Dicen que la memoria es un tesoro para conservar lo vivido, pero hay momentos en que se transforma en una condena insoportable, en una armadura demasiado pesada para un cuerpo ya cansado. Si pudiera despojarme de ella, aunque fuera tan solo por un año, lo entregaría todo sin dudarlo un segundo. Desearía silenciar de golpe este pasado tormentoso, borrar las sombras del dolor y apagar de una vez el eco constante de las ausencias, ese murmullo desgarrador de quienes se marcharon dejando un vacío que no deja de doler.
No me importa sacrificar las alegrías pasadas ni entregar al olvido los pocos instantes de luz que me acompañaron. Renunciaría a cada recuerdo feliz sin mirar atrás si a cambio obtengo trescientos sesenta y cinco días de amnesia, de anestesia pura para el alma, de una tregua absoluta donde el ayer deje por fin de perseguirme. Un año entero de mente en blanco no es un capricho ni una huida cobarde: es la mayor de las maravillas, el único refugio posible para un espíritu exhausto que necesita soltar las cadenas del dolor antes de romperse del todo.
Anhelo doce meses de silencio interior, un espacio en blanco donde las cicatrices dejen de arder y el corazón pueda simplemente respirar sin el peso de la nostalgia. Que mi existencia quede como un lienzo intacto, sin nombres, sin fantasmas y sin el quebranto de lo que fue. Prefiero el vacío absoluto a esta carga incesante; un año entero de olvido para limpiar las heridas, sanar las sombras y, desde la paz de la nada, volver a mirar el mundo por primera vez para renacer.»