Me desperté y, como todas las mañanas, comencé a arreglarme para ir al liceo. Entonces lo sentí: esa falta de aire que me limitaba incluso para hacer las cosas más sencillas. Esta vez era más fuerte que las anteriores. Intenté ignorarla, convencerme de que pasaría. Ese día tenía ensayo y no quería que nada saliera mal.
Cuando llegué, la falta de aire volvió. Antes de entrar, intenté llenar mis pulmones con grandes bocanadas de aire. En el fondo, ya lo sabía. Lo sentía.
Al tocar la guitarra, me olvidé del mundo durante unos minutos. Me dejé llevar por la música, como si nada más existiera. Pero, cuando terminó el ensayo, la realidad volvió de golpe.
No sabía qué hacer. Intenté conservar la calma, aunque comprendí que esta vez no sería tan fácil librarme de aquello, por más que quisiera. Así que dejé pasar el tiempo, mientras respirar se volvía cada vez más difícil. Podía sentirlo.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que mi padre llegó a buscarme. Tiritaba. Algo dentro de mí sabía que aquello no estaba bien.
Entonces hice lo que mejor sabía hacer: escuchar música hasta el final.