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Mundo 10: La Biblioteca y el Libro que Esperaba parte 1

DNavarrete

Contenido de la publicación

La Biblioteca estaba tranquila. Demasiado tranquila. Hasta que un estruendo sacudió uno de los pasillos.

 

¡BRUUUUUM!

 

Una nube de polvo y trocitos de papel se elevó entre las estanterías. El Lector se quedó inmóvil. El Libro Viejo y el Libro Nuevo, sujetos a su cintura, también guardaron silencio unos segundos.

 

—…

—…

—…

 

Finalmente, Nuevo habló.

 

—¿Qué acaba de pasar?

 

El Lector señaló la enorme montaña de libros que se había formado frente a ellos. Desde debajo sobresalía una mano pequeña. Y un poco más arriba… la cabeza de Luna.

 

—¡Estoy bien! —gritó con voz ahogada.

 

Haruka, sentada tranquilamente a unos metros, tomó un sorbo de té.

 

—Eso dices cada vez que haces algo así.

 

Luna intentó mover la cabeza. No pudo. Tenía un libro apoyado sobre el cabello.

 

—¡Lector!

 

El hombre se acercó de inmediato y comenzó a apartar volúmenes. Uno, dos, tres… y por cada uno que quitaba, aparecían otros cuatro.

 

—¡Más rápido! —protestó ella—. ¡Estoy enterrada en conocimiento!

 

El Libro Nuevo alzó una pequeña página.

 

—¡Tú puedes!

 

—¡Sigue así! —añadió el Viejo—. Ya casi la tenemos.

 

—¡Siento que el conocimiento pesa demasiado! —se quejó Luna, moviendo la mano libre.

 

Haruka tomó otro sorbo de té. Luna la miró entrecerrando los ojos.

 

—Haruka…

 

—¿Sí?

 

—¿En serio no vas a ayudarme?

 

Haruka dejó la taza con calma.

 

—No.

 

—¡¿No?!

 

—No.

 

—¡¿Por qué?!

 

—A veces la Historia debe permanecer enterrada —respondió ella con serenidad.

 

Luna se quedó mirándola.

 

—…

 

—Para evitar que se salga de control.

 

Luna frunció el ceño.

 

—Eso es bastante irónico.

 

—¿Por qué?

 

—¡Porque estoy enterrada debajo de todos estos libros! —señaló la montaña—. ¡Y yo soy la Historia!

 

Haruka levantó una ceja.

 

—Precisamente.

 

—¡¿Precisamente?!

 

—Sí.

 

—¡Traidora! —exclamó Luna, indignada.

 

Haruka ocultó una sonrisa tras la taza.

 

—Se supone que tú debes proteger el orden —continuó Luna—. ¡Deberías ayudarme!

 

—Del caos nace el orden —dijo Haruka, señalando la pila—. Y ahora mismo, el mayor caos de esta Biblioteca está enterrado bajo un caos mucho menos molesto.

 

El Lector se detuvo un instante. El Libro Nuevo soltó una risita. El Viejo también sonrió.

 

—¡¿De qué se ríen?! —los miró Luna, indignada.

 

—De nada —respondió el Viejo.

 

—¡No me engañan!

 

Haruka se tapó la boca, conteniendo la risa.

 

—¡Haruka!

 

—Perdón.

 

Pero entonces… PLOP. Un libro cayó desde lo alto, directo sobre la cabeza de Luna. ¡PONK!

 

Silencio absoluto. Luna quedó inmóvil. Un pequeño bulto empezó a formarse sobre su cabello. El Lector se quedó paralizado. Nuevo abrió mucho los ojos.

 

—Creo que eso dolió.

 

—Probablemente —asintió el Viejo.

 

Luna bajó la mirada lentamente.

 

—…

 

—¿Luna? —preguntó Haruka.

 

—Estoy bien.

 

—No parece.

 

—Estoy perfectamente bien.

 

Otro silencio. Luna cerró los ojos.

 

—Solo necesito…

 

Su cabeza cayó hacia adelante y quedó apoyada contra un libro abierto frente a ella. Se podía leer claramente el título: Sueño Profundo.

 

Nuevo miró al Viejo.

 

—¿Se quedó dormida?

 

—Posiblemente.

 

—¿Después de que le cayó un libro encima?

 

—Creo que estaba tan enojada que se quedó sin energía.

 

El Lector aprovechó que ya no se quejaba y siguió apartando libros, con cuidado, uno por uno. Poco a poco la montaña disminuyó: primero las piernas, luego el torso… hasta que quedó libre un brazo. La tomó suavemente de la mano y la sacó. Luna estaba cubierta de polvo y trocitos de papel… y seguía profundamente dormida.

 

—¿La despertamos? —preguntó Nuevo.

 

—No —dijo el Viejo—. Creo que merece descansar.

 

Haruka se levantó, no para ayudarla, sino para recoger el libro que la había golpeado. Lo observó y sonrió.

 

—Qué irónico.

 

—¿Por qué? —preguntó Nuevo.

 

—De todos los libros que podían caerle… tuvo que ser precisamente este.

 

El Viejo asintió.

 

—El destino tiene sentido del humor.

 

—O Luna tiene una relación demasiado cercana con los libros —añadió Haruka.

 

Y entonces, entre los volúmenes desordenados, apareció algo distinto. No era un libro condenado ni un mundo recién descubierto. Era uno que ya conocían. Una historia que había comenzado… pero cuyo final aún no se había escrito.

 

Haruka lo tomó. Su expresión cambió.

 

—Ese no es… —empezó Nuevo, acercándose.

 

—Sí —asintió ella.

 

Miró a Luna, que dormía tranquila, y abrió el libro. Las páginas pasaron solas, hasta detenerse en el punto exacto donde todo se había quedado en suspenso.

 

—Parece que ya es hora de volver —dijo suavemente.

 

El Lector se acercó. El Viejo y el Nuevo también. Y mientras Luna descansaba sobre la montaña de libros, la Biblioteca les mostró de nuevo aquel universo. Uno que ya conocían… pero que ahora revelaría su final.

 

La imagen comenzó completamente inestable. Sacudidas bruscas, giros rápidos… como si alguien acomodara la cámara con prisa.

 

—Espera… no, así no… —se escuchó una voz. Una mano apareció frente al objetivo. La imagen se inclinó—. Vamos… quédate quieta.

 

Un pequeño golpe. Y finalmente, estabilidad.

 

Frente a la cámara se veía una habitación enteramente blanca: paredes, techo y suelo del mismo tono pálido. Sin ventanas. Solo una mesa sencilla, dos sillas y la cámara, ya colocada frente a una de ellas.

 

Un hombre entró en cuadro. Llevaba una bata blanca y sostenía varios documentos. Se sentó, acomodó los papeles con cuidado y respiró hondo. Miró directamente al objetivo.

 

—Registro de archivo número 047. —Hizo una pausa breve—. Informe correspondiente al proyecto de investigación. Día treinta y uno, hora 14:37.

 

Pasó una página.

 

—Este registro audiovisual se inicia con el objetivo de mantener un orden cronológico de los acontecimientos en esta instalación. Toda la información será analizada por el personal autorizado.

 

Dejó el documento sobre la mesa. Hasta ese momento su voz había sido estrictamente profesional. Pero entonces tomó otro informe, y su expresión cambió.

 

—Bien… —miró de nuevo a la cámara—. El interrogatorio que sigue se realizará a un espécimen de origen desconocido, encontrado hace un mes en la región desértica clasificada como Zona 4.

 

Pasó otra hoja.

 

—A las 03:16 de aquel día se detectó un objeto atravesando la atmósfera. Se identificó inicialmente como un posible asteroide. Sin embargo… —levantó la mirada— al llegar al punto de impacto, el equipo de reconocimiento descubrió que no era un cuerpo celeste. Era una nave.

 

Silencio.

 

—Una nave de origen extraterrestre. En su interior había cinco ocupantes. Cuatro no sobrevivieron. El quinto… —sus ojos volvieron lentamente a la cámara— seguía con vida.

 

—El superviviente fue trasladado de inmediato a una instalación secreta. Debido a que desconocíamos su fisiología, se evitaron procedimientos invasivos. A pesar de las dificultades, se recuperó. Despertó hace veintiocho días.

 

Hizo una pausa.

 

—Y entonces surgió nuestro segundo problema. No hablaba ningún idioma conocido. Durante casi un mes intentamos comunicarnos: grabaciones, símbolos, imágenes, señales luminosas… nada funcionó. Hasta que utilizamos transmisiones de radio. Descubrimos que podía interpretar frecuencias y patrones. Tras varios intentos, logramos establecer una comunicación básica.

 

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

 

—Y hace tres horas ocurrió algo que nadie esperaba. El espécimen se ofreció voluntariamente a hablar con nosotros. No sabemos por qué. No sabemos qué hacía aquí. No sabemos de dónde viene. Y, sobre todo… —miró fijamente a la lente— no sabemos qué busca.

 

CLAC.

 

Un sonido metálico al otro lado de la puerta. El hombre giró la cabeza. Las puertas se deslizaron: SHHHHHK.

 

Dos guardias entraron primero, con armaduras completas y armas listas. Entre ellos caminaba el superviviente. El investigador lo observó en silencio. No era humano. Su cuerpo, erguido, tenía proporciones distintas: brazos ligeramente más largos, manos con dedos delgados y articulaciones extrañas. La piel grisácea, azulada, estaba recubierta por pequeñas placas naturales que formaban una especie de protección. La cabeza era alargada; dos grandes ojos oscuros ocupaban la mayor parte del rostro. No tenía nariz como tal, sino aberturas en el centro; donde debía estar la boca, una estructura estrecha que se movía al respirar. Vestía parte de un traje dañado por el impacto.

 

Lo acompañaron hasta la silla frente a él. Los guardias se quedaron detrás. El hombre lo observó unos segundos y volvió a la cámara.

 

—Registro 047. Comienza el interrogatorio.

 

Activó un dispositivo sobre la mesa. Una luz se encendió.

 

—¿Puede entenderme?

 

La criatura inclinó levemente la cabeza. Respondió, pero su voz no salió de su garganta: el aparato emitió una serie de sonidos rápidos. Bip. Bip. Biiiiip. Tras un instante de procesamiento, una voz artificial pronunció claramente:

 

—Sí.

 

El investigador contuvo el aliento. Había escuchado esa palabra en las pruebas, pero nunca en una conversación directa. Tomó el siguiente documento.

 

—Entonces comencemos.

 

El extraterrestre lo miró fijamente con sus ojos negros. Y por primera vez desde que había llegado a aquel planeta… sonrió.

 

El investigador acomodó los documentos frente a él.

 

Durante unos segundos observó a la criatura sentada al otro lado de la mesa. La postura erguida, la calma en sus rasgos, la mirada fija y serena. Nada en ella denotaba inquietud.

Finalmente habló.

 

—Antes de comenzar, quiero dejar algo claro.

 

La criatura permaneció inmóvil.

 

—Usted no es un prisionero. Puede abandonar esta habitación cuando quiera. Sin embargo, comprenderá que para nosotros una situación como esta no es precisamente algo cotidiano.

 

Hizo una pausa breve.

 

—En nuestro mundo, seres como usted no son algo común.

 

La criatura observó las paredes blancas, lisas, sin un solo rasgo que las diferenciara de cualquier otra estancia.

 

—Eso ya lo había deducido.

 

El hombre soltó una pequeña sonrisa.

 

—Me alegra que podamos entendernos. —Tomó uno de los documentos—. Mi nombre es Daniel. —Se señaló a sí mismo—. Daniel. Luego señaló a su interlocutor—. ¿Y usted?

 

Hubo silencio unos segundos.

 

—Los nombres... —el dispositivo procesó su voz con un zumbido suave— ...son conceptos irrelevantes para nuestra especie.

 

Daniel arqueó una ceja.

 

—¿No tienen nombres?

 

—No como ustedes los entienden. —La criatura levantó ligeramente una mano—. Pero si necesita identificarme de alguna manera... puede llamarme Thot.

 

Daniel anotó de inmediato.

 

—Thot.

 

—Sí.

 

—De acuerdo. —Pasó una página—. Thot, sus compañeros... —dudó un instante— ...fueron recuperados del lugar del impacto. Actualmente se encuentran bajo nuestra custodia mientras determinamos qué hacer con ellos.

 

Thot lo observó fijamente.

 

—¿Les realizaron autopsias?

 

Daniel se quedó rígido. La pregunta llegó sin ira, sin reproche, con la misma naturalidad que si hubiera preguntado la hora.

 

—Quiero que me diga la verdad —añadió Thot—. Por favor.

 

El investigador bajó lentamente los documentos. Sabía que mentir destruiría cualquier confianza posible.

 

—Sí. Realizamos autopsias. Necesitábamos conocer su fisiología. No sabíamos absolutamente nada sobre su especie y...

 

—No tiene que justificarse.

 

Daniel parpadeó.

 

—¿No?

 

—No. —Thot bajó la mirada un instante—. Espero que no crea que estoy molesto por ello.

 

—¿No está molesto?

 

—¿Por qué debería estarlo? —Se señaló a sí mismo—. En nuestra cultura, la muerte no representa el final de aquello que buscamos. Nuestra creencia se basa en la adquisición de conocimiento. Cuando alguien muere, su cuerpo deja de ser la persona que era. Es solamente un cascarón vacío.

 

Daniel miró las fotografías y los informes sobre la mesa.

 

—Entonces...

 

—Nosotros hacemos exactamente lo mismo —continuó Thot—. Cuando encontramos especímenes de otras especies, estudiamos sus cuerpos. Analizamos su fisiología, sus órganos, su estructura, sus capacidades.

 

—¿Y no consideran eso una falta de respeto?

 

—No. —Una pausa breve—. Para nosotros, sería desperdiciar conocimiento.

 

Daniel se quedó callado.

 

—Mis compañeros ya no están en este plano —dijo Thot—. Sus cuerpos solamente son materia. —Señaló los documentos—. Y ahora también son conocimiento.

 

—¿Ellos estarían de acuerdo? —preguntó Daniel, con la voz más baja.

 

—Estarían felices.

 

La respuesta lo dejó sin saber qué decir durante unos segundos. Finalmente asintió y continuó.

 

—Bien... hablemos de usted. ¿De dónde viene?

 

—Muy lejos de aquí.

 

Daniel sonrió levemente.

 

—Eso ya lo imaginaba.

 

—Nuestro origen se encuentra en un lugar al que llamamos el Punto Cero.

 

Daniel dejó de escribir.

 

—¿Punto Cero?

 

—Sí.

 

—¿Dónde está?

 

—Cerca del lugar donde comenzó todo.

 

Daniel frunció el ceño.

 

—¿El origen del universo?

 

—Eso es lo que ustedes llaman a ese acontecimiento.

 

El investigador se inclinó hacia adelante.

 

—¿Está diciendo que su especie vive cerca del lugar donde ocurrió el Big Bang?

 

Thot guardó silencio unos instantes.

 

—Ustedes lo llaman Big Bang.

 

—Entonces... ¿su especie fue una de las primeras en aparecer después del Big Bang?

 

Thot negó lentamente con la cabeza.

 

—No. Para nosotros no fue un Big Bang.

 

Daniel dejó el bolígrafo sobre la mesa.

 

—¿Entonces qué fue?

 

—El inicio de la página.

 

—¿La página?

 

—Sí.

 

—¿Qué significa eso?

 

Thot respondió con la misma sencillez de siempre.

 

—Es como lo llamamos nosotros.

 

Daniel lo miró, confundido, y finalmente anotó.

 

—Bien. Lo tomaré como una denominación propia de su especie. —Pasó otra hoja—. Ahora quiero saber cómo llegaron hasta aquí. Su nave atravesó una distancia que, según nuestros cálculos, debería haber requerido miles... posiblemente millones de años de viaje.

 

—No para nosotros.

 

Daniel levantó la vista.

 

—¿Tienen tecnología para recorrer grandes distancias rápidamente?

 

Thot soltó un sonido que el traductor convirtió en una risa suave.

 

—Tenemos tecnología que para ustedes sería considerada imposible.

 

—¿Qué clase de tecnología?

 

—Desdoblamiento espacio-temporal. A través de agujeros de gusano.

 

Daniel dejó de respirar un instante.

 

—¿Qué?

 

—¿Su nave puede crear agujeros de gusano?

 

—Toda nave de nuestra especie puede hacerlo.

 

—¿Toda nave? —repitió Daniel, casi sin voz—. ¿Incluso una nave pequeña?

 

—Sí.

 

El investigador se pasó una mano por el rostro.

 

—Nosotros apenas estamos intentando demostrar que pueden existir.

 

Thot inclinó la cabeza.

 

—Entonces todavía están aprendiendo.

 

—Eso parece —soltó una risa nerviosa.

 

—Para ustedes, recorrer determinadas distancias tomaría años —dijo Thot—. Para nosotros... —levantó una mano y juntó dos dedos— ...solo tenemos que atravesar una puerta.

 

Daniel se quedó completamente inmóvil. Por primera vez no escribió nada. Solo miró a Thot. Y lentamente comprendió.

 

La nave que habían encontrado en el desierto no había llegado desde otro planeta. Ni siquiera desde otra región de la galaxia. Había cruzado desde el extremo más lejano del universo. Y para quienes la tripulaban... había sido tan sencillo como pasar de una habitación a otra.

 

Daniel permaneció unos segundos en silencio, el bolígrafo suspendido sobre el papel. Todavía intentaba ensamblar todo lo que había escuchado. Finalmente respiró hondo y volvió a escribir.

 

—Entonces, si su especie existe desde hace tanto tiempo... —levantó la mirada— deben haber visto nacer y desaparecer muchas cosas.

 

Thot asintió con gravedad.

 

—Eso es correcto.

 

—¿Civilizaciones enteras?

 

—Muchas.

 

—¿Y desaparecerlas también?

 

Hubo una pausa breve.

 

—Más de las que me gustaría recordar.

 

Daniel dejó de escribir.

 

—¿Entonces simplemente observan?

 

—La mayoría de las veces.

 

—¿Por qué?

 

—Porque muchas apenas están comenzando. Algunas descubren su planeta. Otras apenas han dejado de mirar el cielo para empezar a entenderlo. Algunas miran las estrellas por primera vez y sueñan con llegar hasta ellas.

 

—Y ustedes no interfieren.

 

—No, a menos que estén listas.

 

—¿Listas para qué?

 

—Para comprender que no están solas. Y entonces podemos enseñarles.

 

—¿Tecnología?

 

—Conocimiento. —Thot hizo una pausa—. Y a veces algo más: la oportunidad de viajar con nosotros.

 

Daniel abrió los ojos.

 

—¿Se las llevan?

 

—Si quieren venir. Algunas lo hacen. Otras prefieren quedarse, crecer a su propio ritmo. Y ambas decisiones son respetadas.

 

—Espera... —Daniel sonrió, desconcertado—. Debo ser honesto. Si una especie lleva millones de años de ventaja, yo imaginaba...

 

—¿Qué imaginaba?

 

—Un imperio. Conquista de planetas, luego galaxias, luego todo lo demás. Ese es el camino que solemos imaginar nosotros.

 

Thot negó suavemente.

 

—No nos interesa conquistar.

 

—¿Ni siquiera han aparecido quienes sí quisieran?

 

—Por supuesto. Somos seres vivos. Las ambiciones, los miedos, los deseos de poder... existen en todos los lados.

 

—¿Incluso en su especie?

 

—Incluso en nosotros. —Se señaló a sí mismo—. Es la naturaleza de la vida. No importa cuánto avancemos, no podemos despojarnos por completo de ella. Pero aprendimos a ver más allá.

 

—¿Y las guerras?

 

—Existen disputas. Conflictos. Pero no la destrucción total que ustedes temen. Aprendimos a resolverlas sin borrar mundos.

 

Daniel asintió lentamente.

 

—Y eso lo comparten.

 

—El conocimiento se multiplica cuando se da. Se pierde cuando se guarda. —Thot inclinó la cabeza—. Algo que nosotros no vemos, otra especie puede descubrir. Ese descubrimiento nos lleva a nosotros más lejos. Y así sucesivamente. Nadie lo tiene todo. Todos suman.

 

—Es un ciclo... —murmuró Daniel.

 

—Exactamente.

 

El investigador lo miró con una calidez nueva. Por primera vez sentía que el futuro no era necesariamente oscuro.

 

—Entonces... hay paz. De verdad hay paz en el universo.

 

Thot no respondió de inmediato. Su expresión cambió. Fue algo mínimo, casi imperceptible, pero Daniel lo notó: una sombra cruzó sus ojos.

 

—Hay paz. —La voz sonó más baja—. Pero hubo un tiempo en que todo eso casi se destruye.

 

La sonrisa de Daniel se apagó.

 

—¿Qué ocurrió?

 

Thot miró la pared blanca, como si a través de ella viera algo lejano y terrible.

 

—Cuando la paz arraiga, siempre hay algo que busca arrancarla.

 

—¿Otra especie?

 

—No.

 

—¿Una guerra interna?

 

—No. —Thot cerró los ojos un instante—. Vinieron de fuera.

 

Daniel frunció el ceño.

 

—¿De fuera de este universo?

 

—No. Más lejos aún. —Abrió los ojos. En ellos había algo que nunca se había visto allí: miedo—. Vinieron del lugar donde la realidad aún no existía.

 

El silencio se hizo denso en la habitación.

 

—¿Qué hicieron?

 

—Torcieron lo que era recto. Rompieron lo que estaba unido. Donde entraron, las leyes del mundo dejaron de sostenerse. El espacio, el tiempo, la vida... nada era seguro. —Thot miró directamente a la cámara, como si quien lo escuchaba necesitara oírlo claro—. No eran invasores que querían conquistar. Eran algo que no comprendía lo que era ser. Solo venían a deshacerlo.

 

Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

 

—¿Y... pudieron detenerlos?

 

Thot guardó silencio largo tiempo.

 

—Sí. Pero no sin costo. Muchos mundos desaparecieron. Muchas voces se callaron para siempre. Y lo que aprendimos entonces... lo guardamos no por egoísmo, sino por protección.

 

—¿Por protección?

 

—Para que nadie despierte algo que no puede contener.

 

Daniel dejó el bolígrafo sobre la mesa. Ya no escribió nada.

 

—¿Volverán?

 

Thot bajó la mirada.

 

—Esperamos que no. Pero mientras estemos aquí, mientras recordemos lo que ocurrió... estaremos preparados. —Lo miró fijamente—. Y ahora, ustedes también lo saben.

 

La habitación quedó en silencio. El peso de esa verdad llenó cada rincón. Por primera vez, Daniel comprendió que el universo no era solo un lugar de maravillas. Era también un lugar frágil. Y algo que nadie debía buscar acechaba justo más allá de los bordes.

Thoughts

  • BeatrizLagos

    Le cae un libro en la cabeza y se queda dormida justo encima de uno que se llama así. Esa Luna venía cansada de antes, po, el golpe fue la excusa nomás.

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  • RominaQ

    Haruka tomando su té mientras la Historia pide auxilio debajo de los libros. Mala amiga, pero yo hubiera hecho lo mismo 😂

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La Biblioteca estaba tranquila. Demasiado tranquila. Hasta que un estruendo sacudió uno de los pasillos.

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