El caos había vuelto.
Otra vez.
Lo cual, para sorpresa de absolutamente nadie que habitara entre los infinitos estantes de la Biblioteca, significaba una sola cosa: Luna había vuelto a tocar algo que no debía. Y peor aún: lo había tocado porque le dijeron específicamente que no lo hiciera.
En algún lugar perdido entre pasillos que se alargan hasta perderse de vista, bajo techos tan altos que se confundían con la oscuridad, un tomo gigantesco descansaba abierto sobre una mesa de lectura reforzada con hierro antiguo y runas de sujeción. O al menos, lo intentaba. Porque sus páginas pesadas de pergamino amarillento no dejaban de pasar solas, agitadas por un viento que no venía de ninguna ventana, mostrando escenas horribles y fascinantes a partes iguales: bosques ardiendo como antorchas gigantescas, ejércitos de miles de hombres marchando bajo estandartes rotos, ciudades reducidas a cenizas y banderas desgarradas ondeando sobre ruinas.
Todo el universo contenido en aquellas páginas estaba ardiendo.
Literalmente.
Y la responsable de aquel desastre pendía del techo, como si fuera un adorno mal puesto por el destino.
Luna estaba colgada de una sola pierna. 🦵⛓️
Una gruesa cadena negra, pesada y fría como el vacío, le rodeaba el tobillo derecho y subía hasta perderse entre las vigas de madera oscura y polvo milenario que sostenían el techo inmenso. Quedaba cabeza abajo, el cabello oscuro colgando hacia el suelo como una cortina, balanceándose de un lado a otro con la despreocupación de un niño en un columpio, aunque con mucha más indignación y mucho menos derecho a quejarse.
Mientras se mecía de izquierda a derecha, agitaba frenéticamente las manos en el aire, gesticulando con dramatismo exagerado, y daba patadas al vacío con la pierna que tenía libre, como si su ira pudiera derribar las estanterías de al lado. Su túnica oscura y llena de bordados brillantes caía sobre ella como una campana invertida, dejando ver solo sus ojos brillantes, que ahora mismo parecían dos ascuas de pura queja.
—¡Esto es injusto! —gritó, alzando los brazos hacia abajo —que para ella era hacia arriba— con los puños cerrados.
Se balanceó con más fuerza, haciendo tintinear los eslabones de la cadena.
—¡Completamente injusto, abusivo y arbitrario! ¡Es una dictadura!
Se impulsó de nuevo, casi tocando el suelo con las manos para volver a subir.
—¡EXIJO UNA APELACIÓN! ¡Y un abogado! ¡Y un refresco!
A unos metros de distancia, sentada con la espalda recta, imperturbable como una estatua tallada en piedra eterna, Haruka ni siquiera levantó la vista del libro.
Estaba inclinada sobre la mesa, con una pluma fina en una mano y una libreta pequeña en la otra, revisando página tras página con una calma y una paciencia que solo alguien que ha tenido que soportar a Luna durante eones podía poseer. La luz de las lámparas de aceite bañaba su perfil serio, iluminando sus ojos dorados que leían cada línea con una atención quirúrgica.
Cada cierto tiempo, hacía una anotación breve.
Pasaba una hoja.
Suspiraba. Un sonido suave, largo, cargado de un cansancio que pesaba más que todas las estanterías juntas.
Y continuaba leyendo.
—Harukaaaaaa... —canturreó Luna, alargando la vocal hasta el infinito mientras pasaba balanceándose justo por encima del hombro de la mujer, dejando caer un mechón de pelo sobre la página que ella leía.
Haruka apartó el cabello con un movimiento lento y preciso, sin detenerse.
—Harukaaaaaaaaaa... —insistió Luna, pasando ahora por el otro lado, agitando la pierna libre tan cerca de la cabeza de Haruka que parecía que iba a darle una patada amistosa—. ¿Me oyes? ¿Te has quedado sorda? ¿O es que la justicia ha dejado de existir en este reino de opresión?
Otra página pasó.
—No voy a bajarte —dijo Haruka, con una voz tranquila, suave y definitiva, como quien comenta que mañana saldrá el sol.
Luna se detuvo en seco, colgando totalmente inmóvil por un segundo, con los brazos cruzados sobre el pecho boca abajo.
—¡Pero si ya aprendí la lección! —exclamó con la mayor sinceridad del mundo.
Haruka levantó una sola ceja, apartó la pluma y la miró. O al menos, miró hacia donde estaba la cara de Luna, que seguía invertida.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál era?
Luna abrió la boca para responder inmediatamente.
Se quedó con la boca abierta.
Frunció el ceño, pensando profundamente, como si intentara recordar algo que se le había escapado de la mente hacía siglos.
Cerró la boca.
La volvió a abrir.
Y finalmente respondió con total seguridad:
—Que la próxima vez tengo que hacerlo con mucho más cuidado y asegurarme de que no haya testigos.
Haruka se llevó una mano al rostro, frotándose el puente de la nariz con dedos cansados.
—... Luna.
—¿Qué? —se defendió ella, agitando ambas manos al aire—. Es una mejora significativa. Antes ni siquiera pensaba en el factor sigilo. Es crecimiento personal, ¿sabes? Evolución.
—Eso no era la lección —dijo Haruka lentamente, bajando la mano y volviendo al libro.
—Bueno, era una de las posibles conclusiones válidas. Tú siempre interpretas todo tan estrictamente... —murmuró Luna, retomando su balanceo, ahora más lento y enfurruñado.
Haruka respiró profundamente. Tan profundamente que parecía que iba a inhalar todo el polvo del pasillo.
Pasó una página con un crujido pesado.
—Veamos... —empezó a decir, leyendo en voz alta, con ese tono de profesora estricta que a Luna le daba más miedo que cualquier castigo—. Mundo clase siete. Forma esférica, habitado por seres inteligentes, desarrollo biológico estable.
Otra página.
—Nivel tecnológico medieval, con uso de hierro y bronce, agricultura avanzada, organización social estructurada... nada que no funcionara bien.
Otra página.
—Desarrollo histórico estable durante más de tres mil años. Tres mil, Luna. Sin guerras, sin plagas, sin catástrofes provocadas por nadie. Paz absoluta. Crecimiento constante. Felicidad generalizada.
Se detuvo. Sus dedos acariciaron una línea de texto que brillaba levemente, escrita con una tinta que no pertenecía al resto del relato. Una tinta dorada, atrevida y traviesa.
—Y aquí está —dijo Haruka, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Luna giró la cabeza colgada para ver mejor, mostrando una sonrisita inocente que desmentía totalmente el desastre que había causado.
—¿Encontraste la parte interesante?
—Encontré la parte donde tú escribiste esto —corrigió Haruka, señalando las letras doradas con la punta de su pluma.
Luna hizo una pausa teatral.
—... Ah. Esa parte.
—"Un joven granjero, cansado de la monotonía de sus días, encuentra por casualidad una espada antigua clavada en una roca en el bosque" —leyó Haruka, palabra por palabra, como si estuviera leyendo el acta de un crimen—. ¿Por qué, Luna? ¿Por qué?
—Porque era aburrido —respondió ella, encogiéndose de hombros mientras colgaba—. Tres mil años de paz. Tres mil años de todos comiendo pan, cosechando trigo, amando a sus familias y muriendo de viejos en sus camas rodeados de nietos. ¿Te das cuenta de lo monótono que es eso? ¡Daba sueño solo leerlo! Era una historia de recetas de cocina disfrazada de universo.
—Luna... —la voz de Haruka empezaba a adquirir ese tono de advertencia que anunciaba tormenta—. El universo llevaba tres mil años en paz. Tres mil años de progreso sin sangre. Eso es algo bueno.
—Eso es algo terriblemente aburrido —la corrigió Luna, agitando un dedo hacia ella—. Una historia sin conflicto es como un pan sin sal. ¿De qué sirve tener personajes si no sufren un poco? ¿Si no se rompen, si no luchan, si no se hacen preguntas existenciales bajo la lluvia mientras arden las ciudades? ¡Es arte, Haruka! Arte dramático.
Haruka pasó varias páginas de golpe, haciendo que el aire se moviera con fuerza. Lo que siguió fue una sucesión veloz de desastres perfectamente orquestados por la mente retorcida y creativa de Luna.
—El granjero encontró la espada... —leía Haruka con desdén—. La espada resultó pertenecer a un antiguo imperio que nadie recordaba, pero que, casualmente, tenía un heredero vivo que vivía justo al lado. Los herederos reclamaron el trono. Los reinos vecinos, que estaban muy cómodos en sus fronteras, decidieron que querían un trozo del pastel. Las alianzas se rompieron en menos de lo que tardo yo en suspirar. Las fronteras cambiaron cada semana. Los ejércitos marcharon. Las cosechas se quemaron. Las ciudades ardieron.
Se detuvo. Levantó la vista hacia Luna.
—Y finalmente... guerra mundial total. En un mundo que no sabía ni siquiera qué era una espada antes de que tú te aburrieras.
Cerró lentamente el libro. El sonido del cierre fue seco, definitivo.
—¿Sabes cuántos muertos dejó esto antes de que decidieras dejar de escribir?
Luna parpadeó, mirando al techo —o al suelo, desde su perspectiva— y calculó mentalmente, moviendo los dedos como si contara.
—... ¿Muchísimos?
—Miles de millones, Luna.
—¿Miles de millones muchísimos? ¡Vaya, he mejorado las matemáticas! —sonrió ella, orgullosa de sí misma.
Haruka se llevó las manos a la cabeza.
—¡Eso no era una respuesta feliz!
—Pero es una respuesta correcta —se defendió Luna, balanceándose de nuevo, ahora con un aire triunfal—. Y siendo justos, la mayoría murió con mucha intensidad, con discursos heroicos, con traiciones impresionantes y momentos de belleza trágica que te harían llorar si los leyeras con atención. ¡Le di profundidad! ¡Le di alma! ¡Le di sangre, sudor y lágrimas!
Haruka volvió a suspirar. Esta vez fue un suspiro tan largo, tan profundo y tan lleno de resignación que incluso algunos tomos antiguos de las estanterías cercanas parecieron sentir lástima por ella y se cerraron un poco para no ver la escena.
Luna continuó meciéndose, ahora más tranquila, disfrutando del momento.
—Mira el lado positivo —dijo con voz melosa.
—No hay lado positivo —aseguró Haruka, guardando el libro con cuidado en su sitio.
—Claro que sí. Siempre hay un lado bueno si sabes dónde mirar.
Haruka la observó. La miró bien, de arriba abajo —o de abajo arriba—, viendo a la dueña de todo el universo colgada como un jamón, alegre y culpable al mismo tiempo.
—¿Y cuál es esa maravillosa conclusión filosófica que has sacado de convertir un paraíso en un infierno?
Luna sonrió de oreja a oreja, mostrando todos los dientes, con esa sonrisa de genio maligno y creativo que la caracterizaba.
—¡Que ahora tienen desarrollo de personajes! —anunció triunfalmente—. Antes eran todos campesinos felices y reyes aburridos. ¡Ahora son héroes, villanos, víctimas, sobrevivientes, tiranos, mártires y leyendas! ¡Tienen pasado, tienen traumas, tienen motivaciones complejas! ¡Los he hecho interesantes!
El silencio que siguió fue absoluto. Tan absoluto que incluso las páginas de los libros vecinos dejaron de moverse. El polvo flotaba inmóvil en los rayos de luz que cruzaban la sala.
Haruka permaneció inmóvil varios segundos, procesando la lógica retorcida y aterradora de la mente de Luna.
Luna seguía sonriendo, esperando aplausos.
Entonces Haruka se puso de pie.
Cerró el libro definitivamente.
Lo guardó en su estante.
Sacó una lista de su bolsillo.
La revisó.
Sacó una llave de otro bolsillo.
Y comenzó a caminar hacia el fondo del pasillo, donde se guardaban los objetos más pesados, duros y difíciles de romper.
—¡Harukaaaa! —llamó Luna, viéndose abandonada—. ¿A dónde vas? ¿Vas a buscar más libros para que te explique la estructura narrativa?
Haruka se detuvo un segundo, sin volver la vista.
—No.
—¿Entonces?
—Voy a buscar una cadena más gruesa, más larga y con candado de diamante. Y quizás dos o tres más de repuesto.
Luna se quedó muda un segundo. Luego empezó a agitarse violentamente en el aire, haciendo sonar la cadena como una campana de iglesia.
—¡HARUKA NOOOOO! ¡Eso es abuso de autoridad! ¡Es discriminación por altura! ¡Es... es... ES PERSECUCIÓN PREMEDITADA!
—Es prevención de futuros incidentes —corrigió Haruka, alejándose de nuevo—. Y ten por seguro que esta vez te colgaré de las dos piernas. Y quizás también de los brazos.
—¡Eso es crueldad! ¡Es injusto! ¡Soy tu creadora! ¡Me quieres!
Haruka se detuvo al final del pasillo, mirando por encima del hombro, con esa calma aterradora que la hacía tan única.
—Te quiero, sí. Pero también quiero que quede algo de este universo cuando termine el día. Y estadísticamente... —hizo una pausa dramática— ... colgada estás mucho más segura para todos nosotros.
—¡¡ODIO TU LÓGICA!! —gritó Luna, pataleando al aire con furia, aunque sus ojos brillaban con diversión—. ¡¡ESO ES LO QUE ERES, SABES?? ¡¡UNA TIRANA! ¡¡UNA TIRANA ABURRIDA Y EXAGERADA!!
—Lo tengo muy asumido, gracias —respondió la voz suave de Haruka desde la oscuridad, mientras sus pasos se alejaban buscando cadenas más pesadas.
Y mientras Luna seguía protestando, amenazando con venganzas literarias y huelgas de hambre desde el techo, toda la Biblioteca supo exactamente una cosa:
La guerra dentro del tomo había terminado hacía rato.La discusión entre Haruka y Luna, en cambio...
Apenas estaba comenzando, y duraría hasta el fin de los tiempos.
Por primera vez en muchísimo tiempo...
Luna no estaba allí.
Lo cual, considerando quién era Luna, debería haber sido una buena noticia.
Y sin embargo...
No lo era.
Porque, aunque la Biblioteca parecía más tranquila sin ella corriendo entre los estantes, riéndose de sus propias decisiones cuestionables y causando desastres cósmicos por aburrimiento, también se sentía extrañamente vacía. El silencio pesaba demasiado, como si hasta el polvo flotara más lento de lo normal.
Pero el problema principal era otro.
Luna seguía castigada.
Muy castigada.
Tan castigada que, según el último informe de Haruka, todavía colgaba del techo cabeza abajo, balanceándose mientras discutía apasionadamente sobre por qué provocar una guerra mundial había sido una decisión narrativa perfectamente razonable y artística.
Así que esta vez alguien más tendría que hacer el trabajo.
Y ese alguien era...
—Yo.
La voz sonó grave, rasposa y sabia justo a tu izquierda.
Miraste hacia abajo.
Atado a tu cintura mediante una pequeña cuerda de cuero desgastada se encontraba el viejo tomo. Su cubierta oscura estaba llena de marcas, arrugas y costuras que contaban eones de existencia, y sus lentes de montura redonda descansaban sobre las páginas, ajustándose cada vez que hablaba. Observaba el entorno con la tranquilidad de quien ha visto demasiadas cosas para sorprenderse por una más.
—¿Tú? —preguntó otra voz, aguda, brillante y llena de curiosidad.
A tu derecha colgaba otro libro.
Mucho más pequeño.
Mucho más nuevo.
Con tapas de un rojo intenso, impecables, esquinas perfectas y el brillo de quien aún no ha sido leído mil veces. Era el mismo tomo joven y entusiasta que habías visto anteriormente.
—¿Quién más podría ser? —respondió el Viejo, acomodándose los lentes.
—¿Y Haruka? —insistió el Nuevo, mirando a todos lados esperando verla aparecer.
—Haruka está ocupada.
—¿Con qué? ¿Arreglando el desastre de ayer?
—No exactamente —el Viejo carraspeó, tratando de no reírse—. Buscando una cadena aún más gruesa, más pesada y con candado de diamante.
El Nuevo guardó silencio unos segundos, procesando la información.
—¿Tan grave fue lo que hizo?
—Hubo una guerra mundial —dijo el Viejo como quien comenta que llovió ayer.
—Ah.
—Sí.
—Entiendo... —el Nuevo se quedó callado un instante—. ¿Y la señorita Luna sigue diciendo que fue una buena idea?
—Naturalmente. Dice que "les dio desarrollo de personajes".
—Ah.
—Sí.
—Entiendo.
Y por alguna razón, aunque sonaba absurdo, pareció entenderlo perfectamente.
El Viejo carraspeó para recuperar la atención.
—Bien. Ya que la señorita Luna se encuentra temporalmente suspendida del techo por tiempo indefinido, me corresponde a mí presentarles el mundo que visitaremos hoy. Es uno de sus favoritos, aunque... bueno, ya verán por qué.
El Nuevo pareció emocionarse tanto que sus páginas se abrieron solas un par de veces.
—¿Vamos a otro universo extraño?
—Todos los universos creados por ella son extraños.
—Pero algunos son más extraños que otros, ¿verdad?
—Eso es cierto. Y este es, sin duda, uno de los máximos exponentes.
Entonces todo desapareció.
La Biblioteca infinita, los estantes altísimos, la luz tenue de las lámparas, el olor a papel antiguo... todo se desvaneció en un parpadeo, reemplazado por un sonido agudo y vibrante, como un efecto de sonido de dibujo animado: ¡ZIIING!
Y un segundo después aparecieron en otro lugar.
Un lugar imposible.
Extraño.
Colorido hasta doler los ojos.
Totalmente surrealista.
Ante ustedes se extendía un paisaje que parecía haber escapado directamente de una cinta de dibujos animados de los años 80, de esas que se veían los sábados por la mañana con cereales y leche. Todo tenía esa estética icónica: líneas negras gruesas que enmarcaban todo, colores planos pero brillantes, sombras exageradas y formas que desafiaban cualquier lógica.
Las montañas no eran montañas reales: eran formas redondeadas, puntiagudas o en espiral, pintadas en tonos de verde lima, azul eléctrico y rosa chicle, con bordes negros muy marcados. Los árboles no tenían ramas complejas: sus copas parecían nubes verdes recortadas con tijeras, o esferas perfectas de colores imposibles, y sus troncos eran rectos y gruesos, como dibujados con un rotulador.
El cielo no era solo azul: cambiaba de tono de arriba abajo, del azul más profundo al celeste más suave, salpicado de nubes que no eran formas orgánicas, sino esponjas perfectas, redondeadas, con rayos de sol pintados en ángulos rectos. A veces, simplemente, aparecía un sol gigante y sonriente que saludaba con una mano antes de seguir su camino.
Las casas parecían pintadas a mano sobre un fondo de papel: cuadradas, triangulares, redondas, con chimeneas que echaban humo en forma de círculos perfectos que flotaban y se convertían en letras. Los caminos no seguían la gravedad: se curvaban en forma de bucles, subían en espirales hacia el cielo o bajaban haciendo zigzags, y al pisarlos, sonaban como pisar goma elástica.
Y los habitantes... ¡los habitantes! Caminaban, corrían, saltaban y hablaban con movimientos exagerados, ángulos imposibles y expresiones faciales que lo decían todo con solo mirarlos. Sus cuerpos se estiraban como goma, se aplastaban como plastilina o se inflaban como globos según lo que sintieran. Cuando corrían, sus pies giraban tan rápido que desaparecían en un círculo borroso. Cuando se sorprendían, sus ojos salían disparados de sus órbitas y sus mandíbulas caían hasta el suelo con un sonido metálico.
Todo, absolutamente todo, tenía ese encanto de dibujo animado antiguo. Lo que en cualquier otro lugar sería físicamente imposible, aquí era la norma absoluta.
El Nuevo observó todo con las páginas abiertas de par en par por la impresión, mirando a todos lados sin saber dónde fijar la vista primero.
—¿Entramos en una caricatura? —susurró, fascinado.
El Viejo observó una casa cercana que, por ningún motivo aparente, acababa de inflarse como un globo gigante, flotó unos segundos y volvió a caer en su sitio recuperando su forma normal como si nada hubiera pasado.
—A simple vista, sí. Y con todos los detalles. Mira bien: líneas negras gruesas, colores saturados, gravedad opcional... es el estilo clásico de ella.
—¿Entonces estamos dentro de una serie animada?
—No.
—¿No? ¿Seguro? —insistió el Nuevo, viendo cómo una vaca pasaba flotando suavemente sobre sus cabezas, masticando flores que crecían al revés.
—Completamente seguro. Esto es un universo real, con leyes físicas propias. Solo que... sus leyes físicas son las mismas que usaban los dibujantes para hacer reír.
El Nuevo giró hacia él, confundido pero divertido.
—Entonces explícame por qué ese conejo de ahí —señaló a un animal gris que corría velozmente— acaba de atravesar una pared sólida, dejando un agujero con su forma exacta, perfectamente recortado, y sigue corriendo al otro lado como si la pared no existiera. ¡Y además hizo un sonido de ¡POOOF! al pasar!
El Viejo observó al conejo alejarse, sin inmutarse.
—Porque aquí funciona así.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé. Pero es la única respuesta que hay.
—¿Y qué es este lugar entonces? ¿Por qué existe?
El Viejo se ajustó los lentes, mirando el horizonte colorido con una sonrisa que se adivinaba en las arrugas de su cubierta.
—Un universo creado por Luna.
El Nuevo se quedó inmóvil.
Tú también.
Porque esa respuesta solo generaba más preguntas. Muchas más. Y ahora, viendo la locura de colores y formas que los rodeaba, la curiosidad crecía más.
El Nuevo fue el primero en hablar.
—¿Por qué alguien crearía algo así? ¿Con estas reglas tan... raras?
—Porque Luna es rara —respondió el Viejo con total naturalidad.
—Eso ya lo sabía. Pero pensaba que creaba mundos serios, con historias importantes, guerras, reyes, tragedias...
—También hace eso. Pero este es su "mundo de recreo".
El Nuevo miró a un árbol que acababa de sacar unos ojos gigantes, guiñar uno y volver a ser un árbol normal.
—Sigo sin entender el sentido.
El Viejo dejó escapar una pequeña risa, un sonido suave y crujiente como hojas secas.
—Es normal. La mayoría tampoco lo entiende al principio. Verás, caminemos un poco, hay cosas que necesito que entiendas sobre ella.
Continuaron avanzando por calles que se ondulaban bajo sus pies, mientras criaturas de formas imposibles cruzaban frente a ellos: un pez caminaba sobre dos piernas muy elegantes con un bastón; una flor gigante cantaba una melodía alegre mientras llovían pétalos de colores; una piedra saludaba con una mano que le había salido de la nada a un arbusto, y el arbusto le devolvía el saludo agitando sus ramas como si fuera lo más normal del mundo. Nadie, absolutamente nadie, parecía encontrar nada extraño.
—Verán —continuó el Viejo, bajando la voz como si fuera un secreto—. Existe una idea equivocada muy grande sobre Luna. La gente cree que lo controla todo.
—¿Cuál?
—Que ella escribe cada palabra, cada movimiento, cada pensamiento de todo lo que existe. Que controla todas las historias como si fueran marionetas.
—¿No lo hace?
—No exactamente. Y este mundo es la mejor prueba de ello.
El Nuevo inclinó ligeramente su cubierta, atento.
—Explícate, por favor.
—Cuando Luna crea un universo, le da sus reglas, su estilo, su esencia... y después le da libre albedrío.
El Nuevo parpadeó, sorprendido.
—¿Libre albedrío? ¿A quién? ¿A los mortales?
—Sí.
—¿Y a los dioses que crea?
—También.
—¿Y a los héroes? ¿A los villanos? ¿A los árboles y a las piedras?
—A todos. Todos pueden decidir, actuar, cambiar, equivocarse, equivocarse de nuevo y crear sus propios caminos.
El Nuevo se quedó callado unos segundos, procesando la idea.
—Eso parece una forma horrible y caótica de administrar una historia. Si no controlas nada, ¿cómo sabes cómo termina?
—Lo es. Es caótico, desordenado y muchas veces termina mal.
—Entonces ¿por qué lo hace? ¿Por qué no lo controla todo?
El Viejo sonrió. Una sonrisa invisible, pero que se notaba claramente en su voz.
—Porque Luna es escritora. —Hizo una pausa dramática—. Pero también es lectora.
El Nuevo guardó silencio. Las palabras flotaron en el aire colorido como pétalos.
—Un escritor puede conocer el final de una historia desde la primera página —explicó el Viejo—. Lo planea, lo construye, lo decide. Pero... un lector... un lector no debería saberlo. El lector quiere sorprenderse. Quiere emocionarse. Quiere no saber qué pasará después.
—... Ah —susurró el Nuevo, empezando a comprender.
—Exacto.
Siguieron caminando mientras el cielo cambiaba repentinamente de color de azul a naranja brillante, luego a verde lima y terminaba en un morado pastel, todo en menos de diez segundos, sin ninguna explicación lógica. Nadie se detuvo a mirar; era simplemente así.
—Luna crea universos —continuó el Viejo con su voz sabia—. Les da vida, les da reglas, les da forma... y después se sienta lejos, en lo alto, o en cualquier rincón de la Biblioteca, y los observa. Los deja crecer. Los deja equivocarse. Los deja triunfar. Los deja fracasar. Los deja enamorarse, pelear, construir y destruir. Todo lo que quieran hacer.
—¿Para leerlos después?
—Para sorprenderse.
—¿Ella... la dueña de todo, la que puede escribir el destino... puede sorprenderse de lo que pasa?
—Más de lo que imaginas. Y esa es la parte que nadie entiende de ella. Se aburre de lo que ya sabe. Lo que ama es descubrir.
El Nuevo permaneció pensativo, mirando cómo un grupo de pájaros con forma de triángulo discutía filosofía sentados sobre una nube que parecía escucharlos atentamente.
—Entonces... ¿ella no escribe todo lo que ocurre? ¿No es la causa de todo?
—No. Ella es el origen, sí. Pero los habitantes de cada mundo crean sus propias historias, sus propias leyendas, sus propias tragedias y alegrías. Y Luna... ella simplemente las lee. Como tú o como yo. Como cualquiera que abre un libro.
—Eso es... —el Nuevo dudó, buscando la palabra adecuada entre tanto color— ... extrañamente bonito. Pensé que solo era una diosa caprichosa que rompía cosas.
—Lo es también —rio el Viejo—. Pero esta es la parte que pocos ven.
Pasaron junto a una fuente que, en lugar de agua, lanzaba burbujas de colores que al estallar dejaban olores de chocolate, vainilla y menta.
—Entonces... —preguntó el Nuevo, volviendo a la duda que siempre rondaba a todos—. Si ella disfruta tanto leyendo lo que ellos mismos crean... si le gusta sorprenderse... ¿por qué sigue metiéndose donde no la llaman? ¿Por qué cambia cosas de golpe?
El Viejo soltó una auténtica carcajada, que resonó entre las montañas redondeadas.
—¡Ah, esa es la pregunta del millón! —se limpió una lágrima imaginaria—. Porque después de varios miles de años, si encuentra una historia demasiado tranquila... demasiado ordenada... demasiado... perfecta...
Señaló el horizonte colorido, donde un sol gigante guiñó un ojo.
—... Le da lo que ella llama "mejor trama".
Ambos se quedaron callados un momento.
Y entonces, ambos recordaron.
Recordaron la guerra mundial.
Recordaron los tres mil años de paz que Luna decidió arruinar porque "daba sueño".
Recordaron los miles de millones de muertos y su comentario sobre el desarrollo de personajes.
Y ambos, el libro viejo y el nuevo, entendieron exactamente, sin necesidad de decir una palabra más, por qué Haruka estaba buscando cadenas nuevas, más gruesas y mucho más largas.
El nuevo observó fascinado cómo una nube perseguía a otra nube armada con una red gigante de cazar mariposas, flotando a toda velocidad por el cielo de colores.
Luego vio cómo ambas atravesaban una montaña sólida de punta a punta.
La montaña se dobló como si estuviera hecha de goma elástica, se estiró, dejó pasar a las nubes y luego volvió a su forma original perfecta sin que se le notara ni una arruga.
—No me voy a acostumbrar nunca a esto —murmuró el Nuevo, sacudiendo sus páginas como si quisiera espantar la imagen.
—Nadie lo hace. Ni siquiera quienes nacieron aquí —respondió el Viejo con total calma, ajustándose los lentes y esquivando una flor que pasaba volando con paracaídas.
Continuaron caminando por aquel paisaje imposible mientras a su alrededor ocurrían cosas cada vez más absurdas, extrañas y maravillosas. Era como caminar dentro de un dibujo animado clásico, de esos donde el chiste es que no hay chiste, simplemente las cosas son así:
Un pato con sombrero de copa salía de una alcantarilla montado en bicicleta, pedaleando alegremente bajo tierra.
Un árbol de tronco cuadrado discutía acaloradamente con un semáforo sobre el significado del color verde.
Una casa de paredes curvas perseguía a su propio tejado, que se había desprendido y corría por el campo riendo.
Y lo más sorprendente de todo: nadie, absolutamente nadie, parecía encontrar nada de esto extraño. Era el pan de cada día.
El Nuevo observó todo aquello durante unos segundos, tratando de encontrarle alguna lógica que no existía, antes de girarse hacia el Viejo con duda.
—Todavía no entiendo algo.
—Eso es normal. Aquí entender es opcional.
—No. Me refiero a otra cosa —insistió—. Ya sé que le gustan los colores y el caos... pero ¿por qué Luna creó exactamente este lugar? ¿Con estas reglas tan... rotas?
El Viejo soltó una pequeña risa crujiente y señaló el cielo donde un sol sonriente le guiñaba un ojo.
—Porque un día, hace muchísimo tiempo, se encontró con algo que llamó mucho su atención. Algo que le pareció la idea más genial del universo.
—¿Qué cosa? ¿Un monstruo gigante? ¿Una guerra épica?
—No... los mortales.
—Eso no parece muy raro. Ella siempre está mirando a los mortales.
—No los mortales en sí —aclaró el Viejo—. Sino lo que hacían. Descubrió que los mortales tenían una costumbre muy curiosa.
—¿Cuál?
El Viejo señaló el horizonte colorido.
—Crear historias.
El Nuevo parpadeó.
—¿Historias? ¿Como las de los reyes y las espadas?
—No. Más complejo aún.
—Explícate.
—Verás. Luna estaba observando uno de sus universos habituales. Uno normal, serio, con sus reinos, sus dioses, sus héroes y sus tragedias habituales. Un mundo donde todo tenía lógica.
—¿Y?
—Y entonces descubrió algo alucinante. —El Viejo bajó la voz como si contara un secreto—. Descubrió que, dentro de ese universo, los mortales habían creado un universo propio.
El Nuevo abrió la cubierta de par en par por la sorpresa.
—¿Cómo? ¿Cómo van a crear un universo si ya están dentro de uno? ¡Eso es imposible!
—Por medio de las historias —explicó el Viejo pacientemente—. Historias escritas, historias dibujadas, historias animadas. Cosas que ellos inventaban, cosas que no existían, mundos donde las reglas eran distintas solo porque ellos querían que lo fueran.
El Nuevo se quedó en silencio, procesando la locura de aquello.
—Espera un momento... —susurró—. ¿Un universo creando universos? ¿Criaturas inventando realidades nuevas solo para divertirse?
—Exactamente.
—Eso es... demasiado raro.
—Luna pensó lo mismo. Le pareció la cosa más fascinante que había visto en millones de años. Decía que era como ser ella misma, pero en pequeño.
—¿Y qué hizo entonces? —preguntó el Nuevo, ya sabiendo la respuesta.
El Viejo suspiró con resignación y hasta con un poco de ternura.
—Lo que siempre hace cuando algo le parece interesante, divertido o mejor que lo que ella tiene.
El Nuevo puso los ojos en blanco.
—¿Lo copió?
—Lo copió.
—Claro que lo hizo.
—Claro que lo hizo. Y lo hizo a lo grande.
El Viejo extendió una página señalando todo lo que los rodeaba: los colores saturados, las líneas negras gruesas, las formas exageradas.
—Así nació este lugar. Luna quiso crear un universo real, de carne y hueso, basado totalmente en esos mundos animados que los mortales habían inventado. Es su homenaje personal.
—¿Y este es el resultado? —preguntó el Nuevo mientras veía a lo lejos cómo una jirafa utilizaba a otra jirafa más baja como si fuera una caña de pescar para sacar nubes del río. Nadie hizo preguntas. Nadie se quejó.
—Tras miles y miles de años de evolución, reglas propias y mucha imaginación... sí. Este es el resultado final.
El Nuevo miró hacia arriba, donde una locomotora roja y negra atravesaba el cielo utilizando un arcoíris brillante como si fuera una vía férrea.
—Es una locura absoluta.
—Lo es.
—Un desastre sin sentido.
—Sin duda.
—Las leyes de la física, la lógica, la gravedad y la realidad murieron aquí hace siglos.
—Hace mucho tiempo. Descansan en paz.
—Y aun así... todo funciona. Y la gente vive feliz.
—Y aun así existe. Y es uno de sus mayores éxitos. —El Viejo parecía extrañamente orgulloso de aquella catástrofe colorida—. De hecho, es uno de los pocos universos que siempre consigue hacer reír a Luna. Y eso, amigo mío, es muy difícil de conseguir.
—¿En serio? ¿Solo por ser un caos dibujado?
—En serio. Aquí nada es trágico. Todo es divertido. Y para ella, que ve tragedias y guerras todos los días... esto es un descanso.
—Eso explica muchas cosas...
—Más de las que imaginas.
Siguieron avanzando distraídos, maravillados con cada nueva tontería que veían.
Y precisamente por ir mirando las nubes y los árboles...
No vieron el automóvil.
Porque en este universo, los automóviles no respetaban conceptos tan aburridos como los cruces peatonales, las señales de tránsito, los caminos... ni siquiera respetaban la existencia misma.
El vehículo rojo brillante apareció de repente doblando una esquina imposible que no tenía ángulo.
Saltó por encima de una casa de techo triangular.
Atravesó una nube esponjosa dejándola hecha jirones.
Dio tres vueltas sobre sí mismo en el aire como una peonza.
Y terminó impactándolos de lleno con un sonido que resonó por todo el valle:
¡¡¡PLOOOOF!!!
Durante unos segundos el mundo quedó en silencio absoluto. Incluso el árbol y el semáforo dejaron de discutir.
Luego, en el suelo, aparecieron tres figuras completamente aplastadas.
Como tortillas.
Como pegatinas mal pegadas.
Como dibujos impresos en papel muy fino.
Tú, el Viejo y el Nuevo.
Todos convertidos en una lámina bidimensional pegada al pavimento.
El Nuevo parpadeó. O lo intentó. Aunque técnicamente ya no tenía volumen suficiente para mover nada.
—...
—...
—Definitivamente... este mundo es una locura —susurró con voz plana.
El Viejo seguía extendido como una alfombra vieja, con los lentes estirados a los lados.
—Sí...
—Es un desastre absoluto...
—También...
—¿Cómo puede existir algo así? ¿Cómo funcionan las cosas si todo se rompe y se aplasta?
—Nadie lo sabe...
—¿Y por qué sigue todo en pie?
—Porque sí.
—Esa no es una respuesta válida.
—Aquí sí lo es. Es la única ley.
Poco a poco, como si fueran globos desinflados que alguien empieza a llenar de aire, comenzaron a inflarse y recuperar su forma.
Primero las piernas.
Luego los brazos.
Luego el resto del cuerpo, hasta quedar de pie, enteros y perfectos, como si nada hubiera pasado hace un segundo.
El Nuevo todavía parecía indignado, sacudiendo sus páginas para quitarse el polvo.
—¡Esto es absurdo! ¡Me atropelló un coche volador!
—Sí.
—¡Y sobreviví!
—Sí.
—¡Y me convertí en una tortilla humana!
—Sí.
—¡Y tú actúas como si me hubiera tropezado con una piedra!
—Bienvenido al universo de Luna —dijo el Viejo ajustándose los lentes—. Aquí eso es normal. Completamente normal.
El Nuevo abrió la cubierta para seguir protestando y explicar por qué aquello era una aberración narrativa.
Pero en ese mismo instante...
Una sombra gigante apareció sobre ellos, oscureciendo todo el paisaje colorido.
El Viejo levantó lentamente la vista hacia el cielo.
—Oh.
—¿Oh qué? —preguntó el Nuevo, con malas vibraciones.
—Nada bueno. Nada bueno en absoluto.
El Nuevo también miró hacia arriba.
Y vio descendiendo desde las nubes... un enorme yunque de hierro.
Caía rápido. Sin explicación. Sin motivo. Sin contexto. Simplemente estaba ahí, cayendo hacia ellos por pura inercia de la historia.
—Viejo...
—Dime...
—¿Eso es... un yunque gigante?
—Sí. Tiene todas las características.
—¿Por qué hay un yunque cayendo del cielo? ¿Alguien lo dejó caer? ¿Es una construcción?
—No lo sé. Nadie lo sabe. Simplemente pasa.
—¿Debemos preocuparnos? ¿Corremos?
—Probablemente ya es tarde...
El yunque cayó.
¡¡¡BOOOOOOM!!!
El sonido fue tan fuerte que hizo vibrar el suelo y cambió el color del cielo de azul a rosa durante tres segundos.
Un segundo después...
El Viejo había desaparecido.
Bueno. Casi.
Porque donde antes estaba el tomo anciano, ahora solo quedaba una forma completamente aplastada contra el suelo, delgada como una hoja de papel. Sus lentes sobresalían, por un lado, intactos. Y dos páginas abiertas en la parte inferior parecían pequeñas piernas de papel dobladas.
Hubo un silencio incómodo.
El Nuevo te miró a ti. Tú miraste al Nuevo. Ambos miraron la lámina de papel que antes era sabiduría antigua.
Y entonces...
Las dos páginas que hacían de piernas empezaron a moverse.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Y de repente, el Viejo, todavía totalmente plano y pegado al suelo, salió corriendo en círculos alrededor de ustedes a toda velocidad, gritando con una voz aguda y distorsionada:
—¡¡¡AAAAAAAHHHHH!!! ¡¡¡SOCORROOOO!!!
—¡¡VIEJO!! —gritó el Nuevo, alarmado—. ¡¡ESTÁS PLANO!! ¡¡ERES UNA PEGATINA!!
—¡¡ME APLASTÓ UN YUNQUE!! ¡¡SOY UNA HOJA!!
—¡¡PERO SIGUES CORRIENDO!! ¡¡SIGUES VIVO!! ¡¡ES IMPOSIBLE!!
—¡¡ESO NO ES EL PROBLEMA AHORAAA!!
—¡¡¿ENTONCES CUÁL ES EL PROBLEMA?!! —preguntaste tú, gritando también.
El Viejo, corriendo en círculos y sin detenerse, señaló hacia arriba con una esquina de su cubierta:
—¡¡¡QUE ESTE YUNQUE NO VIENE SOLOOOO!!!
El Nuevo levantó lentamente la vista, tragando en seco.
Y vio aparecer entre las nubes... otros diez yunques.
Luego veinte.
Luego una lluvia de hierro cayendo sobre todo el paisaje.
El silencio fue absoluto durante medio segundo.
—...
—...
—Creo que ahora... —susurró el Nuevo, empezando a correr— ... creo que ahora entiendo perfectamente por qué a Luna le gusta tanto este universo.
Y entonces, tú, el Nuevo y el Viejo (que corría plano como una cometa) comenzaron a correr desesperadamente entre los colores brillantes, esquivando yunques, casas voladoras y patos en bicicleta.
Porque en el mundo de las caricaturas de Luna... si te detienes, te aplastan.
—¡¡CORRAN, CORRAN, ¡¡CORRAN!!
Y eso hicieron.
Los tres atravesaban las calles retorcidas, bucles imposibles y caminos que se curvaban hacia el cielo de aquel universo psicodélico, mientras detrás de ellos un enorme oso de peluche con dientes afilados y mirada decidida los perseguía dando saltos gigantescos que hacían temblar el suelo a cada paso.
Nadie sabía exactamente por qué los perseguía.
Ni qué quería.
Ni cómo había aparecido de la nada detrás de una nube.
Ni siquiera si era un oso de verdad o un dibujo mal hecho.
Pero en aquel mundo, esas preguntas eran inútiles y una pérdida de tiempo. El oso simplemente estaba allí. Y parecía tener una misión muy clara: atraparlos, aplastarlos o comérselos... o quizás solo quería jugar. Nunca se sabía.
—¡¡¿POR QUÉ NOS SIGUE?!! —gritó el Nuevo mientras corría y rebotaba sobre el pavimento elástico como si fuera una pelota de goma, ganando altura en cada paso sin querer.
—¡¡NO LO SÉ!! ¡¡NO TIENE LÓGICA!! —respondió el Viejo, corriendo plano como una lámina de papel, pero a toda velocidad, como si el viento lo impulsara.
—¡¡¿HICIMOS ALGO MALO?!! ¿LO OFENDIMOS? ¿LO MIRAMOS MAL?
—¡¡PROBABLEMENTE!! ¡¡EN ESTE MUNDO BASTA CON EXISTIR PARA TENER PROBLEMAS!!
El oso rugió con furia detrás de ellos. Un rugido tan exagerado, profundo y potente que generó una onda sonora visible, una especie de anillo de aire que salió disparado de su boca, arrancó varias ventanas de una casa cercana y las hizo volar por el aire dando tres vueltas perfectas... para luego volver a colocarse solas en su sitio, como si nada hubiera pasado.
¡¡UUUUUUMMMMMMM!!
—¡¡VIEJOOOO!! —gritó el Nuevo, horrorizado—. ¡¡ESTE UNIVERSO ESTÁ COMPLETAMENTE ENFERMO!! ¡¡TODO LO QUE PASA ES ABSURDO!!
—¡¡ESO YA LO SABEMOS!! ¡¡Y AUN ASÍ ES DIVERTIDO PARA LUNA!!
Tú, el Lector, seguiste corriendo con ellos mientras esquivabas un buzón de correos que de repente decidió cruzar la calle por voluntad propia, tarareando una melodía alegre.
Detrás de ustedes, el oso ganaba terreno.
Cada salto lo acercaba más.
Más.
Más.
Sus patas golpeaban el suelo con fuerza. Su sombra gigante los cubría por completo.
Hasta que...
¡PUM!
Los tres frenaron en seco, derrapando por el suelo colorido y dejando marcas de goma donde pisaban.
Llegaron al final de la calle.
Y se encontraron frente a una pared gigantesca, altísima, que llegaba hasta las nubes.
Una pared de ladrillos rojos, completamente lisa.
Sin puertas.
Sin ventanas.
Sin grietas.
Sin salida.
Estaban acorralados.
—Oh no... —murmuró el Nuevo, sintiendo cómo su cubierta se le ponía de punta por el miedo.
—Oh sí... —respondió el Viejo, deteniéndose a tu lado y ajustándose los lentes con calma aterradora.
—¿Cómo que "oh sí"? ¡Estamos rodeados! ¡Ese oso nos va a convertir en papel picado!
—Tengo una idea.
—¿Una buena idea? ¿Una idea sensata? ¿Una idea que no implique morir aplastados?
—Estamos en un universo animado, amigo mío. Aquí las definiciones de "bueno" y "sensato" son diferentes.
—Eso no responde mi pregunta.
El Viejo ignoró el comentario, miró a su alrededor y señaló algo que estaba apoyado justo al lado de la pared, como si hubiera estado esperando ahí toda la vida.
Un simple tarro de pintura roja, brillante y fresca.
Y una brocha grande y gorda.
—Lector —te llamó, dándote un empujoncito.
Tomaste la brocha entre tus manos, confundido.
—Dibuja una puerta.
El Nuevo giró hacia él tan rápido que sus páginas hicieron ruido.
—¿QUÉ? ¿Estás loco? ¿Vamos a decorar nuestra tumba?
—Dibuja una puerta —repitió el Viejo, serio—. Rectángulo, pomo, bisagras. Lo básico.
—¡¡ESO NO VA A FUNCIONAR!! ¡¡ES SOLO PINTURA!! ¡¡ES UN DIBUJO!!
—Aquí sí funciona.
—¡¡ESO ES IMPOSIBLE!!
—En este mundo, lo imposible es la ley principal y paga impuestos todos los meses. ¡Date prisa!
El oso rugió nuevamente. Ya estaba a solo unos metros. Sus garras golpeaban los ladrillos del suelo. Su aliento caliente ya se sentía en la espalda.
—¡¡RÁPIDO, ANIMALES O LO QUE SEAN, ¡¡QUE NOS COME!!
Sin muchas alternativas, y con el oso a punto de caerles encima, mojaste la brocha y dibujaste.
Dibujaste una puerta simple.
Nada especial.
Un rectángulo alto.
Un círculo para el pomo.
Dos líneas para las bisagras.
Dibujaste rápido, torpe, con miedo.
Y luego... silencio.
El Nuevo observó el dibujo en la pared.
El Viejo observó con una sonrisita.
El oso se detuvo y observó también, con la cabeza inclinada, confundido.
Y entonces...
¡¡CLIC!!
La pintura brilló un segundo.
Las líneas se endurecieron.
Y la puerta... la puerta se abrió hacia adentro, girando sobre sus bisagras dibujadas, como si siempre hubiera estado ahí, sólida, real y perfectamente funcional.
El Nuevo se quedó con las páginas abiertas.
—...
—...
—Odio este universo. Lo odio con toda mi alma.
—Todos dicen eso la primera vez —dijo el Viejo, empujándote hacia la entrada.
—¿Y la segunda vez? ¿Y la tercera?
—También. Siempre dicen lo mismo.
—Entiendo perfectamente por qué.
—¡¡ENTREN, ENTREN!!
Los tres se deslizaron rápidamente al otro lado, cerrando la puerta justo detrás de ustedes.
Y apenas cerraron...
¡¡BOOOOOOM!!
El oso impactó contra la pared con toda su fuerza.
El golpe fue tan fuerte que toda la calle tembló, las casas saltaron en el aire como muñecas de trapo, las nubes cambiaron de forma y un arcoíris se partió por la mitad.
Pero la pared ni se inmutó.
La puerta dibujada volvió a ser solo pintura al instante, perdiendo su forma sólida.
Al otro lado, el oso cayó al suelo, completamente aturdido, con estrellas grandes y brillantes girando alrededor de su cabeza. Y lo más extraño de todo: sobre su cabeza giraban también pequeños tomos y libritos en círculos, como si fueran pájaros dando vueltas.
—Creo que eso no es médicamente correcto —comentó el Nuevo, mirando por una pequeña grieta.
—Aquí sí lo es. Es el estándar de desmayo.
Los tres asomaron la cabeza con cuidado desde su escondite, viendo al oso desmayado roncando fuerte.
—¿Ya terminó? ¿Ya estamos a salvo?
—Probablemente —respondió el Viejo, encogiéndose de hombros—. Pero "probablemente" es lo mejor que te puedo ofrecer aquí.
—¿"Probablemente"? ¡Esa no es una seguridad real!
—Nada lo es aquí, amigo mío.
El Nuevo suspiró profundamente, cansado, agobiado y un poco mareado de tanto color.
—Viejo...
—Dime.
—Creo, creo firmemente, que es momento de abandonar este universo. Ya vi suficiente. Ya viví demasiado. Ya entendí todo. Quiero irme a casa.
—Coincido plenamente. Este lugar es divertido de visita, pero vivirlo es agotador.
—¡Gracias al cielo! ¿Cómo salimos? ¿Usamos magia? ¿Un portal? ¿Volvemos a la Biblioteca?
—Lo haremos a la vieja usanza —dijo el Viejo con una sonrisa misteriosa.
El Nuevo se quedó inmóvil. Muy inmóvil.
—No me gusta cómo sonó eso. Nada. Para nada.
—A mí me encanta. Es clásico.
—¿Qué significa exactamente "a la vieja usanza"?
—Pues... básicamente...
No terminó la frase.
Porque de la nada, aparecieron dos enormes gatos azules, sonrientes, de pie y vestidos con chalecos rojos. Simplemente existieron en la habitación, salidos de la nada, como por arte de magia barata.
Uno agarró al Viejo suavemente, pero con firmeza.
El otro agarró al Nuevo, que no tuvo tiempo ni de gritar.
Y antes de que tú pudieras reaccionar, el primero te sujetó a ti también por el cuello de la camisa.
—...
—...
—Viejo... —susurró el Nuevo, siendo arrastrado.
—¿Sí?
—¿Qué está pasando? ¿Quiénes son estos?
—Te dije... la vieja usanza.
—¡¡ESO NO EXPLICA NADA!! ¡¡QUÉ ES LA VIEJA USANZA!!
Los gatos comenzaron a caminar tranquilamente, arrastrándolos a los tres sin esfuerzo, silbando una melodía alegre y moviendo la cola al ritmo. No parecían malos, solo muy eficientes.
Unos segundos después, salieron de un edificio y llegaron a la cima de una colina verde brillante, desde donde se veía todo el paisaje de caricatura.
Y allí descansaba algo verdaderamente absurdo, gigantesco e imposible.
Un cañón.
Un cañón gigantesco.
Ridículamente gigantesco.
Tan enorme que una montaña cercana parecía pequeña a su lado. Tenía ruedas más grandes que las casas, una boca tan ancha que cabía un barco y pinturas de colores vivos.
—Oh no... —gimió el Nuevo.
—Oh sí... —dijo el Viejo, casi emocionado.
—¡¡NO, NO, NO, ¡¡NO!! ¡¡YO NO QUIERO IR AHÍ!!
—¡¡SÍ, SÍ, SÍ, ¡¡SÍ!! ¡¡ES EL MEJOR VIAJE!!
Los gatos abrieron la boca del cañón, que tenía dientes pintados, y empezaron a meterlos dentro como si fueran balas.
Primero a ti.
Luego al Nuevo, que pataleaba y protestaba.
Luego al Viejo, que se acomodó cómodo.
Todos quedaron amontonados, mirando hacia afuera desde el interior del tubo.
—¡¡VIEJO!! —gritó el Nuevo, desesperado—. ¡¡¿ESTE ES TU PLAN DE SALIDA?!! ¡¡¿SER BALAS DE CAÑÓN?!!
—Más o menos. Es el transporte público más rápido.
—¡¡NOS VAN A DISPARAR AL VACÍO!! ¡¡NOS VAN A HACER PEDAZOS!!
—Exactamente.
—¡¡ESO ES UNA IDEA TERRIBLE!! ¡¡UNA IDEA DE LOCA!! ¡¡UNA IDEA DE LUNA!!
—En cualquier otro universo sí sería mala —admitió el Viejo—. Pero aquí... aquí es la única forma de viajar con estilo.
—¡¡¿Y AQUÍ NO NOS MORIMOS POR ESO?!!
—Aquí es totalmente seguro. Casi.
Silencio.
—...
—...
—Odio este lugar. Lo odio de verdad.
—Lo sé. Y te aseguro que lo vas a extrañar.
Los gatos cerraron la puerta del cañón desde afuera.
Se escuchó el sonido de la mecha siendo encendida: ¡¡SSSSSSSS!!Luego pasos alejándose tranquilamente.
El sonido comenzó a acercarse, lento y aterrador.
Fssssssssssss...Fssssssssssss...Fssssssssssss...
El Nuevo empezó a entrar en pánico, sus páginas temblando de verdadero terror.
—Viejo...
—¿Sí?
—Tengo miedo. Mucho miedo.
—Es normal. Yo también la primera vez.
—¿Tú no tienes miedo ahora?
—Ya me pasó tres veces antes. Ya estoy vacunado.
—¡¡¿TRES VECES?!! ¿Te han disparado de un cañón tres veces?
—Cuatro contando esta. Es el servicio estándar.
La luz de la mecha desapareció dentro del tubo, llegando hasta donde ustedes estaban.
Todo se llenó de luz roja y calor.
Y un segundo después...
¡¡¡¡BOOOOOOOOOOOOOOOOM!!!!
El universo entero pareció explotar.
El sonido fue tan fuerte que se escuchó en los cuatro puntos cardinales.
Y los tres salieron disparados hacia el horizonte como una estrella fugaz, a una velocidad imposible.
Atravesaron nubes esponjosas.
Pasaron por encima de montañas de colores.
Cortaron arcoíris por la mitad.
Chocaron contra planetas pequeños y salieron despedidos.
Y probablemente atravesaron varias leyes fundamentales de la física y la existencia.
Mientras tanto, el grito desgarrador, eterno y lleno de trauma del Nuevo se alejaba por el cielo, perdiéndose entre las nubes:
—¡¡¡¡NUNCA MÁS QUIERO VOLVER AQUÍIIIIIIII!!!! 🚀💥📚
El viaje terminó exactamente igual que había comenzado.
Con una explosión.
Una enorme.
Una ridículamente enorme.
Y tremendamente dolorosa.
Durante un instante, los tres atravesaron algo parecido a un túnel hecho de colores imposibles, luces que dolían en los ojos y formas retorcidas. Luego cruzaron volando por encima de páginas gigantescas, letras flotantes del tamaño de personas, fragmentos de historias a medio escribir y varias estanterías que probablemente no deberían haber atravesado pero que atravesaron de todos modos.
Y entonces...
¡¡¡BOOOOOOOM!!!
El tomo grueso y colorido que contenía el mundo animado, que descansaba tranquilamente sobre uno de los grandes atriles de lectura de la Biblioteca, explotó hacia afuera como si acabara de disparar un cañón desde su propio interior.
Tres proyectiles salieron despedidos a toda velocidad hacia la sala principal.
El Lector.
El Nuevo.
El Viejo.
Los tres cruzaron varios metros por el aire, dando vueltas, gritando y perdiendo hojas, polvo y dignidad por el camino.
—¡¡¡AAAAAAAAAAAHHHHHH!!! —gritaste tú, sin saber si estabas vivo o hecho pedazos.
—¡¡¡VIEJOOOO TE ODIOOOOOO!!! —aulló el Nuevo, mientras giraba como una peonza.
—¡¡¡YO TAMBIÉN TE APRECIOOOOOO!!! —respondió el Viejo, disfrutando del vuelo.
Y finalmente, después de lo que pareció una eternidad en el aire...
¡¡CRAAAAASH!!
Impactaron de lleno contra una estantería inmensa de madera oscura.
Libros salieron volando en todas direcciones como palomas asustadas.
Tablas de madera crujieron y saltaron por los aires.
Varios tomos cayeron de los estantes de arriba acumulándose sobre ustedes.
Uno de ellos, un libro viejo y grueso de historia antigua, incluso aprovechó para gritar mientras caía:
—¡¡OTRA VEZ NOOOO!!
¡¡PUM!! ¡¡PAM!! ¡¡CRACK!!
Y entonces... silencio.
Todo quedó quieto.
Una nube de polvo antiguo se elevó lentamente en el aire, iluminada por los rayos de luz que entraban por los vitrales altos.
El Nuevo quedó enterrado bajo una pila gigante de diccionarios y enciclopedias pesadísimas.
El Viejo tenía una enciclopedia de ciencias encima de la cubierta, usándola como sombrero.
Y tú, el Lector, permanecías atrapado bajo una montaña de novelas románticas de tapas rosas que claramente alguien había colocado en el lugar equivocado y ahora pagaban el precio.
Pasaron unos segundos.
Nadie se movió.
Luego, una voz cantarina, conocida y totalmente irrespetuosa resonó por toda la sala, rompiendo la paz:
—¿Ya volvieron?
Los tres levantaron la cabeza entre los escombros, sacudiéndose el polvo.
A unos metros de distancia...Nada había cambiado.
Absolutamente nada.
Luna seguía colgada de una sola pierna, cabeza abajo, balanceándose suavemente de un lado a otro. Agitaba los brazos al aire, daba patadas con la pierna libre y se quejaba sin descanso, tal como la habían dejado horas atrás.
—¡¡Sigo diciendo que esto es injusto!! —gritó, dando un impulso fuerte.
La cadena negra tintineó con un sonido metálico y pesado.
—¡¡No fue mi culpa nada de lo que pasó!!
Tintineo.
—¡¡Los mortales son los que iniciaron la guerra, yo solo les di motivos!!
Tintineo.
—¡¡Yo solo les di una espada bonita!!
Tintineo.
—¡¡Y unas cuantas profecías para que se sintieran importantes!!
Tintineo.
—¡¡Y tres imperios secretos que nadie sabía que existían!!
Tintineo.
—¡¡Y un heredero perdido para generar drama familiar!!
Tintineo.
—¡¡Y una invasión demoníaca para darle emoción al asunto!!
Silencio.
Luna se quedó pensando un segundo, colgada boca abajo.
—... Luna. —La voz de Haruka sonó tranquila, cansada y muy firme desde su mesa.
—¿Sí? —respondió ella con inocencia.
—No te estás ayudando en nada. De hecho, estás confesando todo.
—Estoy intentando dar contexto histórico.
Sentada junto al gigantesco tomo que seguía revisando página por página, Haruka ni siquiera se giró. Pasó una hoja, tomó una nota pequeña en su libreta, volvió a suspirar ese suspiro que duraba siglos, y recién entonces dirigió una mirada serena y perfectamente tranquila hacia los recién llegados, que todavía salían de debajo de la pila de libros.
—Bienvenidos de vuelta.
Lo dijo con tanta calma, como si nada hubiera ocurrido.
Como si tres personas no acabaran de salir disparadas desde el interior de un universo animado.
Como si estrellarse contra una estantería y hacer caer cientos de libros fuera algo que ocurría todos los martes a la hora del té.
El Nuevo levantó lentamente una cubierta, sacó la cabeza de entre los diccionarios y miró a Haruka con los ojos muy abiertos.
—¿Eso es todo? ¿Solo "bienvenidos de vuelta"?
Haruka levantó una ceja, apartando la pluma un instante.
—¿Qué esperabas? ¿Una alfombra roja? ¿Una medalla? ¿Un desfile?
—¡CASI MORIMOS allá adentro! —explotó el Nuevo, agitando las páginas por la indignación—. ¡Fue aterrador, confuso, colorido y doloroso!
—No pueden morir aquí, ni allá adentro. Son libros y personas de la Biblioteca. Lo sabes.
—¡Ese no es el punto y lo sabes! —insistió el Nuevo, señalando con una esquina de su tapa—. ¡Me atropelló un coche que volaba! ¡Me aplastó un yunque gigante y me quedé plano como una hoja! ¡Me persiguió un oso que salió de la nada! ¡Y finalmente me dispararon de un cañón para salir! ¡Me dispararon! ¡Como si fuera una bala!
—Lo sé. Leí todo mientras pasaba —dijo Haruka, señalando el libro abierto frente a ella—. Fue entretenido.
—¡¡Y ustedes reaccionan así!! ¡¡Como si hubiéramos ido a comprar pan!!
Haruka volvió a su lectura, pasando otra hoja con suavidad.
—Parece que fue una visita exitosa. Vieron todo, vivieron todo y volvieron enteros.
El Nuevo se quedó inmóvil.
Totalmente inmóvil.
Sin saber si gritar o llorar.
Luego giró lentamente hacia el Viejo, que se quitaba una pequeña tabla de madera de encima y se acomodaba los lentes como si nada hubiera pasado.
—Viejo...
—Dime, amigo.
—¿Es siempre así? ¿Es siempre este caos? ¿Es siempre tan... intenso?
El Viejo sonrió, una sonrisa sabia y vieja.
—No siempre. —Hizo una pausa dramática—. Normalmente es peor.
—...
—...
—Sabes... —murmuró el Nuevo, mirando hacia el lugar de donde habían salido disparados— ... creo que quiero volver al cañón. Al cañón me sentía más seguro.
—Lo entiendo. A mí también me pasa a veces.
Desde el techo, Luna observaba toda la escena con una sonrisita de oreja a oreja, balanceándose suavemente.
Luego habló, con voz dulce y orgullosa:
—¿Qué tal estuvo? ¿Verdad que es el mejor universo que he creado? ¿No es genial?
El Nuevo giró violentamente hacia ella, olvidando todo miedo y respeto.
—¡¡ESE UNIVERSO ESTÁ COMPLETAMENTE LOCO, DESQUICIADO Y FUERA DE SÍ!! —le gritó—. ¡¡ES UN DESASTRE DE FÍSICA Y LÓGICA!!
Luna pareció inmensamente orgullosa de aquellas palabras.
—¿Verdad que sí? Le puse todo mi empeño.
—¡¡CASI PERDEMOS LA CABEZA ALLÁ ADENTRO!!
—Pero no perdieron la vida. Eso es lo importante.
—¡¡ESO NO ES EL PUNTO Y NUNCA LO SERÁ!!
—Eso mismo le dije yo a Haruka cuando me encerró aquí arriba —dijo Luna, señalándose a sí misma colgada.
Haruka no levantó la vista del libro, pero su voz llegó clara y firme:
—Y aun así... sigues castigada.
—¡¡Qué cruel eres conmigo!! —se quejó Luna, agitando la cadena—. Soy tu creadora, soy tu musa, soy la que da sentido a todo esto... y me tratas como a una delincuente.
—Luna...
—¿Sí, Haruka?
—Silencio.
—... Sí, Haruka.
Por primera vez en varios minutos, Luna guardó silencio.
Duró exactamente tres segundos.
—Haruka... —empezó de nuevo, con voz melosa.
—...
—Harukita... mi amor... luz de mis ojos...
—...
—¿Y si... y si me bajas ahora mismo? Solo un ratito.
—No.
—¿Y si prometo no provocar otra guerra mundial en mil años?
—No.
—¿Y si prometo no tocar ningún universo, ni cambiar ninguna historia, ni escribir ninguna línea nueva durante... una semana entera?
Haruka finalmente levantó la vista. La miró bien, a los ojos —o al revés, porque ella estaba cabeza abajo— y dijo con total sinceridad:
—Eso fue lo más increíblemente falso, mentiroso e imposible que has dicho en todo el día. Y eso que dijiste muchas cosas falsas hoy.
Luna sonrió con esa sonrisa traviesa que la definía.
—Lo sé. Se me da muy bien mentir. Es un talento.
Y mientras la discusión continuaba una vez más, entre la administradora más paciente, estricta y cansada del universo, y la entidad más creativa, caótica y problemática de toda la existencia...
El Viejo simplemente se sacudió el polvo, acomodó sus lentes y se preparó para lo que viniera.
El Nuevo se dejó caer de espaldas sobre el suelo, mirando el techo alto, respirando hondo y agradeciendo estar de vuelta en un lugar donde las puertas no se dibujaban y los osos no te perseguían.
Y tú, el Lector, por primera vez en mucho tiempo, comprendiste algo muy importante, algo que quedaría grabado en tu memoria para siempre:
Los universos podían terminar.
Las guerras podían terminar.
Los viajes más locos podían terminar.
Las historias podían llegar a su fin.
Pero las discusiones, los acuerdos, las peleas y el cariño entre Luna y Haruka...
Probablemente durarían para siempre. 📚✨🌙