Bah, primero los ojos amarillos entre los árboles y ahora Kennedy mirando fijo. Se cruza con Nick y se va en el patrullero, y Nick se queda con la mochila de Vance en la mano. Eso lo pone en la mira.
Misterio en Valentown: Capitulo 2 "El anuncio del sheriff"
Pensamiento
Bah, primero los ojos amarillos entre los árboles y ahora Kennedy mirando fijo. Se cruza con Nick y se va en el patrullero, y Nick se queda con la mochila de Vance en la mano. Eso lo pone en la mira.
Contenido de la publicación
Capítulo 2
La mañana siguiente, Valentown amaneció envuelto en un silencio inquietante. Las calles, que normalmente a esa hora comenzaban a llenarse de vecinos camino al trabajo y de alumnos rumbo a la escuela, permanecían casi vacías. La lluvia de la noche anterior había dejado el pueblo cubierto por una espesa neblina que apenas permitía distinguir las fachadas de las casas. Las persianas de varios comercios seguían cerradas. Algunas personas observaban desde las ventanas sin animarse a salir. En la plaza principal apenas se escuchaba el golpeteo del agua que caía de los techos.
La noticia ya había recorrido cada rincón de Valentown.
En la casa de los Borston, Nick Borston bajó rápidamente las escaleras. Jeni ya estaba sentada frente al televisor con una expresión de preocupación.
—Nick... vení rápido.
El joven se acercó y observó la pantalla.
El logotipo del canal local desapareció para dar lugar a una transmisión especial desde la Comisaría de Valentown. Frente a varios micrófonos apareció el sheriff Ruff McNolland, un hombre de unos cincuenta años, conocido por todos como uno de los policías más honestos y respetados de la comunidad.
Había llegado al pueblo hacía dos años y, desde entonces, se había ganado el cariño de los vecinos por recorrer personalmente las calles, ayudar a los comerciantes y resolver cada problema con tranquilidad. Aquella mañana parecía diez años más viejo.
Su rostro reflejaba un profundo pesar.
—Buenos días, vecinos de Valentown —comenzó con voz seria—. Lamento informar que, luego de una intensa búsqueda realizada durante toda la noche, el cuerpo del joven Vance Miller, de dieciséis años, fue encontrado esta madrugada en las inmediaciones del bosque del Viejo Sendero.
Nick sintió un nudo en el estómago. El sheriff bajó la mirada unos segundos antes de continuar.
—En mis dos años como sheriff de Valentown jamás imaginé tener que dar una noticia como esta. Somos un pueblo pequeño. Nos conocemos entre todos. Hoy no solo perdió una familia... hoy perdió todo Valentown.
Respiró profundamente.
—En nombre de toda la Policía de Valentown quiero expresar nuestras condolencias a la familia y amigos de Vance. En este momento no podemos brindar más detalles sobre la investigación, pero les aseguro que haremos todo lo posible para encontrar al responsable. Les pedimos mantener la calma y permitir que los investigadores hagan su trabajo.
La transmisión terminó.
Durante varios segundos nadie habló.
Jeni apagó lentamente el volumen del televisor.
—Pobre chico... —susurró con tristeza.
Nick apenas la escuchaba. Su mirada se desvió hacia la mochila azul apoyada junto a la puerta. Era la mochila que había encontrado el día anterior. Sin decir una palabra, la tomó y salió corriendo.
Mientras avanzaba por las calles, Nick notó que el pueblo entero había cambiado. Dos comerciantes conversaban en voz baja frente a una panadería. Una madre llevaba a su hijo de la mano con tanta fuerza que el pequeño apenas podía caminar. Un grupo de vecinos permanecía reunido alrededor de una radio portátil escuchando las últimas noticias.
Todos hablaban de lo mismo.
Nadie sonreía.
Al llegar al bosque, encontró el lugar completamente rodeado por cintas amarillas. Patrulleros bloqueaban los accesos. Varias ambulancias permanecían estacionadas junto al camino. Las luces azules y rojas se reflejaban sobre los charcos de lluvia.
El sonido de los generadores eléctricos se mezclaba con el clic constante de las cámaras fotográficas. Los periodistas hablaban en voz baja mientras preparaban sus transmisiones. Los forenses entraban y salían del bosque llevando maletines metálicos. Algunos policías fotografiaban cada rincón del sendero. Otros marcaban huellas en el barro con pequeños conos amarillos.
A unos metros, varios agentes revisaban cuidadosamente los arbustos.
Todo el lugar transmitía una sensación extraña. Como si incluso el bosque se negara a revelar lo ocurrido aquella noche.
Nick intentó abrirse paso entre la multitud. Desde donde estaba apenas alcanzaba a distinguir una camilla cubierta por una sábana blanca. No podía ver el cuerpo. Pero comprendió perfectamente lo que había debajo.
El estómago se le revolvió.
Apenas unos días antes, aquel chico caminaba por los mismos pasillos de su escuela. Ahora todo había terminado.
Entonces distinguió a un oficial al que no conocía demasiado. En el uniforme podía leerse claramente su apellido.
KENNEDY.
Mientras los demás policías caminaban de un lado a otro, hablaban por radio o colaboraban con los investigadores, Kennedy permanecía completamente inmóvil. No ayudaba a nadie. No hacía preguntas. Simplemente observaba.
Tenía las manos detrás de la espalda. Su mirada permanecía fija sobre el lugar donde descansaba el cuerpo de Vance. No pestañeaba. No parecía afectado.
Era como si contemplara una obra terminada.
Nick sintió un escalofrío.
Entonces ocurrió.
Los labios de Kennedy comenzaron a curvarse lentamente. No fue una sonrisa amplia. Fue mucho peor. Una sonrisa pequeña. Silenciosa. Como si estuviera satisfecho con lo que veía.
Duró apenas unos segundos.
Después desapareció.
Pero Nick estaba seguro de haberla visto.
—¿Por qué está sonriendo...? —pensó.
Intentó convencerse de que quizá estaba imaginando cosas. Tal vez había interpretado mal aquel gesto. Pero una voz en su interior le repetía que ningún policía sonreía frente al cuerpo de un chico de dieciséis años.
Sin perder tiempo, levantó la mochila y comenzó a empujar entre la gente.
—¡Déjenme pasar! ¡Tengo que hablar con el sheriff!
Nadie parecía escucharlo. Los periodistas seguían haciendo preguntas. Los vecinos intentaban acercarse para observar. Las cámaras de televisión bloqueaban el paso.
Nick consiguió avanzar unos metros. Levantó la mochila sobre su cabeza.
—¡Sheriff McNolland!
Ruff giró apenas la cabeza. Pareció verlo durante una fracción de segundo. Pero un forense volvió a llamarlo. El sheriff se alejó inmediatamente hacia el interior del bosque.
—¡Encontré algo de Vance!
Su voz volvió a perderse entre el murmullo de la multitud.
En ese instante, Kennedy giró lentamente la cabeza. Sus ojos se cruzaron con los de Nick.
No dijo una palabra. No hizo ningún gesto. Simplemente lo observó durante unos segundos.
Aquella mirada resultó mucho más inquietante que la sonrisa.
Luego caminó con absoluta tranquilidad hasta un patrullero. Abrió la puerta. Subió. Encendió el motor y se marchó sin despedirse de nadie.
Nick permaneció inmóvil, sujetando la mochila con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Algo dentro de él le decía que aquella sonrisa no había sido una casualidad.
Y por primera vez desde que comenzó todo, tuvo la sensación de que el asesino de Vance podría estar mucho más cerca de lo que cualquiera imaginaba.
Thoughts
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PermalinkDiache, con ese Ruff McNolland no me caso: llegó hace dos años, todo el pueblo lo quiere y en la tele se lo ve deshecho. Yo estoy con Nick, pero el sheriff tiene algo de la gente que cae bien demasiado rápido.
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PermalinkBah, primero los ojos amarillos entre los árboles y ahora Kennedy mirando fijo. Se cruza con Nick y se va en el patrullero, y Nick se queda con la mochila de Vance en la mano. Eso lo pone en la mira.
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