, pero la lluvia siguió cayendo con la misma fuerza del principio, sin detenerse.
Ya muy entrada la noche —las dos de la madrugada marcaba el reloj—, la lluvia y el viento por fin cesaron. Valeria respiró aliviada.
—Gracias a Dios, ya dejó de llover —dijo.
A lo lejos aún se veían destellos de truenos y relámpagos. Con la lámpara casi sin batería, porque no la habían puesto a cargar, y la luz sin regresar, todo estaba a oscuras: la calle, las casas, apenas iluminadas por una que otra vela encendida en alguna ventana.
—Oye —dijo Ernesto en voz baja—, ¿le marco a mi mamá para saber cómo está?
—¿Para qué la molestas? —respondió Valeria—. Si está dormida la vas a despertar, y se va a asustar y no va a poder volver a dormir. Y si está despierta, que lo dudo, la vas a preocupar. Mejor le marcamos en la mañana.
—Sí, está bien —dijo Ernesto.
En ese momento regresó la luz a la colonia. Los dos se pusieron la ropa de dormir —con la oscuridad no habían tenido tiempo de cambiarse antes— y, ya en la cama, se dijeron:
—Buenas noches. Gracias a Dios que ya todo pasó.
Ninguno de los dos imaginaba que, a la mañana siguiente, todo se volvería aún más pesado que la tormenta misma. Días de cansancio y estrés acumulado estaban a punto de llegar a su límite.
—Le voy a marcar a mi mamá —dijo Ernesto.
Una, dos, tres, cuatro, cinco llamadas. Nadie contestó. Miró la hora y pensó que tal vez había salido al patio a limpiar los estragos de la lluvia, así que dejó de insistir. Pasaron dos horas y volvió a intentarlo: una, dos, tres, cuatro, cinco llamadas más, otra vez sin respuesta. Algo por dentro empezó a inquietarlo. Su mente comenzó a jugar ese juego que nadie quiere jugar: ¿le habrá pasado algo grave a mi mamá? ¿Le dio un infarto? ¿Se cayó y se golpeó la cabeza? Tantos pensamientos se le agolpaban que un desespero fue tomando todo su cuerpo, hasta sentir las piernas flaquear, y un nervio recorriéndolo entero solo con imaginar que algo malo le hubiera pasado a su madre.
Pasadas las once de la mañana, Valeria y Ernesto salieron rumbo a casa de su mamá para averiguar por qué no contestaba. Ninguno de los dos imaginaba la escena que estaba por encontrarlos al abrir esa puerta, una imagen que desde ese día quedaría solo como un recuerdo doloroso.
Al abrir, Ernesto alcanzó a ver unas piernas: una estirada, la otra semidoblada. El corazón empezó a latirle cada vez más fuerte con cada paso que daba, mientras su mente repetía: no, no, no, no, Dios, no. Al llegar hasta ella, pudo ver el cuerpo de su madre tendido en el piso.
—Gracias a Dios —dijo en voz alta—. Mamá, ¿estás bien?
—No —respondió ella, con una voz débil, cansada, triste.
—Me caí —logró decir, como si esas palabras fueran un grito guardado durante horas, ahí en el suelo, sin que nadie la escuchara.
—Pero ¿cómo pasó? Dime —insistía Ernesto.
Su madre seguía en una especie de shock; en realidad no sabía bien qué había ocurrido. Tenía la cara y el cuello hinchados, y un olor delataba que llevaba horas ahí, sin poder moverse. Cerca de ella se veía el bastón, que en su desesperación había puesto atravesado entre la cama y un viejo ropero, tratando de usarlo para levantarse con las manos, sin conseguirlo: el dolor era demasiado.
De sus ojos brotaron lágrimas, igual que de los de Ernesto, al ver a esa mujer tan débil que ni siquiera podía moverse o arrastrarse hasta el celular para pedir ayuda. Esa misma mujer fuerte que había visto toda su vida —de niño, de joven—, la que al terminar sus estudios le decía a modo de consejo: "ponte fuerte, levántate", la que de pequeño lo abrazaba como si en sus brazos nunca pudiera pasarle nada malo. Ahora era él quien le decía:
—Mamá, ponte fuerte, te voy a levantar.
Pero al intentarlo, notó que, por el tiempo que había pasado en el piso, las piernas de su madre estaban entumecidas.
—Te voy a dejar aquí, mamá, voy por una silla, ¿está bien? —le dijo Ernesto.
Salió de prisa a buscar una silla, pero para su mala suerte, la que encontró estaba llena de cosas que su mamá solía guardar encima. Su mente no sabía qué hacer: ideas iban y venían, y al mismo tiempo sentía todo en blanco, como si alguien le estuviera jugando una broma pesada. Se acercó con la silla hasta donde estaba su madre.
—Ponte fuerte, mamá, te voy a levantar y te voy a sentar en la silla, ¿sí? Ayúdame tú también a moverte. Vamos a la cuenta de tres: una, dos y tres, arriba, mamá. Vamos, ayúdame.
Su mamá, ya sin fuerzas, apenas podía moverse ni ayudarlo. Como pudo, Ernesto logró sentarla en la silla.
—¿Estás bien? —le preguntó—. ¿Te duele algo?
—No, no me duele nada —respondió ella.
Pero desde hacía varios años, su mamá padecía algo que los médicos llaman negativismo: un comportamiento frecuente en personas adultas mayores, en el que dicen "no" cuando en realidad quieren decir "sí", muchas veces como una respuesta defensiva ante la pérdida de autonomía. Su forma de hablar tampoco coordinaba bien; decía "no" y segundos después decía "sí", algo que volvía todo muy confuso, porque era imposible saber si de verdad sentía dolor o no. Ernesto, por precaución, asumió que sí lo tenía; solo faltaba averiguar dónde y qué tan fuerte era.
Mientras todo esto ocurría, Valeria no podía creer lo que estaba viendo. Sentada en un sillón de la sala, solo alcanzaba a mirar la escena sin poder acercarse: el espacio donde estaban apenas cabían dos personas, y además el estrés la tenía paralizada, con miedo de empeorar las cosas si intervenía. En eso, Ernesto la llamó para pedirle que buscara ropa limpia; iba a bañar a su mamá para quitarle el fuerte olor a orina que traía encima. Valeria fue de inmediato al cuarto a buscar la ropa, mientras Ernesto intentaba hacer que su madre caminara.
—Mamá, vamos, mueve las piernas. Tú puedes, vamos —le repetía, cada vez con más impaciencia.
Se desesperaba con ella porque no lograba mover las piernas, sin saber el daño real que tenía, sin imaginar siquiera que lo que en verdad sufría su madre era una fractura de fémur. Como pudo, la trasladó en la silla hasta el baño. Se colocó frente a ella, la abrazó por debajo de los brazos y, a duras penas, la levantó para girarla hacia la regadera. Fue justo en ese momento cuando el dolor estalló en la pierna izquierda de su madre, y ella gritó con todas sus fuerzas. Fue un grito que le llegó a Ernesto directo al oído, que le estremeció el cuerpo entero y que, por un instante, casi hizo que la soltara. Logró estabilizarse con ella entre los brazos y, finalmente, consiguió sentarla dentro de la regadera para poder bañarla.
Mientras la bañaba, Ernesto pudo notar algo que le devolvió un poco de esperanza: su mamá se movía sin quejarse, como si lo que tuviera fuera solo un entumecimiento y nada más grave. Le ayudó a ponerse el shampoo en el cabello, la secó ahí mismo, sentada, y después la tomó en brazos para levantarla y secarle las piernas. Como pudo, le puso la ropa y la sentó en la silla de plástico verde que tenía lista para llevarla hasta la cama. Ya en el cuarto, la cargó de nuevo para recostarla, y fue justo entonces cuando el dolor regresó.
Con ella ya acostada, Ernesto le preguntó si quería comer algo; pasaba de las doce del mediodía. Sin darse cuenta, ya llevaban cerca de dos horas ahí, aunque el tiempo se sentía distinto después de ver algo que nadie quiere ver: a la propia madre tirada en el suelo, junto a la cama, en ese mismo cuarto donde tantas veces habían sonreído juntos por algún recuerdo.
—No tengo hambre —dijo su mamá—, pero ustedes compren algo. Ahí está la bolsa, tomen la tarjeta y compren algo.
—Tienes que comer, mamá, no puedes estar así sin comer nada —insistió Ernesto.
Ella terminó por pedirle una pieza de pollo rostizado al señor que pasaba por la colonia. Ernesto le avisó a Valeria, y ella salió a comprar la comida mientras él se quedaba con su mamá, tratando de encontrar el origen del dolor. La revisó en las piernas, los pies, los muslos, y al tocarle la cadera izquierda, ella soltó un grito.
—¡No me toques ahí, me duele mucho! ¡Ay, ay, ay!
—Mamá, ¿quieres ir a urgencias del IMSS? —le preguntó, con miedo de que dijera que sí.
Sabía que cuando su mamá pedía ir al doctor era porque de verdad se sentía muy mal; nunca le había gustado ir, sabía bien lo que significaba pasar horas en urgencias para terminar con un par de pastillas y de regreso a casa.
—Sí —respondió ella—, no me siento bien.
Para entonces ya había vuelto Valeria con la comida. Se acercó a la cama.
—¿Cómo está, señora? ¿Se siente bien? —preguntó.
—No, no me siento bien. Tengo mucho dolor aquí —dijo, tocándose la cadera—. ¿La vas a llevar a urgencias? —le preguntó después a Ernesto.
—Sí —contestó él—. Voy a hablarle a Juan Fco.
Le marcó a su amigo, alguien con quien sabía que podía contar en cualquier momento, para preguntarle si tenía una silla de ruedas que les pudiera prestar. Juan Fco. le dijo que sí, y que en unos minutos estaría ahí para llevársela.
Mientras esperaban, Valeria se sentó junto a su suegra y empezó a hacerle preguntas: cómo se había lastimado, qué hacía en un cuarto donde no tenía cerca ni el celular, ni el apagador de la luz, ni la tele, nada con qué pedir ayuda si algo le pasaba. Su suegra, como era su costumbre, solo sonrió y dijo:
—Sí.
Un "sí" con el rostro inocente de alguien mayor, pero con la mirada de una niña de dos años que aún no sabe hablar. Dicen que cuando uno envejece vuelve a ser, en cierto modo, un bebé: los movimientos se vuelven torpes, la memoria falla, y hasta lo más simple —ponerse una blusa, encontrar el camino al baño— se convierte en una odisea, aunque se lleven más de cuarenta años viviendo en la misma casa. Ante esa mirada, lo único que pudo hacer Valeria fue tomarle la mano y dejar caer una lágrima. Su suegra la miró y sonrió, como diciéndole que todo estaba bien, que no había nada de qué preocuparse.
—¿Ya llegó la silla? —preguntó Ernesto al entrar al cuarto—. Vamos, mamá, te voy a llevar a urgencias.
Su mamá cruzó una mirada con Valeria, sin decir nada; entre ellas se dijeron todo, porque la mirada de una madre siempre dice miles de cosas que nadie más alcanza a escuchar. Ya en la silla de ruedas, Ernesto le pidió a Valeria que apagara y cerrara todo antes de salir. Afuera esperaban Juan Fco. y su esposa.
—Señora, ¿cómo está? ¿Qué andaba haciendo? Dígame y no le decimos a Ernesto —bromeó él.
Todos sonrieron por un momento.
Al llegar a urgencias, como era de esperarse, había al menos diez personas antes que ellos. Cuando por fin los atendió la doctora, una traumatóloga, pidió radiografías. En el área de rayos X, cada movimiento fue un sufrimiento para la mamá de Ernesto: tenía que ponerse de pie para una imagen, y acostarse para otra. El radiólogo fue honesto:
—Tengo que tomarla, señora, lo siento mucho. Sé que le duele, pero es por su bien.
De vuelta con la doctora, llegó la confirmación que Ernesto no quería escuchar:
—Señora, usted tiene una fractura de fémur. Se va a tener que internar para que la valoren; muy probablemente se le va a tener que intervenir quirúrgicamente —dijo la doctora.
Ernesto volteó a ver a su mamá. Ella lo miraba con tristeza, y con los ojos llorosos le dijo, sin decir nada en voz alta:
—No me dejes aquí.
Pero ¿qué podía hacer Ernesto? Su mamá no podía quedarse en casa sin ayuda de nadie, y su hermano mayor vivía lejos, en otro estado, a varios cientos de kilómetros. No podía dejarla sola, mucho menos en la situación en la que estaba. Lo único que hizo fue poner la mano sobre su cabello.
—Mamá, vamos a estar bien. Aquí estoy.
Un enfermero le pidió que le pusieran una bata; Ernesto se la colocó por encima mientras otro enfermero la canalizaba para el suero. En ese momento, Valeria se acercó al oído de Ernesto.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Él solo tenía un gesto de duda. La mente, en momentos así, se llena de preguntas sin respuesta: qué hacer, qué sigue, qué puede pasar. Todo se nubla, como si de golpe no existiera nada más que ese instante, como si nunca hubiéramos imaginado que algún día tendríamos que vivirlo.
—Mira, yo me quedo esta noche —le dijo Ernesto—. Mañana te hablo para contarte cómo sigue mi mamá, y platico con el internista para ver qué procede. Ve a descansar tú. En la mañana yo también voy a hablar con mi jefe, para que me dé permiso.
Era domingo por la noche; al día siguiente, lunes, Ernesto tenía que presentarse en la oficina a entregar unos reportes. Pero en ese momento no pensaba en el trabajo, ni en nada más que en su mamá. Valeria aceptó ir a casa a descansar un poco; ella también tenía que presentarse a trabajar al día siguiente, y ya pasaban de las diez de la noche.
—Solo tráeme dos botellas de agua, una para mi mamá y otra para mí —le pidió Ernesto antes de que se fuera.
Esa noche fue muy larga. Las urgencias del IMSS siempre están saturadas: demasiadas personas para una sala tan pequeña. Su mamá durmió sentada en la silla de ruedas, y Ernesto en una silla de plástico liso que lo hacía resbalar cada vez que intentaba acomodarse. A eso se sumaban los gritos y quejidos de los demás pacientes que llenaban urgencias.
Cerca de las dos de la madrugada se escuchó venir una camilla metálica, sin colchón, con las llantas sin hule, toda de fierro: una camilla fría. La empujaba un joven con cubrebocas, bata, guantes, gorro y cubrebotas. Un frío distinto se sintió en el aire, un frío que dolía en los huesos, un escalofrío que recorrió todo el cuerpo. Ernesto y su mamá voltearon al mismo tiempo para verla pasar. El pasillo se veía lúgubre, con las lámparas parpadeando como en una escena de terror —y no era para menos, ya pasaban de las dos de la mañana, y de noche todo se ve distinto, todo se cubre de sombras frías. Cuando la camilla pasó a un lado de ellos, los demás pacientes se quedaron en silencio, como si supieran exactamente qué significaba. Ernesto y su mamá no lo sabían aún; era su primera noche ahí.
Pasaron unos treinta minutos, y aquel joven volvió con la misma camilla, pero esta vez no venía solo: sobre ella había un cuerpo cubierto por completo con una sábana blanca, un cuerpo inerte. El frío que se había sentido al principio se volvió aún más intenso. Ernesto reaccionó rápido.
—Mamá, mírame. Mira mis ojos. ¿Ves algo raro en ellos?
Lo que buscaba era que su mamá no viera lo que pasaba a escasos medio metro de distancia. Justo cuando la camilla estuvo a su lado, le hizo una mueca y le dijo "buu", y los dos sonrieron. Con ese pequeño gesto logró que su mamá no viera aquello que a todos, tarde o temprano, nos va a suceder, pero que a ella, por fortuna, aún le faltaba tiempo por vivir.
A la mañana siguiente, el sol brilló como cualquier otro día, y aquel pasillo que minutos antes había sido frío y sombrío se llenó de gente, de vida, de un vaivén constante de doctores y pacientes. El internista se fue acercando poco a poco, revisando a cada paciente de urgencias, hasta que llegó con la mamá de Ernesto.
—Madre, ¿qué le pasó? Dígame, cuénteme —le dijo, mientras la revisaba.
—Me caí —respondió ella, con una sonrisa.
—Vino su novio y se emocionó tanto que se cayó —bromeó Ernesto, y los dos se rieron.
—Mire, lo que procede en este caso es operarla para que pueda volver a caminar —dijo el doctor—. Va a ser un proceso duro para ella, pero va a estar bien, con el favor de Dios.
—La vamos a pasar a una camilla, porque con esa fractura no puede seguir sentada —les indicó el doctor a los enfermeros. Antes de irse, se despidió—: Con permiso, y que se mejore.
Ernesto se acercó a su mamá.
—Si tienes ganas de ir al baño, dime, no te aguantes, ¿está bien?
—Sí quiero ir —dijo ella.
Al llegar al baño, Ernesto encontró en sí mismo una fuerza que hasta hoy no sabe de dónde salió: bajarla de la camilla, levantarla, caminar con ella un par de pasos cargando casi todo su peso, y luego sostenerla de pie mientras le bajaba el pantalón y la ropa interior. Cuando por fin logró sentarla en la taza del baño, sintió como si la espalda se le partiera en dos —él ya cargaba con problemas de espalda baja, y no debía levantar cosas pesadas—. Levantarla otra vez para vestirla fue igual de difícil, pero gracias a Dios no pasó a mayores.
El frío de la sala de urgencias hizo que las ganas de ir al baño volvieran pronto, y esta vez no hubo tiempo de reaccionar. Cuando Ernesto pidió ayuda a los enfermeros, la respuesta fue clara: el hospital no proporcionaba pañales, toallas húmedas ni guantes; tendría que conseguirlos él mismo. Una caja de pañales para adulto no era barata, y los números empezaron a darle vueltas en la cabeza, hasta que sonó su celular: era una prima que vivía en Guaymas, Sonora. Le explicó la situación.
—Ay, Ernesto —dijo ella—, te voy a mandar un dinero para que te ayudes.
Con ese dinero salió a una farmacia frente al hospital y compró lo necesario. Pero al volver, encontró que su mamá ya se había hecho ahí mismo, en la camilla, y que nadie había llegado a ayudarla mientras él no estaba. Decidió entonces hacerlo él mismo, aunque no sabía bien cómo. Fue en ese momento cuando se acercó una muchacha morena.
—¿Necesita ayuda con su mamá? —le preguntó.
—Sí... y no lo sé —respondió Ernesto—. Bueno, tengo una idea de cómo hacerlo, pero no quiero hacerla sentir mal. Nunca había visto a mi mamá así, en esta situación, y me da mucha pena.
La joven sonrió y empezó a guiarlo paso a paso: dónde limpiar, cómo hacerlo.
—Tenemos que ponerla de lado para poder limpiarla mejor —le indicó.
Entre quejidos de dolor, giraron a su mamá con cuidado. Al terminar de limpiarla y ponerle el pañal, la acomodaron de nuevo en la camilla. La joven puso su mano sobre la cabeza de la mamá de Ernesto.
—Tiene un gran hijo, señora —le dijo.
Después se volvió hacia Ernesto.
—Cuando todo esto pase, va a hablar con todos de lo que hicimos aquí, y de mí también. Va a recibir mil bendiciones, ya lo verá, por lo que está haciendo.
Al escucharla, aquella joven pareció envolver el lugar en una calma dulce, casi como un bálsamo en medio de toda la tragedia, a pesar de que la sala seguía llena de gente pasando de un lado a otro. Y sin embargo, nadie más parecía verla, como si fuera transparente. Ella también dijo que estaba ahí esperando un medicamento para un ojo lastimado, aunque a simple vista ambos ojos se veían perfectamente bien, sin ningún daño.
Después, la joven se fue por el pasillo y nunca volvió. Tampoco pasó jamás por la ventanilla de entrega de medicamentos, justo frente a donde estaba su mamá, la única salida posible de ese pasillo. Ernesto nunca la volvió a ver. Como si hubiera sido un ángel, como si Dios se lo hubiera mandado justo para decirle, sin palabras, que todo iba a estar bien.
Después del mediodía, pasaron a la señora a un cuarto para hacerle los estudios previos a la cirugía. Al día siguiente, cuando los resultados indicaron que era buen momento para operar, la llevaron al quirófano. Al regresar, le tomaron una radiografía para confirmar que todo había salido bien: la operación había sido un éxito. La mamá de Ernesto sería dada de alta un par de días después.
Esos días de hospital, aunque cansados, trajeron algo de calma. Su mamá dormía mejor, comía con más ganas, y hasta bromeaba de nuevo con las enfermeras. Ernesto sintió, por primera vez desde la caída, que lo peor había quedado atrás. Cuando por fin llegó el día del alta, la llevaron a casa con la misma alegría con la que se recibe a alguien que vuelve de un viaje largo.
Pero como si todo lo vivido no hubiera sido suficiente, aún faltaba el momento más duro de todos.
Ya en casa, por la tarde, Valeria le puso una inyección anticoagulante, la que se aplica a los pacientes que han pasado mucho tiempo sin moverse, para que la sangre no forme coágulos.
—Listo —dijo Valeria—. Fue un pequeño piquete. Ya pasó.
De pronto, la señora empezó a actuar extraño: repetía todo lo que Valeria le había dicho.
—Sí, sí, ya pasó, sí, ya pasó, ya pasó, sí, ya pasó...
Al mismo tiempo levantó la mano, apuntó hacia arriba y movió el brazo en dirección a la puerta, sin dejar de repetir esas mismas palabras. Valeria salió del cuarto, asustada, a dejar la jeringa, el alcohol y el algodón sobre la mesa. Cuando regresó, le dijo a su suegra:
—Aquí está su hijo. Dígale que lo quiere mucho.
Ernesto se recostó a su lado. Su mamá le acarició el cabello y le dio varios besos en la cabeza. Él, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo:
—Mamá, aquí estoy. Nunca vas a estar sola, y nunca lo has estado.
Valeria se retiró a descansar a su casa, y Ernesto se quedó a dormir junto a su mamá. Estaba tan cansado que no supo en qué momento se quedó dormido; solo recuerda haberla visto acostada, tranquila, en la cama de al lado.
A la mañana siguiente, despertó y encontró a su mamá destapada, sin el pañal, repitiendo:
—Ya terminé, ya terminé, ya terminé.
Todavía sin despertar del todo, fue al otro cuarto por los pañales, las toallas húmedas y los guantes, y la limpió y la vistió como pudo.
—¿Quieres desayunar, mamá? —le preguntó después.
—Sí —respondió ella.
Ernesto le preparó un huevo revuelto y la ayudó a comer. Al terminar, se recostó de nuevo en la cama de al lado. Fue entonces cuando escuchó un ruido extraño, como si algo se le hubiera atorado a su mamá. Volteó de inmediato y empezó a darle palmadas en la espalda para que sacara lo que tenía atravesado. Al ver que escupía algunos pedazos de comida, la animó:
—Sí, mamá, ya sacaste la comida. Bien, mamá.
No sabía que aquello no era una reacción de fuerza, sino solo un reflejo: su mamá se estaba ahogando, había hecho una broncoaspiración. Su mamá ya había fallecido. Ernesto seguía dándole palmadas en la espalda, gritando:
—¡Mamá! ¡Vamos, mamá! ¡Vamos!
Siguió y siguió, hasta que un brazo cayó, y después el otro. El cuerpo se fue volviendo cada vez más pesado, más inmóvil, sin responder a nada. Como pudo, la recostó de nuevo para llamar a su amigo Juan Fco. y a Valeria. Cuando su amigo llegó, solo fue para confirmar lo que Ernesto ya había pensado, pero que no quería saber ni escuchar. También llegó su prima, la misma que le había prestado dinero al inicio, y que se había comprometido a ayudarlo a cuidarla mientras se recuperaba. Cuando Valeria llegó, encontró esa escena de llanto y tristeza por todos lados. Ya no había nada más que hacer, solo llorar, y aceptar que todo ese esfuerzo, al final, no había sido suficiente para mantenerla con vida.
❦
Carta a mamá
Mamá se fue de viaje. Un viaje sin maletas, sin ropa, sin zapatos; un viaje donde todo está lleno de luz, donde el dolor no existe, donde el sufrimiento se quedó en las personas que seguimos en esta vida llena de altibajos. Mamá está en un lugar donde puede abrazar a esos seres que en su juventud estuvieron con ella.
La recordamos en el susurro del viento por la mañana, en las lágrimas que caen del cielo en forma de lluvia, en el canto de los pájaros cuando se oculta el sol. Mamá siempre vivirá en nuestro corazón, porque esto no es un adiós, es solo un hasta luego.
Gracias por todo lo que nos diste, por ese sacrificio que cargaste para que a nosotros nunca nos hiciera falta nada. Ahora me toca a mí hacer lo que tú me enseñaste: seguir mi camino por esos senderos que tú, en su momento, cruzaste con alegría, con miedo, con tristeza y con emoción.
Gracias es poco para decir todo lo que siento. Gracias. Te amo, mamá.
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PermalinkEn urgencias no te dan ni pañales ni guantes, hay que cruzar a la farmacia de enfrente, y así está en casi todos lados. Y la prima de Guaymas hablando justo en ese momento: esa es la familia que sí aparece cuando toca.
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PermalinkEl buu en el pasillo, justo cuando pasaba la camilla. Cuidarla a base de una mueca, a esas horas, me ha dejado un rato quieta.
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PermalinkLa llamada del principio, cuando él le pide que quite la tapa del registro antes de que llueva. Es de esas cosas que uno le repite a una madre por años y ya ni escucha qué le contesta. Y la tormenta llega esa misma noche, a la casa de ella y a la de ellos. Me da que ese encargo ya lo decía de memoria.
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