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NEWHELL - TERROR EN SANTA ELENA

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Pensamiento

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tintaDeMartes

Judith le jura a Yamile que nadie le hará daño, y la única manera que encuentra de cumplir es ponerse ella en medio. En mi club de lectura habría pleito: unas la verían como mártir y otras dirían que el director la deja sola a propósito, y yo estoy con…

Judith le jura a Yamile que nadie le hará daño, y la única manera que encuentra de cumplir es ponerse ella en medio. En mi club de lectura habría pleito: unas la verían como mártir y otras dirían que el director la deja sola a propósito, y yo estoy con las segundas.

Contenido de la publicación

La Promesa de Judith.

I. La Revelación en el Umbral

​El día transcurrió sumido en una paz aparente y engañosa. Al caer la tarde, el padre Antonio se encaminó hacia la dirección para despedirse.

​—¡Alberto! Vengo a saludarlo antes de retirarme. ¡Que tenga una buena noche! —expresó el clérigo desde el marco de la puerta.

​En ese preciso instante, Diego emergió por el corredor para iniciar su turno de guardia nocturna.

​—¡Que Dios lo bendiga! —completó la frase el sacerdote al reparar en el recién llegado.

​—Amén, padre. ¡Que tenga muy buenas noches! —respondió Alberto con cortesía ensayada.

​Al percibir la presencia del guardia, el director extendió la mano con una sonrisa formal:

​—Le presento a Diego, nuestro vigilante nocturno... Él es mis ojos y mis oídos cuando no estoy en el edificio.

​El sacerdote estrechó la mano del celador y su psicometría se encendió de nuevo en un chispazo repentino. En su mente se proyectó una escena nítida de la madrugada: vio la silueta de Diego en la penumbra, abriendo furtivamente la puerta de metal que portaba el cartel con el nombre: YAMILE GUZMÁN.

​—Mucho gusto, Diego —alcanzó a articular Antonio, haciendo un esfuerzo por disimular la impresión del hallazgo.

​—Diego, le presento al padre Antonio... Tuvimos el honor de su visita hoy y confiamos en tenerlo pronto de vuelta —agregó el director.

​—Un placer conocerlo, padre —asintió el guardia.

​Antonio dio media vuelta y comenzó a alejarse a paso lento por la galería. Diego ingresó a la oficina y cerró la puerta a sus espaldas.

​—¿Se cruzó con él esta mañana al salir? ¿Qué andaba buscando? —inquirió Diego, visiblemente alterado.

​—¡No lo sé! —respondió Alberto, pasándose la mano por la frente con gesto de agotamiento—. Me hizo preguntas incisivas, como si supiera algo. Además, tuvo un incidente extraño con Mariela, a quien ya ordené trasladar al área de aislamiento exclusivo.

​—¿Pero le dejó entrever algo concreto? —insistió Diego, con el rostro tenso.

​—No... pero el tono de sus preguntas era sumamente perturbador.

​En ese instante, unos nudillos golpearon la madera de la puerta con firmeza. Alberto palideció de golpe y, llevándose el índice a los labios, le hizo una indicación drástica de silencio a Diego.

​—Adelante... —autorizó el director, recobrando la voz.

​—¡Buenas noches, director! Hola, Diego —saludó Judith al abrir la puerta y cruzar el umbral.

​—Buenas noches, Judith —respondieron ambos a la par, forzando una calma que distaba mucho de ser real.

​—¿Comienzo a trasladar a los internos a sus celdas para asegurar las puertas? —consultó la enfermera.

​—Por favor, Judith. Se lo agradezco mucho —asintió Alberto.

​II. La Promesa

​La enfermera giró y se encaminó hacia el pabellón, haciendo taconear sus zapatos sobre la baldosa fría. Detrás de ella, Diego salió a iniciar su ronda.

​Judith acompañó a cada uno de los pacientes, asegurándolos bajo llave en sus respectivas habitaciones. Al llegar a Yamile, la tomó delicadamente del hombro y la guió hasta el borde de la cama. Se sentó junto a ella, le imprimió un tierno beso en la frente y le musitó al oído:

​—Nadie va a hacerte daño esta noche... Te lo prometo.

​Se puso de pie, cruzó el umbral y giró el cerrojo, dejando su juramento flotando en la penumbra del cuarto.

​III. El Sacrificio

​Pasada la medianoche, Diego abandonó su mostrador y se dirigió hacia el sector donde se alojaban Myriam, Yamile y, ahora también, Mariela. En ese momento, el repiqueteo de unos tacones resonó al fondo del pasillo.

​Al asomarse con sigilo, vio acercarse a Judith sosteniendo una taza de cerámica en la mano. Al enfocar la vista en el objeto, Diego mudó de color y sintió una punzada en el estómago: era la misma taza de su visión nocturna.

​—¿Qué hacés por acá? —preguntó Judith al cruzarse con él.

​Tratando de disimular la zozobra y recuperar el aliento, el guardia improvisó:

​—Haciendo tiempo... ¿Y vos?

​—Fui a buscar un poco de café a la cocina... ¿Se te hace pesado el turno? —sonrió ella con tono cómplice.

​—Bastante... Acá las horas no pasan más.

​—¿Me acompañás con un café? —insinuó Judith, bajando la voz.

​—Con mucho gusto... —asintió Diego, tratando de actuar con normalidad.

​Dentro del despacho, los minutos transcurrían y Diego consultaba la hora de manera compulsiva en el reloj de pared.

​—¿Por qué miras tanto la hora? —notó Judith—. ¿Tenés algún compromiso?

​—No, es que... ya debería estar haciendo la ronda en las celdas —respondió él, amagando con levantarse.

​Judith apoyó la taza manchada con el rastro de su lápiz labial sobre la mesa. Se puso de pie despacio y se colocó frente al vigilante. Introdujo la mano izquierda por dentro de la cintura del pantalón de Diego y, con un murmullo insinuante, le dijo al oído:

​—¿Por qué no te quedás conmigo esta noche? De las celdas no se va a escapar nadie.

​Diego, dominado por la pulsión, se dejó arrastrar. La tomó con fuerza por los muslos debajo de la falda y le susurró:

​—¿Estás segura de lo que hacés?

​Judith le soltó la hebilla del cinturón y le desabrochó el pantalón, murmurando a media voz:

​—Yo guardo el secreto si vos hacés lo mismo...

​Se acomodó sobre el borde del escritorio y tomó su virilidad con la mano derecha, añadiendo en un aliento:

​—Este queda entre nosotros.

​Cegado por el deseo carnal, Diego metió las manos por debajo de la falda de la enfermera, le deslizó la prenda íntima hacia abajo y la besó con brusquedad. Acto seguido, la sujetó con fiereza de la cintura, la levantó del mueble y, en un movimiento violento, le dio la vuelta. La presionó de cara contra la madera, tomándola por la espalda sin la menor delicadeza.

​Judith amortiguó el dolor cerrando los ojos con fuerza, sosteniéndose como podía del borde del escritorio mientras Diego descargaba su ímpetu brutal sobre ella. Al abrir las pupilas, sintió las lágrimas calientes rodar por sus mejillas mientras mantenía la mirada fija hacia los pasillos oscuros del pabellón...

​Para ella, el sufrimiento de esa entrega y la sal de sus lágrimas representaban la única forma de blindar a tres mujeres indefensas y, sobre todo, de sostener la promesa que le había hecho a Yamile en la soledad de su celda

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  • tintaDeMartes

    Judith le jura a Yamile que nadie le hará daño, y la única manera que encuentra de cumplir es ponerse ella en medio. En mi club de lectura habría pleito: unas la verían como mártir y otras dirían que el director la deja sola a propósito, y yo estoy con las segundas.

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