El insomnio decidió volver. Parece que la soledad no le sentaba bien, así que regresó a hacer lo que mejor sabe: aparecerse como en los viejos tiempos.
Él creyó que ya no volvería, por eso se alegró tanto de verme. Me saludó con una mezcla de sorpresa y nostalgia, confesando que no sabía cuánto tiempo se quedaría esta vez, pues de nuevo nos esperaban noches en vela.
Al principio busqué culpables rápidos: pensé en el café cargado de la tarde o en aquel dulce que me comí a eso de las seis. Pero la verdad era otra. No era la cafeína ni el azúcar; era él, que no había hecho su entrada dramática como en ocasiones anteriores, esas donde grita "¡Hola, aquí estoy!" antes de apagar la luz. Por eso me tomó por sorpresa volver a cruzármelo en la penumbra.
Sin embargo, ya no le tengo el miedo de antes.
—Está bien —le dije al silencio de la habitación—, te puedes quedar esta noche. Sé que tienes ganas de hablar o de dar vueltas por mi cabeza. Pero no te pases de listo: ambos sabemos que te irás pronto. No pienses deshacer las maletas ni buscar un lugar cómodo en la cama, porque tu estancia aquí ya tiene fecha de caducidad.