¿Y qué tengo que ver yo con todo esto?
Que en nombre del amor, construí toda clase de grilletes. Los actores cambian, pero el grillete permanece como metáfora. A veces se instala en la voz y otras, en los pies. A veces en ambos. Entonces ya no puedo hacer ni decir nada.
Cambian sus formas, pero su función es siempre la misma: anular alguna parte de mí en nombre del amor. Quizás esa haya sido, durante mucho tiempo, mi teoría del amor. Hoy empiezo a sospechar otra: que ningún amor que exija perder la propia voz merece llamarse amor.