Aprendí a las malas que a veces no importa cuánto te esfuerces.
Al final, nadie te garantiza el premio por el que tanto luchaste.
Puedes darlo todo.
Puedes intentarlo una y otra vez.
Puedes tener paciencia, hacer las cosas con amor y poner todo de ti esperando que, algún día, finalmente llegue ese momento en el que todo haya valido la pena.
Pero la vida no siempre funciona así.
A veces haces todo lo correcto y aun así pierdes.
A veces entregas lo mejor de ti y no recibes lo mismo de vuelta.
A veces luchas por una persona que termina eligiendo otro camino.
Y aceptar eso duele.
Porque estamos acostumbrados a pensar que si nos esforzamos suficiente, necesariamente vamos a conseguir aquello que queremos.
Pero hay cosas que no dependen solamente de cuánto demos.
También dependen de las decisiones de otras personas, de las circunstancias, del momento y de cosas que simplemente no podemos controlar.
Y quizá esa sea una de las lecciones más difíciles de aprender:
Tu esfuerzo no siempre determina el resultado.
Pero eso no significa que haya sido en vano.
Todo lo que hiciste te enseñó algo.
Te hizo crecer.
Te mostró de qué eres capaz.
Te enseñó cuánto puedes luchar por algo y también cuándo necesitas dejar de hacerlo.
Así que si alguna vez diste todo y aun así no obtuviste el final que querías, no pienses que fracasaste.
Quizá simplemente estabas luchando por algo que no podía ser tuyo.
Y eso no hace menos valioso el camino que recorriste.
Hay veces en las que el premio no llega.
Hay veces en las que la persona no se queda.
Hay veces en las que el sueño cambia de dirección.
Y aun así, tú sigues aquí.
Con más experiencia.
Con más claridad.
Y con una versión de ti que aprendió que no todo se consigue por insistir.
A veces también hay que saber aceptar que hiciste todo lo que pudiste…
y que eso, aunque no te haya dado el resultado que esperabas, también merece ser reconocido.