Cinco cosas empezadas esta semana y esta la acabo, tío. El gato negro de ojos rojos saltándole al cuello me ha dejado mirando la puerta.
Newhell - Terror En Sante Elena
Pensamiento
Cinco cosas empezadas esta semana y esta la acabo, tío. El gato negro de ojos rojos saltándole al cuello me ha dejado mirando la puerta.
Contenido de la publicación
FLASHBACK: 1° de Enero de 1989
Sentado sobre el cordón de la vereda, a la orilla de la calle y frente a la mole oscura de la Mansión Newhell, se encontraba Leonardo. Tenía la mirada perdida, clavada en el pavimento, y la ropa impregnada de manchas de sangre seca y fresca.
A pocos metros, un patrullero frenó de golpe tras emitir un chirrido breve de sirena. Dos efectivos descendieron del móvil: el sargento se plantó por delante con las manos apoyadas sobre su cinturón de baqueta, mientras su compañera avanzaba a paso lento y precavido hacia el muchacho. Al sentir que ella le apoyaba una mano con delicadeza en el hombro, Leonardo reaccionó con un espasmo y le sujetó el antebrazo con una fuerza fuera de lo común.
De inmediato, el sargento echó la mano al broche de su funda reglamentaria, pero la agente le hizo una seña discreta con la izquierda y un leve gesto de cabeza, pidiéndole calma. Volviendo la atención al joven, se zafó con suavidad, lo miró a los ojos y habló con tono templado:
—Hola… Soy la agente Mariela Báez. ¿Qué te pasó? ¿Podemos ayudarte?
Con la voz quebrada por el llanto y el pánico, Leonardo comenzó a jadear, repitiendo casi sin aliento:
—Mis amigos… y mi hermano… están todos ahí adentro…
Al oír esas palabras, Mariela cruzó una mirada de alerta con su superior. El sargento operó de inmediato el radio de su chaleco:
—Aquí sargento López. Solicito refuerzos y ambulancias con urgencia en la Mansión Newhell. Repito: necesito apoyo y unidades médicas en el lugar.
(Minutos más tarde, en la entrada de la propiedad)
Una hilera de patrulleros y camionetas de la morgue se alineaban sobre el frente de la finca. Policías, médicos y peritos forenses aguardaban frente al imponente portón de hierro cubierto de enredaderas, bajo la consigna estricta de no cruzar hasta la llegada del jefe de la seccional.
Poco después, un vehículo oficial se detuvo. De él descendió el comisario, acompañado por un cura joven, de aspecto inexperto pero con la mirada atenta y seria.
—¡Buenos días! —ordenó el oficial con voz de mando.
—¡Buenos días, señor! —respondieron todos al unísono.
—Para quienes no me conocen, soy el oficial Delgado y estoy al frente de esta investigación. Nadie traspasa este umbral hasta que yo lo ordene. ¡Agente Báez! —llamó alzando la voz.
—¡A sus órdenes, señor! —firmó Mariela dando un paso al frente.
El oficial la miró fijo y le indicó:
—Tome libreta y lapicera. Anotará cada detalle que observe y escuche. Usted y el padre entrarán conmigo.
Desde metros atrás, el clérigo observó cómo dos efectivos le colocaban las esposas a Leonardo. En ese instante, el muchacho alzó el rostro y clavó la vista en él: sus globos oculares estaban inyectados en una masa de sangre roja, sin un solo rasgo de esclerótica blanca.
Avanzaron por el sendero principal de la propiedad. A pocos pasos de la escalinata de entrada, hallaron el cadáver de Lorena. El sacerdote caminaba detrás de los uniformados con el escapulario apretado en una mano y un pequeño frasco de agua bendita en la otra, rezando en un murmullo incesante. Se detuvo junto al cuerpo de la joven, trazó la señal de la cruz en el aire y musitó:
—Padre, perdona sus pecados y recibe a tu hija en el reino de los cielos.
(Interior de la Mansión Newhell)
Al cruzar el umbral, el tufo a moho, humedad y carne descompuesta los golpeó en el rostro. Báez, Delgado y el sacerdote se abrieron paso; a cada avance, las maderas podridas del piso crujían bajo el peso de sus botas. Los muebles abandonados por la vieja familia estaban deshechos y espesas cortinas de telarañas tapizaban los rincones.
—¡Pero qué demonios hacían estos chicos en este basurero! —exclamó en voz baja el oficial.
Al alcanzar la sala central, tomaron el pasillo que conducía al salón de juegos. A medida que se aproximaban, el hedor a carne incinerada se volvía insoportable. Sin embargo, cada vez que la mano del sacerdote rozaba sin querer un mueble o la madera gastada de los marcos, su don de psicometría le revelaba una visión contrapuesta: por un instante fugaz, veía la casa impecable, reluciente y majestuosa, tal como los jóvenes la habían visto la noche anterior antes de ser masacrados.
Concluida la inspección de la escena, Delgado se volvió hacia la agente:
—¿Cuál es el recuento final, Báez?
—Setenta por ciento de la escena relevada, oficial. Siete cadáveres en total: tres con severas mutilaciones, uno calcinado, uno consumido por ácido, uno con impacto de bala y una joven con signos de violencia sexual. Hay un solo sobreviviente.
—Padre —se dirigió el oficial al clérigo—, ¿notó algo que a nosotros se nos haya escapado?
—Nada que se pueda registrar en una planilla policial, oficial —respondió el cura con cautela—, pero presiento que algo profundamente maligno ocurrió entre estas paredes.
Al caer la tarde, los peritos forenses comenzaron a retirar los cuerpos enfundados en bolsas negras, cargándolos en la parte trasera de las camionetas de la morgue.
PREMONICIÓN: Presente
En una austera habitación contigua a la capilla de la ciudad, un sacerdote de rostro adulto y cabello castaño se movía con frenesí sobre su cama. Atrapado en un sueño pesado, su mano derecha sostenía un bolígrafo y trazaba garabatos involuntarios sobre una libreta de notas al costado de la mesa de luz.
En su pesadilla, las visiones se cruzaban en un torbellino violento: el rostro demacrado de Mariela vistiendo la bata celeste de internación, los ojos inyectados en sangre de Leonardo sonriendo desde la penumbra de una celda y la silueta de un gato negro de pupilas rojas saltando directamente hacia su garganta...
El cura se despertó de golpe, incorporándose en la cama con la respiración entrecortada y un sudor frío cubriéndole la frente.
Encendió el velador de la mesa de luz. Al bajar la mirada hacia la libreta, descubrió el trazo tembloroso de su propia mano. En la hoja de papel, escrito mediante trance, destacaba una dirección exacta:
Pabellón de Aislamiento 07 – Hospicio Psiquiátrico Santa Elena.
Thoughts
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PermalinkCinco cosas empezadas esta semana y esta la acabo, tío. El gato negro de ojos rojos saltándole al cuello me ha dejado mirando la puerta.
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PermalinkQue el flashback cierre con el cura viendo la casa reluciente cada vez que roza un marco, y el presente lo agarre escribiendo en trance, me dice que la mansión ya lo tiene apartado desde 1989.
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