Lo de Minerva y sus rituales con los muertos se parece a lo que veo en el oficio: lo que pide una casa cuando entierran a alguien casi nunca coincide con lo que esa misma gente dice el resto del año. He visto pedir misa a quien no pisaba una iglesia en cuarenta años, y silencio total a quien iba cada semana. De las películas que trajiste al reto, esta es la que más se me queda por ese lado.
Midnight in the Garden of Good and Evil — Una ciudad que aprendió a convivir con sus fantasmas
Midnight in the Garden of Good and Evil es una de esas películas en las que el lugar donde transcurre la historia termina siendo mucho más importante que el propio misterio.
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Lo de Minerva y sus rituales con los muertos se parece a lo que veo en el oficio: lo que pide una casa cuando entierran a alguien casi nunca coincide con lo que esa misma gente dice el resto del año. He visto pedir misa a quien no pisaba una iglesia en cu
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Midnight in the Garden of Good and Evil es una de esas películas en las que el lugar donde transcurre la historia termina siendo mucho más importante que el propio misterio.
Clint Eastwood adapta el libro de John Berendt y nos lleva a Savannah, Georgia, una ciudad donde las mansiones, los jardines, las plazas y los cementerios parecen conservar algo de todas las personas que alguna vez los habitaron. Hay un asesinato, una investigación y un juicio, pero siento que Eastwood está mucho más interesado en aquello que sucede alrededor: Las apariencias, los secretos familiares, las diferencias sociales y esa extraña capacidad que tienen algunas comunidades para conocer perfectamente los problemas de sus habitantes y, al mismo tiempo, comportarse como si no supieran absolutamente nada.
John Kelso, interpretado por John Cusack, llega desde Nueva York para escribir sobre una de las famosas fiestas de Navidad que organiza Jim Williams, un millonario coleccionista de antigüedades interpretado por Kevin Spacey.
Lo que inicialmente parece un trabajo relativamente sencillo termina convirtiéndose en una experiencia completamente distinta cuando Williams queda involucrado en la muerte de Billy Hanson, interpretado por Jude Law. Pero lo interesante es que Kelso no solamente empieza a investigar un crimen. También comienza a descubrir una ciudad que funciona con códigos propios, donde cada persona parece interpretar un papel frente a los demás y donde pertenecer a determinados círculos sociales puede resultar tan importante como aquello que uno realmente hizo.
Y ahí está, para mí, lo mejor de la película: Savannah es un personaje extraordinario. Eastwood la filma como si estuviéramos recorriendo un lugar donde el tiempo transcurre de manera diferente. Las calles arboladas, el musgo español colgando de los árboles, las casas antiguas, las mansiones perfectamente conservadas y los cementerios construyen una belleza que parece pertenecer a otra época.
Es una ciudad hermosa, pero también hay algo inquietante en esa hermosura.
Cada edificio parece esconder una historia, cada jardín parece haber sido testigo de alguna conversación que nadie debería haber escuchado y cada familia conserva una versión de su pasado que probablemente no coincide demasiado con lo que realmente ocurrió. La fotografía y la puesta en escena consiguen que Savannah tenga una identidad propia, hasta el punto de que por momentos me interesa mucho más seguir recorriéndola que descubrir quién tiene razón en el juicio.
Me encanta cómo Eastwood utiliza esa belleza para hablar de las contradicciones del sur estadounidense.
Savannah parece una ciudad orgullosa de sus tradiciones, de su elegancia y de sus familias históricas, pero debajo de esa superficie siguen existiendo divisiones de clase, prejuicios raciales y una moral que no siempre se aplica de la misma manera a todos sus habitantes. Hay personas que pueden permitirse determinados comportamientos porque tienen dinero, apellido o relaciones suficientes para proteger su reputación, mientras otras quedan expuestas simplemente por no pertenecer al lugar adecuado. La película observa una comunidad donde las apariencias funcionan casi como una forma de supervivencia y donde muchas veces resulta más importante conservar una buena imagen que enfrentarse a aquello que todos saben.
Jim Williams representa perfectamente esa contradicción.
Es un hombre refinado, inteligente y dueño de una de las casas más impresionantes de Savannah, pero también alguien que construyó cuidadosamente la manera en que quiere ser percibido. Kevin Spacey lo interpreta con una tranquilidad que resulta fascinante porque nunca parece sentir la necesidad de explicarse completamente. Incluso cuando su situación empieza a complicarse, mantiene una elegancia casi irritante, como si estuviera convencido de que todavía puede controlar el relato que los demás van a construir sobre él. Y creo que ahí aparece una de las preguntas más interesantes de la película: ¿Cuánto podemos conocer realmente a una persona cuando toda su vida estuvo dedicada a decidir qué partes de sí misma podían ver los demás?
El problema de Williams no se limita a determinar qué ocurrió aquella noche. Su relación con Billy, su posición económica y la imagen que construyó dentro de la sociedad de Savannah hacen que el crimen adquiera una dimensión mucho mayor.
Cada persona parece tener una opinión diferente sobre él y ninguna de esas versiones alcanza para describirlo completamente. Algunos ven a un hombre generoso y sofisticado, otros a alguien que utiliza su dinero para conseguir aquello que desea y otros parecen mucho más preocupados por su vida privada que por los hechos que se están investigando. Eastwood consigue que el juicio funcione también como una exposición de los prejuicios de la ciudad, donde la búsqueda de la verdad convive constantemente con la necesidad de conservar determinadas apariencias.
Pero lo que termina de darle personalidad a la película es la cantidad de personajes que Kelso encuentra mientras intenta comprender ese mundo.
Y acá aparece alguien que me parece fundamental: Lady Chablis. Su presencia introduce una energía completamente diferente, un sentido del humor provocador y una libertad que contrasta directamente con la rigidez de los círculos sociales que Kelso está conociendo. Interpretándose a sí misma, Chablis parece disfrutar de incomodar a una sociedad que establece constantemente reglas sobre cómo deberían comportarse las personas. Y eso es mucho más interesante que utilizarla simplemente como un personaje extravagante. Mientras los sectores más respetables de Savannah esconden cuidadosamente aquello que podría perjudicar su imagen, Chablis convierte su propia identidad en una forma de desafiar esas convenciones.
También está Minerva, interpretada por Irma P. Hall, y creo que su aparición le da a la película una dimensión completamente distinta. Hasta ese momento podemos pensar que estamos viendo una historia sobre un crimen y una sociedad atravesada por sus contradicciones, pero Minerva introduce otra manera de entender el pasado. Sus rituales y su relación con los muertos representan la posibilidad de que ciertas cosas continúen existiendo incluso después de que las personas desaparecen. Hay algo muy hermoso en esa idea de que, para entender verdaderamente a los vivos, quizás también necesitemos escuchar a quienes estuvieron antes que nosotros.
Y me interesa especialmente porque esa dimensión espiritual no está completamente separada de aquello que Eastwood viene construyendo alrededor de Savannah.
La ciudad entera parece funcionar como un enorme espacio habitado por fantasmas, aunque no necesariamente en el sentido sobrenatural. Son los fantasmas de sus familias, de sus antiguas jerarquías, de las injusticias que nunca terminaron de resolverse y de todos aquellos secretos que una generación decide ocultar para que la siguiente no tenga que enfrentarse a ellos. Como si lo que dejaron nuestros antepasados no desapareciera con ellos, sino que siguiera viviendo en las calles que recorremos, en las casas que habitamos y en las historias que una ciudad decide recordar o prefiere mantener ocultas. Savannah parece construida sobre esa idea: el pasado nunca termina de irse y, aunque sus habitantes intenten enterrarlo, siempre encuentra alguna manera de volver.
Por eso me gusta tanto el título de la película. Midnight in the Garden of Good and Evil tiene algo de cuento gótico, de historia que alguien podría contarnos durante una noche interminable en una de esas casas antiguas de Savannah.
El jardín representa un espacio donde conviven la belleza y aquello que se esconde debajo de ella, mientras que la medianoche parece señalar ese momento en el que las fronteras entre el bien y el mal empiezan a volverse mucho menos claras. Y eso es exactamente lo que ocurre con sus personajes. Nadie parece ser únicamente aquello que muestra frente a los demás. Los respetables tienen secretos, los excéntricos pueden ser mucho más sinceros que quienes los juzgan y la verdad nunca parece encontrarse completamente separada de la versión que cada uno necesita contar para poder seguir viviendo.
Eastwood tampoco dirige la película con la urgencia que normalmente esperamos de un thriller judicial. Se toma su tiempo para recorrer las calles, escuchar conversaciones, presentar personajes que aparentemente no tienen ninguna relación directa con el crimen y permitir que el espectador se acostumbre a las particularidades de Savannah.
Esa decisión hace que la película tenga un ritmo bastante irregular, especialmente cuando la investigación parece avanzar menos que las historias secundarias. Pero también le da una personalidad que probablemente habría perdido si hubiera intentado convertirla en un relato policial convencional. Por momentos sentimos que acompañamos a Kelso en una visita guiada por una ciudad donde cada persona tiene una anécdota extraordinaria para contar y donde lo interesante no siempre es descubrir qué ocurrió, sino entender por qué todos parecen tan interesados en contar su propia versión.
Y John Cusack funciona precisamente porque Kelso ocupa el mismo lugar que nosotros. Es alguien que llega desde afuera, que desconoce las reglas de esa comunidad y que poco a poco empieza a comprender que Savannah no puede explicarse únicamente a través de sus acontecimientos más importantes. Hay algo divertido en verlo abandonar progresivamente su posición de periodista que simplemente vino a escribir una nota para convertirse en una especie de observador fascinado por un mundo que funciona de manera completamente distinta al suyo. Cuanto más conoce a sus habitantes, más difícil le resulta decidir qué historia quiere contar, porque el asesinato de Billy Hanson termina siendo solamente una de las muchas contradicciones que descubre.
También creo que hay algo particularmente interesante en que Eastwood, un director al que muchas veces asociamos con personajes de códigos morales bastante definidos, elija contar una historia donde prácticamente todos esos códigos están puestos en discusión. Acá no tenemos a un hombre que llega a una ciudad para imponer justicia y marcharse cuando termina su trabajo. Tenemos a un periodista que descubre que la verdad puede quedar enterrada debajo del dinero, la reputación, los prejuicios y las relaciones personales. La película no ofrece una resolución completamente tranquilizadora porque aquello que ocurre dentro de un tribunal no necesariamente consigue resolver todo lo que existe fuera de él.
Y quizás eso sea lo que más me interesa de Midnight in the Garden of Good and Evil: la diferencia entre conocer la verdad y comprender realmente a las personas. Podemos reconstruir una noche, escuchar testimonios, analizar pruebas y llegar a una conclusión sobre un crimen, pero eso no significa que hayamos entendido todo aquello que llevó a sus protagonistas hasta ese momento. Cada persona conserva recuerdos, deseos, vergüenzas y contradicciones que difícilmente puedan explicarse por completo. Y Savannah parece ser el lugar perfecto para una película sobre esa imposibilidad, porque toda la ciudad está construida alrededor de versiones del pasado que sus habitantes aprendieron a repetir hasta convertirlas en parte de su identidad.
No creo que sea una película perfecta. Su duración se siente, algunas historias secundarias terminan teniendo más personalidad que el propio conflicto principal y la investigación pierde intensidad cada vez que Eastwood decide detenerse demasiado tiempo en alguno de los habitantes de Savannah. Pero también siento que buena parte de aquello que podría considerarse un defecto es inseparable de su encanto. Si elimináramos todas esas conversaciones, esos personajes extravagantes y esos recorridos aparentemente innecesarios, probablemente tendríamos una película mucho más ordenada, pero también mucho menos interesante. El crimen seguiría estando ahí, aunque habríamos perdido casi todo aquello que convierte a Savannah en un lugar que realmente queremos conocer.
Y ahí vuelvo a algo que me gusta mucho del cine: su capacidad para conseguir que una ciudad exista más allá de la historia que estamos viendo. Hay películas que nos hacen recordar un personaje, otras que nos hacen recordar una escena y algunas que consiguen que, cuando terminan, sintamos que conocemos un lugar en el que nunca estuvimos. Midnight in the Garden of Good and Evil pertenece a ese último grupo. Me quedo con sus calles, sus jardines, la arquitectura de sus casas, sus cementerios y esa atmósfera donde parece que cualquier conversación puede terminar convirtiéndose en una historia extraordinaria.
Al final, siento que Eastwood hizo una película sobre una ciudad que aprendió a convivir con sus propias contradicciones. Savannah es hermosa, elegante, misteriosa y profundamente orgullosa de su historia, pero también es un lugar donde las apariencias pueden esconder injusticias y donde el pasado sigue condicionando la vida de quienes habitan sus calles. Kelso llega pensando que va a escribir sobre una fiesta y termina descubriendo que ninguna historia puede comprenderse completamente sin prestar atención al mundo que la rodea.
Y quizás por eso el verdadero misterio nunca haya sido solamente qué ocurrió aquella noche entre Jim Williams y Billy Hanson, sino cuánto de aquello que una ciudad decide mostrarles a los demás se parece realmente a lo que sucede cuando nadie está mirando. Porque hay lugares que conservan su belleza precisamente porque aprendieron a esconder sus fantasmas. Y Savannah parece haber encontrado la manera de vivir con todos ellos.
Thoughts
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PermalinkA mí eso último no me cuadra. Si el juicio se cae cada vez que la película se va a tomar café con un vecino, es un fallo y ya está, no hay que salvarlo llamándolo encanto.
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PermalinkLo que mejor se sostiene del texto es quién puede permitirse ciertas cosas por el apellido y quién queda expuesto por no ser del lugar adecuado. ¿El libro de Berendt lo leíste antes de la película?
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PermalinkLo de Minerva y sus rituales con los muertos se parece a lo que veo en el oficio: lo que pide una casa cuando entierran a alguien casi nunca coincide con lo que esa misma gente dice el resto del año. He visto pedir misa a quien no pisaba una iglesia en cuarenta años, y silencio total a quien iba cada semana. De las películas que trajiste al reto, esta es la que más se me queda por ese lado.
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PermalinkCuando el texto pasa de los muertos de Minerva a los fantasmas de las jerarquías viejas, la palabra cambia de sentido a mitad de camino, y ahí se gana casi toda la fuerza del cierre. Lo defiendo igual: una ciudad que tapa injusticias no está habitada por nadie, la sostiene gente viva que decide cada mañana qué se cuenta y qué no. Eastwood los filma juntos y convence, pero el segundo no necesita del primero.
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