Que el Vacío se marche porque se aburrió tiene pariente en la tradición hindú: lila, el universo como juego de lo divino, que dura mientras al jugador le interesa. Solo que en lila no hay juicio y aquí sí, y Thot queda parado entre los dos.
Mundo 10: La Biblioteca y el Libro que Esperaba parte 2
Pensamiento
Que el Vacío se marche porque se aburrió tiene pariente en la tradición hindú: lila, el universo como juego de lo divino, que dura mientras al jugador le interesa. Solo que en lila no hay juicio y aquí sí, y Thot queda parado entre los dos.
Contenido de la publicación
Narrador:
Pasaron unas cuantas semanas tras el primer interrogatorio. Semanas de charlas sin mayor trascendencia, discusiones ocasionales y sucesos que, sinceramente, no merecían un capítulo propio. Y justo cuando me disponía a explicarles que no había ocurrido nada digno de mención…
—¡¡¡TOMA ESTO!!!
¡PUM!
Una patada voladora impactó directamente contra mi rostro. Mi cuerpo salió despedido, rodé por el suelo y terminé chocando contra una hilera de estantes. Varios libros cayeron sobre mi cabeza. Por supuesto, hasta los objetos inanimados parecían haberse confabulado contra mí.
—¡AUUU! ¡¿PERO QUÉ DEMONIOS…?!
Me incorporé lentamente, sujetándome la cara, todavía aturdido. Entonces la vi. Allí, justo donde yo había estado un instante antes, estaba Luna. Brazos cruzados, mejillas infladas, una indignación tan profunda que habría hecho temblar a cualquier entidad con un mínimo instinto de supervivencia.
Por desgracia para mí, el mío llevaba tiempo pidiendo la jubilación anticipada.
—¡¿Pero qué te pasa ahora?! ¡¿Acaso vas a interrumpirme cada vez que intente presentar un capítulo?!
—¡Pues este sí te lo mereces!
—¡¿Cómo que me lo merezco?!
—¡Se supone que tras la primera parte del interrogatorio debías traer la segunda de inmediato! —Levantó un dedo acusador—. ¡Pero no! El señor escritor prefirió mandarme a una fiesta de dioses. —Su expresión se oscureció—. ¡Una fiesta que no me aportó nada! ¡Nada! Ni siquiera hubo algo interesante que traerme de vuelta a la Biblioteca.
—¡Oye, oye! ¡No es culpa mía! ¡Se suponía que era un especial por el año y medio que lleva escribiendo!
—¡Me da igual! —Respondió sin dudar un instante—. Al fin y al cabo, quien escribe esto no es tan importante como mis presentaciones.
Hubo un silencio. Yo la miré. Ella me miró. Y comprendí que la razón no iba a ganar esta discusión.
—A veces eres realmente insoportable…
La sonrisa de Luna desapareció. Giró la cabeza lentamente hacia mí.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—¿Quieres pasar el resto de tu existencia convertido en una ameba, flotando en un planeta que apenas empieza a existir?
—¡NO, SEÑORA!
Mi respuesta fue tan rápida que hasta el eco pareció avergonzarse por mí. Luna asintió, satisfecha.
—Eso pensaba.
—¡¿PERO POR QUÉ TENGO QUE SOPORTAR ESTO?! ¡Yo solo quiero contar una historia!
—Luna, querida, no te pongas así. No es culpa del narrador.
Haruka los observaba desde unos metros de distancia. Con calma, cerró el libro que sostenía y se acercó.
—El especial ya está publicado. No puedes obligar a reescribirlo solo porque no te gustó.
—Entonces castigaré al escritor.
—¡¿QUÉ?!
—Podría convertirlo en una estrella a punto de estallar. Sería bastante divertido.
—¡ESO NO SERÍA NADA DIVERTIDO! —Me puse de pie de un salto, ignorando el dolor de la espalda—. ¡Si lo haces desaparecer, quién va a seguir contando tus aventuras! ¿Quién dará a conocer tus historias?
Luna parpadeó. Inclinó la cabeza, como si acabara de escuchar la pregunta más absurda del universo.
—¿Y?
—…¿Cómo que «y»?
—Hay millones de escritores en todos los mundos y universos. —Se encogió de hombros con total indiferencia—. Uno menos no hará ninguna diferencia.
—¡¿PERO QUÉ CLASE DE LÓGICA ES ESA?!
—Una bastante coherente, si consideramos quién es ella.
—¡HARUKA, NO ME AYUDES ASÍ!
Haruka soltó un suspiro suave.
—Luna… ¿no será que estás enfadada porque hace un momento te quejabas de que nadie conocía tus historias?
Luna se quedó inmóvil.
—…
—Por eso empezaste a buscar entidades de otros mundos, ¿verdad? Querías que más gente conociera la Biblioteca, que las historias que llegaran aquí fueran cada vez más ricas… que te conocieran a ti.
Luna apartó la mirada.
—Bueno…
—Entonces deja que el escritor haga su trabajo. Si lo amenazas cada vez que publique algo que no te guste, difícilmente conseguirás lo que quieres.
—¡Pero tardó demasiado en volver a mi historia!
—¡PORQUE TAMBIÉN TIENE OTRAS HISTORIAS QUE CONTAR!
—¡Excusas!
—¡¿CÓMO QUE EXCUSAS?!
—Luna…
—¡Está bien, está bien! —Suspiró y se dejó caer sobre un libro lo bastante grande como para servirle de asiento. Cruzó los brazos, infló las mejillas y desvió la mirada—. Pero si no logra que me conozcan más, lo convertiré en una estrella a punto de estallar.
—¡¿POR QUÉ SIGUES CON ESO?!
—Porque quiero.
—¡ESA NO ES UNA RAZÓN!
—Para mí lo es.
Me pasé las manos por el rostro. En ese momento comprendí por qué Haruka necesitaba tanta paciencia. Aunque, siendo sinceros, quizá ni siquiera la paciencia infinita bastaba. Respiré hondo, me sacudí el polvo y la miré.
—Mira… antes de que conviertas a nadie en nada, hay algo que deberías saber.
Luna dejó de hacer pucheros. Sus ojos dorados se fijaron en mí al instante.
—¿Qué cosa?
—Tras oír lo que voy a contarte, creo que se te quitarán las ganas de castigarlo.
Su indignación se desvaneció, sustituida por una curiosidad casi peligrosa. Se inclinó hacia delante.
—¿Ah, sí? —Una sonrisa empezó a crecer en sus labios—. Ahora sí quiero escuchar.
—Por supuesto que quieres… —Suspiré de nuevo. De alguna manera, había logrado algo peor que una amenaza de destrucción. Había despertado la curiosidad de Luna. Y cuando la Soberana de las Historias se interesaba por algo…
—¡Venga, venga! ¡Cuéntame! ¡¿Qué hizo?! ¡¿Cómo es?! ¡¿Por qué no debería hacerlo explotar?!
—¡UNA PREGUNTA A LA VEZ!
—¡NO QUIERO!
—¡PUES NO CUENTO NADA SI NO TE CALMAS!
Luna me observó en silencio dos segundos. Luego sonrió. Dulce. Inocente. Una sonrisa que me recordó que mi existencia dependía de quien podía reescribir la realidad con una frase.
—Narrador…
—¿Sí?
—¿Quieres convertirte en una ameba?
—¡LO CUENTO, LO CUENTO!
Y así, queridos lectores, mi dignidad profesional llegó a su fin. Una vez más.
Dos semanas de interrogatorios habían transcurrido desde el primer encuentro entre Daniel y Thot.
Durante aquel tiempo, Daniel había escuchado explicaciones que desafiaban todo lo que la humanidad creía cierto sobre el universo. Había descubierto que la civilización de Thot poseía conocimientos científicos que superaban por completo los de la Tierra; que sus miembros podían viajar entre universos; y que la inmortalidad, algo que para los humanos pertenecía al reino de los mitos, era una realidad para algunos de ellos.
Sin embargo, cuanto más aprendía, más preguntas surgían.
Aquella mañana, Daniel entró en la sala con una carpeta bajo el brazo. Se sentó frente a Thot, quien permanecía tranquilo, observándolo con aquella expresión serena, difícil de descifrar. Daniel abrió la carpeta, repasó sus notas y levantó la mirada.
—En nuestras conversaciones anteriores mencionaste que tu civilización aprendió de otras especies que intentaron alcanzar la inmortalidad antes que vosotros. Quiero volver a ese asunto.
Thot inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué deseas saber exactamente?
—Me dijiste que aquella civilización consiguió la vida eterna, pero que sus cuerpos terminaron convirtiéndose en polvo. Y sin embargo, sus conciencias continuaron existiendo. ¿Siguen así incluso ahora?
—Sí.
Daniel dejó de escribir.
—¿Después de tanto tiempo?
—El tiempo pierde gran parte de su significado cuando no existe un final que permita distinguir entre una vida larga y una eternidad. Sus cuerpos desaparecieron, pero ellos no. Sus conciencias permanecen atrapadas en aquel planeta: incapaces de morir, sin forma física que recuperar.
—¿Y vuestra civilización no puede ayudarlos?
—No sabemos cómo hacerlo. Comprendemos algunos de los mecanismos que provocaron su transformación, pero desconocemos su naturaleza completa. Intervenir sin entenderlo podría empeorar su situación. Una solución equivocada podría condenarlos a algo aún peor.
Daniel cerró la carpeta por un instante.
—Una eternidad sin cuerpo… sin poder morir… sin saber si alguna vez podrán volver a vivir de verdad.
—Para vosotros, la muerte representa el final de la existencia. Para ellos, ese final les fue arrebatado. No afirmo que comprendamos su sufrimiento, pero sabemos que su condición no debe considerarse un triunfo.
Daniel asintió, pensativo. Aquello le recordó que el conocimiento y el progreso no siempre conducen a victorias. Reabrió la carpeta.
—Hablemos de vuestra tecnología. Me explicaste que viajáis a otros universos para recopilar conocimientos. ¿Es esa vuestra principal razón?
—Una de ellas. Nuestra especie siempre ha buscado comprender lo que desconoce. Hemos estudiado civilizaciones, leyes físicas y fenómenos que ni siquiera existen en nuestro universo de origen. Y sin embargo, por mucho que aprendamos, siempre encontramos algo que se escapa a nuestra comprensión.
—¿Incluso vosotros tenéis límites?
Thot lo observó en silencio unos instantes.
—Por supuesto. La inmortalidad no nos vuelve omniscientes. La tecnología no elimina todas las incógnitas. Y la experiencia no garantiza que podamos comprender aquello que está fuera de nuestra capacidad de percibir.
Daniel anotó. Hasta ese momento, había imaginado que una civilización tan avanzada tendría respuestas para todo. Pero entonces llegó el momento que llevaba días evitando.
El motivo real de aquel interrogatorio.
El Vacío.
Entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Hay algo que todavía no comprendo. Durante el incidente que casi destruye todo lo que conocemos, dijiste que incluso los dioses de vuestro universo temían a esa entidad.
Thot no respondió de inmediato. Por primera vez, pareció elegir cada palabra con extrema precaución.
—No la llamaría una entidad en el sentido convencional. Esa palabra puede hacerte imaginar algo con cuerpo, mente o voluntad semejante a la nuestra. No sabemos si alguna de esas características se aplica al Vacío.
—Entonces, ¿qué es?
—No lo sabemos.
Daniel frunció el ceño.
—¿Ni siquiera vuestra civilización conoce su naturaleza?
—Así es. Hemos estudiado incontables fenómenos, pero el Vacío no se comporta como algo que pueda analizarse con las leyes que conocemos. Los dioses nos hablaron de él como algo exterior a la lógica de los universos. Algo que está por encima de ellos, ante lo cual incluso las divinidades más poderosas carecen de autoridad.
—¿Por encima de los dioses?
—No confundas poder con posición. Un dios puede gobernar un universo, alterar sus leyes o crear vida. Pero eso no le da autoridad sobre aquello que determina si ese universo puede existir.
Un escalofrío recorrió a Daniel.
—¿Y qué determina el Vacío?
—Si los universos continúan existiendo… o dejan de hacerlo.
El silencio que siguió pareció expandirse por la sala.
—Necesito que me lo expliques de una manera que pueda entender. ¿Qué significa que está fuera de la lógica de los universos?
Thot apoyó las manos sobre la mesa.
—Imagina que nuestro universo es un libro. Sus leyes físicas son las reglas que rigen la historia. Sus dioses son personajes capaces de modificar acontecimientos dentro de ella; algunos pueden incluso alterar las reglas del propio libro.
Daniel asintió lentamente.
—De acuerdo.
—Ahora imagina algo que no necesita obedecer ninguna de esas reglas. Algo que puede permitir que la historia continúe, pasar páginas… o hacer que el libro desaparezca por completo. No importa cuán poderosos sean los personajes que viven dentro: no tienen autoridad sobre quien sostiene el libro.
Daniel bajó la mirada hacia sus notas. La comparación le resultaba inquietantemente familiar, aunque no lograba abarcar todas sus consecuencias.
—Entonces… ¿el Vacío es el principio y el final de todo?
—Podrías describirlo así. El todo y la nada al mismo tiempo. Algo que no podemos medir, definir ni comprender. No sabemos si crea los mundos, si los destruye con algún propósito… o si simplemente forma parte de algo que nuestra mente ni siquiera puede imaginar. Solo sabemos que su presencia puede decidir el destino de todo lo que existe.
Daniel apretó el bolígrafo entre los dedos.
—¿Y si decide destruir un universo?
—Entonces solo queda esperar que cambie de opinión.
—¿No hay forma de detenerlo?
—Ninguna que conozcamos.
—¿Ni con vuestra tecnología?
—Podemos cruzar distancias inimaginables, explorar universos, manipular fenómenos que para vosotros serían imposibles. Pero nada de eso sirve contra algo cuya naturaleza no alcanzamos a comprender.
Daniel respiró hondo. Llegó la pregunta que más le pesaba.
—Thot… responde con absoluta sinceridad. Cuando ocurrió todo eso… ¿cómo lograsteis detenerlo?
Thot guardó silencio. Luego negó lentamente con la cabeza.
—No lo hicimos.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No creamos ninguna tecnología para repelerlo. No encontramos una debilidad. No hallamos ninguna forma de obligarlo a retirarse.
—Pero el incidente terminó. El universo sigue aquí.
—Porque el Vacío se aburrió.
Daniel sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo lo que sabemos.
—¿Estás diciendo que millones de vidas, civilizaciones enteras, incontables mundos estuvieron al borde de desaparecer… y no hicimos nada para evitarlo?
—No digo que no hicierais nada. Digo que vuestra supervivencia no fue una victoria. —Mantuvo la mirada fija en él—. No confundas sobrevivir con vencer, Daniel. A veces, la diferencia entre ambas depende de circunstancias que no podemos comprender.
Daniel dejó el bolígrafo sobre la mesa. Esperaba una estrategia, un descubrimiento, una explicación lógica. En su lugar, acababa de comprender algo mucho más aterrador: no había garantía de que nadie pudiera hacer nada si el Vacío regresaba.
—¿Y si vuelve? —preguntó con voz baja.
—Entonces esperaremos.
—¿Esperar qué?
—Que vuelva a aburrirse.
El silencio volvió a llenar la sala. Por primera vez, Daniel no encontró ninguna pregunta que formular. No había respuesta que pudiera consolarlo. Porque entendió que existen amenazas ante las cuales el conocimiento, la tecnología y el poder no sirven de nada.
Y que, frente a algunas de ellas, sobrevivir no significa haber ganado.
A veces simplemente significa que lo que podía destruirte… decidió seguir su camino.
Daniel permaneció en silencio unos instantes, asimilando las últimas palabras de Thot. La idea de que una fuerza capaz de destruir universos enteros hubiera desaparecido simplemente porque se había aburrido resultaba difícil de aceptar. Sin embargo, había algo que todavía le inquietaba.
—Entonces… esa cosa se marchó y no ha vuelto desde entonces, ¿verdad?
Thot asintió con calma.
—Así es. El Vacío se fue. Pero no todo lo que dejó atrás desapareció con él.
Daniel levantó la mirada de inmediato.
—¿Qué quieres decir?
—Diez años tras su partida, hallamos algo en un pequeño planeta situado en una de las regiones más remotas del universo. Una masa amorfa, aproximadamente del tamaño de uno de vuestros vehículos terrestres.
Daniel dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Una masa amorfa?
—Exactamente. Sin estructura biológica reconocible, sin forma estable. Y sin embargo, su concentración de poder era extraordinaria. Supimos al instante que estaba ligada al Vacío.
El interés de Daniel creció de golpe. Hasta ese momento, había creído que no quedaba rastro material alguno de aquella fuerza. Si Thot hablaba de algo que habían recuperado… quizá existía, por fin, una forma de estudiarlo.
—¿Qué hicieron con ella?
—La llevamos a nuestras instalaciones para analizarla. Queríamos comprender su naturaleza, descubrir de qué estaba hecha y si era posible dominar el poder que había estado a punto de acabar con todo.
—¿Y lo lograron?
Thot soltó un suspiro suave antes de responder.
—Pasaron siglos. Realizamos incontables experimentos, construimos instrumentos diseñados para ello y empleamos tecnologías que normalmente habrían bastado para analizar cualquier fenómeno. Pero aquello se nos escapaba. Siempre.
—¿Por qué?
—Porque intentábamos comprenderlo con las leyes de este universo. Y el Vacío no está sujeto a ellas. Las reglas que rigen nuestra realidad no lo afectan. No era simplemente una materia desconocida ni una forma de energía aún por descubrir. Su naturaleza estaba por encima de todo lo que usábamos para explicar la existencia.
Daniel frunció el ceño.
—Entonces… tras siglos de investigación, ¿no hallaron absolutamente nada?
—Casi nada. Pero hubo un descubrimiento que cambió el rumbo de todo.
Daniel se inclinó hacia delante.
—¿Cuál?
—Conseguimos estabilizar aquella masa lo suficiente para trabajar con ella. No entendimos qué era, pero aprendimos a usar una fracción de sus propiedades. Y así creamos dos formas de vida: una especie completamente nueva, única.
Daniel parpadeó, asombrado.
—¿Crearon seres vivos a partir de esa sustancia?
—Dos especímenes. Y poseían una capacidad que ninguna otra especie había logrado: podían alterar la realidad.
El silencio se apoderó de la sala. Daniel había dedicado su carrera a estudiar los límites de la materia, la energía y las leyes del cosmos. Incluso con la tecnología más avanzada, modificar la realidad a voluntad parecía imposible.
—¿Qué hicieron con ellos?
—Los llevamos a un planeta que acababa de formarse. Queríamos observarlos: ver cómo crecían, cómo se comportaban, qué llegaban a ser sin nuestra intervención.
—¿Los dejaron solos?
—Al principio estuvimos presentes. Necesitábamos comprenderlos. Pero con el tiempo nos apartamos. Queríamos ver cómo evolucionaban por sí mismos.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Pasaron milenios. Aquellos dos se reprodujeron. Su población creció. Surgieron generaciones tras generaciones, hasta que la especie se extendió por gran parte del planeta.
—¿Todos conservaban ese poder?
—No exactamente. Con cada generación, la capacidad se debilitaba. Los primeros poseían un poder inmenso… pero se fue diluyendo. Nunca desapareció del todo, pero se volvió menos frecuente, menos predecible.
Daniel reflexionó unos instantes.
—Espera… ¿estás diciendo que podían cambiar la realidad a su antojo?
—No exactamente, Daniel. Esa distinción es crucial. —Apoyó los antebrazos en la mesa—. Nosotros podemos moldear el mundo de formas que para vosotros serían inimaginables. Pero todo lo que hacemos sigue sujeto a leyes. Hay límites, consecuencias. Ellos no. No necesitaban comprender nada para hacerlo. No siempre lo controlaban, y variaba de uno a otro… pero podían hacerlo.
Daniel lo miró fijamente. Aquello significaba que habían dado origen a una especie que llevaba en su esencia algo del poder que había aterrorizado a los dioses.
—¿Y qué pasó después?
—Siguieron evolucionando. Construyeron, aprendieron, superaron sus límites. Los observamos durante milenios. Hasta que llegó el momento en que dejaron de estar confinados a su mundo. —Entrelazó los dedos—. Algunos ya son capaces de alcanzar el espacio por sí mismos.
—¿Sin vuestra tecnología?
—Sin ella. Si continúan así, pronto entrarán en contacto con otras civilizaciones. Y entonces… probablemente nos verán como sus dioses.
Daniel guardó silencio. Era lógico: desde la perspectiva de aquella especie, sus creadores serían entidades legendarias.
—Es increíble —murmuró—. No sabía que habíais logrado algo así.
Thot no respondió de inmediato.
—Hay muchas cosas que aún ignoras.
Daniel esbozó una sonrisa que se desvaneció al instante.
—Ahora comprendo por qué me lo cuentas. Soy el científico jefe de la investigación sobre ellos. Se me asignó este proyecto porque necesitamos una forma de enfrentarnos al Vacío. Si esa especie lleva parte de su poder… quizá sea nuestra mejor oportunidad.
Thot lo miró con una serenidad que le heló la sangre.
—No te preocupes. Eso no ocurrirá.
Daniel frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—No tendrás que investigarlos mucho más tiempo.
—No entiendo.
Thot sonrió. No era una sonrisa alegre ni cruel. Era la expresión de alguien que conoce el final de una historia que su interlocutor cree apenas comenzar.
—Al decidir salir al espacio, dejaron de ser un mundo aislado. Para el resto del cosmos, su origen es un riesgo que no están dispuestos a correr.
—¿Un riesgo? Están aprendiendo. Podrían controlar sus capacidades. Podríamos ayudarles…
—No habrá tiempo.
—¿Qué dices?
—Han decidido eliminarlos.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Eliminar a toda la especie?
—Sí.
—¡Pero son seres vivos! No pidieron nacer así. No comprenden lo que llevan dentro. ¡No pueden ser condenados por ello!
—Eso no ha cambiado la decisión.
Daniel se levantó de golpe.
—¿Y tú vas a permitirlo? ¡Tú los creaste! Los cuidaste miles de años…
—Precisamente por eso me han enviado.
Daniel se detuvo.
—Como responsable de su creación, soy considerado parte de ellos. Mi lugar está con ellos.
—¿Para protegerlos?
La sonrisa de Thot se ensanchó levemente.
—Para morir junto a mi creación.
Daniel sintió que el estómago se le hundía. Comprendió de golpe por qué tanta calma: no era una advertencia lejana. Era un hecho consumado.
—No… —susurró—. Tiene que haber una forma de impedirlo.
Thot guardó silencio.
Daniel retrocedió hasta chocar con la silla. Miró sus notas: los informes, las hipótesis, todo. Y entonces todo encajó. La especie que nació de la sustancia del Vacío. El poder que se desvaneció pero nunca murió. El planeta lejano. Los dos primeros.
Levantó la mirada lentamente.
—Thot… —su voz fue apenas un hilo—. ¿De qué especie hablas?
Thot lo miró a los ojos.
—De la humanidad.
El tiempo pareció detenerse. Daniel dejó de respirar. Buscó desesperadamente una confusión, una palabra mal interpretada… pero no la había.
El planeta era la Tierra. Los dos primeros eran los orígenes de su especie. El poder que llevaban dentro, heredado de algo que aterrorizó a los dioses, debilitado por milenios pero presente en cada generación.
Y ahora, al salir al espacio, la humanidad había revelado su naturaleza. Y el cosmos había juzgado.
Daniel permaneció sin aliento, sin saber qué decir. La investigación que creía destinada a salvar el universo acababa de mostrarle la verdad: no eran los elegidos. Eran la amenaza. Y el exterminio no era una posibilidad remota. Estaba decidido.
En algún rincón de la Biblioteca Infinita, se estaba librando una escena de sufrimiento digna de ser recordada por milenios.
La víctima era el pobre Lector.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO ESPERAR! ¡VA A SER INCREÍBLE! ¡UNA CANCIÓN SOBRE MÍ! ¡UNA CANCIÓN PROPIA!
Luna, con su vestido gótico negro ondeando y sus cabellos rubios sacudidos por la emoción, lo zarandeaba como si fuera un muñeco de trapo. Su sonrisa iba de oreja a oreja, sus ojos dorados brillaban con fuerza y sus piececitos apenas tocaban el suelo entre saltos.
El Lector, por su parte, había dejado de resistirse hace varios minutos. Su cuerpo se balanceaba sin fuerzas, los brazos colgando inertes, y su rostro expresaba la resignación de quien ha aceptado su destino.
¿Por qué yo? era la única pregunta que recorría su mente. ¿Qué hice para merecer esto? ¿Por qué nunca le toca al Narrador? ¿Por qué no sacude a Haruka? ¿Por qué siempre soy yo?
Naturalmente, nadie respondió.
A cierta distancia, el Narrador observaba la escena entre la diversión y la lástima. A su lado, Haruka sostenía con calma al Libro Nuevo y al Libro Viejo, quienes habían logrado ponerse a salvo gracias a la rápida intervención de la bibliotecaria.
El Libro Nuevo miró al Lector, que empezaba a girar peligrosamente sobre sí mismo.
—Disculpa, Haruka… ¿qué le ocurre a la señorita Luna?
Haruka siguió con la mirada a la niña, que acababa de levantar al Lector por encima de la cabeza como si fuera un trofeo.
—El Narrador le ha dado una noticia que la ha llenado de euforia.
El Libro Nuevo parpadeó.
—¿Una noticia? ¿Qué clase de noticia la pone así?
El Libro Viejo miró al Narrador, que se rascaba la nuca mientras Luna sacudía al Lector una vez más.
—Me imagino que debe de ser algo extraordinario. ¿Qué le has dicho exactamente?
El Narrador sonrió.
—Le he contado que el escritor está preparando una canción dedicada a ella, que publicará pronto en su canal.
Hubo un silencio.
El Libro Nuevo abrió los ojos tanto que parecían a punto de salírsele de las páginas.
—¿Una canción?
El Libro Viejo permaneció inmóvil unos segundos.
—¿Dedicada a la señorita Luna?
—Exactamente —confirmó el Narrador.
Ambos libros intercambiaron una mirada de absoluta incredulidad.
—¿De verdad? —preguntó el Nuevo.
—De verdad.
—¿El escritor le va a dedicar una canción a ella?
—¡QUE SÍ!
—¡Vaya! —exclamó el Libro Nuevo—. ¡Eso sí que es inesperado!
—Aunque, pensándolo bien, tiene sentido —reflexionó el Libro Viejo—. Al fin y al cabo, la señorita Luna es la protagonista de innumerables historias.
—¡Y la dueña de todas ellas! —añadió el Nuevo.
—Y la responsable de buena parte de nuestros problemas.
—Eso también.
Haruka suspiró suavemente mientras ambos libros seguían comentando la noticia.
—Ahora entiendo por qué está tan emocionada —murmuró.
Justo entonces, algo pasó volando sobre sus cabezas.
—¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAH!!!!
Era el Lector. Atravesó el pasillo como un proyectil, pasó por encima de varias estanterías y desapareció entre los libros del fondo.
Un segundo después, Luna apareció dando pequeños saltos.
—¡¿CUÁNDO?! ¡¿CUÁNDO LA PUBLICARÁ?! ¡DÍMELO YA!
Se plantó delante del Narrador y lo agarró de las mangas, sacudiéndolo levemente.
—¡DÍMELO, DÍMELO, DÍMELO!
El Narrador levantó las manos, intentando mantener la calma.
—¡Pronto, pronto! Todavía no hay fecha exacta, pero cuando esté lista, el escritor añadirá el enlace aquí mismo para que puedas escucharla.
Los ojos de Luna brillaron aún más.
—¿Un enlace? ¿A MI CANCIÓN?
—Sí, Luna. A tu canción.
La niña se llevó las manos a las mejillas.
—¡AAAAAAAH! ¡VOY A TENER UNA CANCIÓN! ¡CON MÚSICA Y TODO!
Empezó a girar sobre sí misma, haciendo que las cintas de su vestido y su cabello se agitaran a su alrededor.
—¡Tengo que escucharla ahora! ¡Ponla, Narrador!
—Todavía no está publicada.
Luna se detuvo en seco.
—Ah.
Breve silencio.
—Entonces esperaré.
El Narrador sonrió, aliviado.
—Me alegra que lo entiendas.
—¡PERO NO QUIERO ESPERAR!
Y volvió a saltar.
El Libro Nuevo se escondió tras el hombro de Haruka.
—¿Crees que va a estar así hasta que salga?
—Probablemente —respondió el Libro Viejo.
—¿Y si tarda semanas?
—Entonces tendremos semanas muy, muy largas.
Haruka cerró los ojos y suspiró.
—Yo intentaré mantenerla ocupada.
El Narrador se llevó una mano a la frente.
—Buena suerte con eso.
Sin embargo, justo cuando parecía que la situación no podía empeorar, Luna dejó de saltar. Su mirada se desplazó lentamente hacia adelante. Hacia la cámara. Hacia ti.
Y sonrió.
No era una sonrisa malvada ni amenazadora. Era la sonrisa radiante e inocente de una niña que acaba de recibir el mejor regalo del mundo.
Se acercó. Demasiado. Su rostro ocupó casi toda la visión, y sus ojos dorados te miraron directamente.
—¡TÚ!
El Narrador palideció.
—Oh, no…
Luna apoyó las manos a ambos lados de la cámara imaginaria y se inclinó aún más.
—¡Sí, tú, que estás leyendo esto! ¡Tengo algo muy importante que decirte!
El Libro Nuevo asomó la cabeza.
—¿A quién le habla?
—Al lector —respondió el Libro Viejo.
—¡Pero nosotros también somos libros!
—No es el momento.
Luna sonrió de oreja a oreja.
—¡Cuando salga mi canción, tienes que ir a escucharla! ¡Va a ser maravillosa! ¡Va a emocionarte! ¡Estoy segura de que te encantará!
El Narrador carraspeó.
—Luna, no puedes obligar a nadie. Cada uno elige qué quiere escuchar.
La niña giró la cabeza lentamente hacia él.
—¿Obligar?
—Sí.
Volvió a mirarte. Su expresión seguía siendo la más dulce del mundo.
—Por supuesto. Yo jamás obligaría a nadie.
Haruka entrecerró los ojos.
—Luna…
—¿Sí, Haruka?
—No amenaces a la gente.
—¡Pero si no estoy amenazando a nadie! —Juntó las manos detrás de la espalda y ladeó la cabeza con inocencia—. Solo digo que sería una auténtica lástima que alguien se perdiera algo tan hermoso.
Haruka la miró en silencio. Luna parpadeó dulcemente.
—Aunque, claro, cada cual es libre. La libertad de elección es importantísima.
—Me alegra que lo entiendas —dijo Haruka.
—¡Por supuesto!
Luna volvió a acercarse a la cámara. Su sonrisa se ensanchó.
—Aunque… una pulga de mar perdida en medio de un océano gigantesco sería una forma bastante desagradable de terminar para alguien que decidió no escuchar mi canción…
Silencio absoluto.
El Narrador se quedó con la boca abierta. El Libro Nuevo se escondió por completo. El Libro Viejo cerró lentamente sus páginas.
Y Haruka… la miró fijamente.
Luna le devolvió la mirada con los ojos más puros que jamás se hayan visto.
—¿Qué? —preguntó con dulzura—. ¡Solo hablé de una pulga de mar!
Haruka respiró hondo.
—Luna.
—¿Sí?
—Ven aquí.
La sonrisa desapareció. Sus ojos buscaron ayuda. El Narrador miró hacia otro lado. El Libro Viejo fingió dormir. El Libro Nuevo se aferró a Haruka como si su existencia dependiera de ello.
Luna tragó saliva.
—Ehhh… ¿sabes qué? Acabo de recordar que tengo que revisar si mis libros están bien ordenados.
—Luna.
—¡AHORA VUELVO!
Salió corriendo a una velocidad impresionante para alguien con piernas tan cortas. Haruka suspiró, dejó a los libros sobre una mesa y comenzó a caminar tras ella.
—Luna, cuando te alcance, vamos a ordenar toda la Biblioteca.
La carrera se detuvo de golpe. Desde lo profundo de los estantes llegó un grito desesperado:
—¡¡¡NOOOOOOOOOOO!!! ¡¡¡YO SOLO QUERÍA QUE ESCUCHARAN MI CANCIÓN!!!
El Narrador soltó una carcajada. El Libro Nuevo temblaba entre risas, mientras el Libro Viejo comentó con calma:
—La Historia sobrevive al nacimiento y muerte de innumerables universos… pero nunca ha sobrevivido a una tarde de limpieza.
El Narrador asintió.
—Y todo por una canción.
Una última voz, cargada de indignación, llegó desde el fondo:
—¡¡¡Y UNA CANCIÓN MARAVILLOSA, ADEMÁS!!!
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PermalinkThot yendo a morir junto a lo que creó, y al rato Luna amenazando con pulgas de mar. Igual se agradece el respiro, po.
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